miércoles, 27 de diciembre de 2017

Una lectora en apuros


Casa del Libro-lectora-anécdota-Marian Ruiz


‒¿Has leído el que escribió C. S. Lewis (Crónicas de Narnia), cuando perdió a su esposa, la poetisa norteamericana Helen Joy Davidson Gresham? ¿Y Manual para mujeres de la limpieza, de Lucia Berlin? ¿Hacia rutas salvajes, de Jon Krakauer ?
‒No.
‒Bueno. A Henning Mankell seguro que sí. O a Alice Munro…
‒…
‒Italo Calvino, Marcela Serrano, Fabio Morábito…
‒…
‒… Simone Weil, Leonardo Boff.
‒Pero ¡¿se puede saber qué te he hecho yo?!
‒Alguno habrás leído...
‒La mitad me suenan a chino y la otra mitad, qué quieres que te diga...
‒…
‒… no he conseguido llegar hasta el final.
‒No te puedo creer.
‒¡Y déjate ya de sermones y recomendaciones!

Lo he dicho ya: una de las mayores náuseas que he sentido como lectora es la de esa mujer desmayada en la catedral y el monaguillo afeminado dándole el beso guarrillo, mientras aprovecha la coyuntura del desmayo. Tantas veces he leído ese párrafo que ya no sé si soy yo la que siente asco o si es la propia Ana Ozores quien se transmuta en mí y soy ella para sentir sobre la boca el vientre viscoso y frío de un sapo.

Se la recomendé por última vez a la chica del herbolario, gran lectora, según dice de sí misma. Le pareció antigua y el final ‒ese que a mí me produce la náusea superlativa‒ no lo pilló. Yo me morí, claro. Las circunstancias pedían de mí un final así, en consonancia. Caí redonda de este lado del mostrador.

Esta manía de las recomendaciones y de mis ansias devoradoras me dará disgustos; algún otro me ha dado ya. Cuando un libro me apasiona, me pregunto cómo he podido pasar sin él. Lo siguiente es salir a vocearlo.

Me cuesta decidirme por un género. Hay cosas buenísimas en todos ellos y bodrios infumables en mayor proporción. En cualquier caso, como dice un proverbio indio y para yo tenerlo bien presente: se le puede llevar a un caballo al agua, pero no se le puede obligar a beber.

A mí me gusta que me recomienden…

¡¡Nooo, para!!

Es cierto. Que se dejen de historias, sobre todo si no me conocen. Me pasa igual con las pelis: si no son de mi cuerda, pueden tener muchos efectos especiales y mucho VFX, que las olvidaré antes de salir del cine.


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Se dan codazos... Se las puede oír gritar.

Y si en algún lugar me cuesta comprar libros es entre novedades que se dan codazos. Navidades es una de estas épocas en las que la pelea y el vocerío llegan descolgándose con las luces y los espumillones.

‒¡Yo, yo! ¡Yo soy mejor que cualquiera de estas!
‒Eh, tú, ¿pero has visto qué precio tengo…?
‒¡No, quita! ¡Mírame a mí, mira qué portada más guapa!
‒Nadie te contará una historia tan negra como la mía...
‒… ni tan erótica como la mía, con este toquecito dramático y esta caída de ojos...

«Aficionadas…», farfulla la recién salida del horno sagrado con la altivez de quien no necesita chistar a nadie. A su alrededor hay un despliegue publicitario digno de la mejor sobredosis reiterativa, que para algo nace con categoría de estrella.

Y entonces soy yo la que se resiste. ¿Por qué tiene que ser alguien a quien no he buscado ni pretendido quien decida qué leo yo?

Rescato mi lista y me bajo.


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Lo que más me interesa suele estar en el sótano.

En el sótano hay poca gente. Ahí escojo a gusto, sin presiones. Deambulo y me detengo ante títulos que me buscan, ¡ay!, con independencia de los que llevo anotados. Encuentro joyas. Las hojeo y las dejo ahí, a mi lado. Están a un golpe de tarjeta de convertirse en mis próximos talismanes. 

El ordenador, que maneja mi vida literaria, requiere continuamente de talismanes que lo humanicen.

Sigo en el sótano. Me entra un apetito voraz, una especie de avaricia poco confesable. Ahora soy yo la que está en apuros. Es como tener delante varios postres favoritos y varios combinados de piña colada

No puedo llevármelas todas, pero algunas caen. Es fin de año, ¡el último dispendio!
Retengo avariciosa la energía que contienen, el latido de cada frase que me llama la atención, cada palabra.


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Se ve, se toca un poco, se lee por encima. Punto. 

De una que no me llevaré hago foto, me gusta esa dedicatoria tan enigmática, pero el empleado de la Casa del Libro viene a amonestarme porque “señora, eso tiene derechos de autor”. Glups. Me hace sentir como lo que no soy, pero cualquiera le habla de inspiraciones a un tipo cuyo cometido es salvaguardar patrimonio cultural. Delante de sus narices me deshago de la foto y le digo que no es lo que parece o piensa, aunque no puedo evitar sentirme sucia. Se defiende, quizá por mi prontitud en disculparme y en ponderar su tarea. Qué ingenua soy, Dios.

Me iré buscando a mí misma en sucesivas lecturas, a lo largo de días y meses, detectando ese pulso mío que las escogió y el seso razonable que vino a ratificar mis elecciones (la Casa del Libro debería hacerme un homenaje más pronto que tarde).


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Termino haciendo pactos entre lo emocional y lo racional.

¿Será posible morir de sobredosis literaria?

Creo que no. Para que el caos emocional no me embargue y lo real siga manteniendo cierto sentido (aparte del susto con el empleado), constato que mis brújulas estuvieron atentas: emoción sí, pero razón, también. Lo literario me eleva y, sin embargo, me mantiene pegada a la tierra. Las elecciones han sido buenas.

Menos mal que mi amiga no está conmigo y no tengo que darle el coñazo con lo guapo, lo alto y lo azul que es… mi tipo. El literario, por si no se me entiende.


Marian Ruiz

2 comentarios:

  1. Mucho tiempo sin pasar por aquí, llevo un mes horrible...
    Dejas autores maravillosos. "Una pena en observación" es conmovedora.
    César Alzola, continuó con nuevas cartas de Escrutopo a Orugario, no con la maestría de C.S Lewis, pero
    sirve para reflexionar.
    ¡Tantos campos del saber y tantos libros por descubrir.....!
    De Simone Weil, no he leído nada.¿Que tal "Carta a un religioso"?
    Gracias por compartir tus autores.

    Besos.LDV

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    Respuestas
    1. Hola de nuevo, Lirio: veo que estoy respondiendo en orden distinto al que has escrito tú. No importa.
      Como te digo, celebro tenerte de nuevo por aquí. Otros autores que me encantan son Aurelio Arteta y Wilhelm Schmid, si nos mantenemos en el terreno de las observaciones. De Simone Weil solo he leído "La gravedad y la gracia", pero está muy en la línea de Antonio Blay, otro autor tan poco conocido como recomendable y del que tengo casi toda su obra. Como bien dices, tantos autores y libros por descubrir y tantos campos del saber...

      ¿Te he dicho ya que celebro tu regreso? Pues eso. ;)

      Abrazo literario.

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