miércoles, 29 de noviembre de 2017

Tierra de campos



Tierra de campos-David Trueba-costumbrismo-Marian Ruiz



TítuloTierra de campos
Autor: David Trueba
Editorial: Anagrama
Páginas: 408
Fecha publicación: 2017
ISBN: 978-84-339-9832-3
Temática: Narrativa costumbrista


El libro arranca con un hecho insólito: el conductor de un coche fúnebre llama al timbre de la casa de Dani Mosca, músico, «un tipo que hace canciones», si queremos utilizar su propia definición.

Tierra de campos está teñida de recuerdos que transcurren paralelos a un itinerario muy concreto: de Madrid a Garrafal de Campos, con breves paradas en las que el personaje se desgrana a sí mismo; de hecho, la historia se narra desde su perspectiva.

Dani se instala en el coche con las únicas compañías del conductor y de un féretro. El viaje tiene un objetivo funcional: enterrar al padre en su pueblo natal; y un objetivo emocional, que es el tronco de la historia: reflexionar, liquidar las cuentas con su progenitor y tratar de reinventarse

Se da una especie de incapacidad para adentrarse en el meollo del quién soy, que se conjuga siempre en relación a otro, al padre, madre, amigos, hijos.

«Fui, del mismo modo que lo había sido tras descubrir los papeles de […], el espía de mi propia vida que trataba de esclarecer quién era yo a través del comportamiento de quienes me rodeaban».


David Trueba despliega toda su batería literaria a través de este protagonista que compone letras de canciones, en su mayoría, de amor (algunas, de dudosa calidad poética). Sus anécdotas sentimentales le proveen la materia prima. Son los ochenta con su despliegue festivo, aunque las circunstancias que empujan la creatividad de Dani podemos decir que son algo más que anécdotas.

La caracterización de los demás personajes es, tanto por sus diálogos como por la mirada que Dani hace de ellos, cómplice y jugosa; sobre todo, la de los colegas, pero también cuando se refiere a ciertas chicas circunstanciales y las reflexiones a las que llega.

«Los besos después de la pasión dejan en la boca un sabor a trapo viejo».


Está Jairo, el conductor, ecuatoriano, que pone el toque de humor al hecho dramático del viaje funerario.

«En este oficio aprendes que la gente les tiene mucha prevención a los muertos, a veces no le niego que llego a casa y huelo. Ya me entiende. Ese olor raro, que no es nada, pero que te preguntas ¿a ver si huelo a muerto?, y me pego una ducha y me perfumo, no le digo más. Pero sí decía más, nunca dejaba de decir más. Todos los oficios tienen su cosa, añadió. A usted lo de músico, ¿cómo le entró? ¿Es de familia?». 


Está Animal, el batería del grupo, un bruto entrañable con un apodo que le viene al pelo.

«Animal logró que me dejara en paz cuando ya se puso muy pesado. Le dijo que si me tocaba un pelo, él le mejoraría el timbre de voz arrancándole uno de sus huevos con un fuerte tirón».


Está Gus, la estrella de Los Mosca, nacido para triunfar. Me lo imagino como una especie de Boris Izaguirre, creativo, osado, carne de espectáculo, más sensible e inteligente que la media, con una autoconfianza memorable.

«A Gus le encantaba ser exuberante, se colocaba el pelo rubio hacia arriba con fijador, se marcaba las cejas y si no se maquillaba era porque la normativa estética del colegio prohibía a los alumnos contagiarse de los disfraces que poblaban la calle a esas alturas del año 1984».


Está Oliva, la amante, la mujer, la primera. La única en realidad.

«Era atractiva y extrovertida, poseía ese don social de irradiar confianza sin esforzarse por hacerse ver, era una especie de playa donde todas las olas querían terminar».


Y está la japonesa Kei, su esposa, un inesperado torniquete en la herida que deja Oliva.

«Igual que a veces enciendes la luz de un baño y ves cucarachas que corren a esconderse, un día encendimos la luz de nuestra relación y le vimos la cola a la tristeza».


Su padre, que viaja amortajado en la parte trasera del coche fúnebre, siempre fue descreído y crítico con los devaneos musicales del hijo. Un hombre hecho a sí mismo, clásico, casi un prototipo y, desde luego, un contrapunto que permite al lector considerar con mayor perspectiva el relato del hijo.

Esta es su frase favorita:

«La música es solo el arte de hacer ruido».


Los hijos, Maya y Ryo, a caballo entre dos culturas diametralmente opuestas: la japonesa y la española profunda.


Tierra de campos-David Trueba-costumbrismo-Marian Ruiz
El contraste entre el refinamiento de la cultura japonesa...


«Mirad el pozo, les dije a mis hijos. Pero era imposible explicarles la escena, cómo decirles que su abuelo creció sin aseo, a ellos, que incluso en Madrid echan de menos la sofisticación de los inodoros Toto de Japón, con sus chorros de limpieza con agua y el termostato en el asiento, y tuve que instalarles otohume o la princesa del agua, un sistema de sonido que reproduce una cascada para ocultar el ruido cuando hacen sus necesidades. Cómo explicarles, pues, el otro mundo de su abuelo, en el que se cagaba entre gallinas y uno se lavaba con dos manotadas del cubo de agua helada recién sacada del pozo».



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... y la tosquedad de la España que vio crecer al abuelo.

La madre, víctima de alzhéimer y por tanto más ausente que presente, de la que tan poéticamente dice «miraba con la persiana de su memoria bajada».


«Siempre he estado convencido de que el primer mordisco de la enfermedad de mi madre se llevó lo que yo más quería: el beso de buenas noches».


Otro personaje, Jandrón, niño como y cuando él mismo lo era, y del que hay un suculento incidente. Ahora Jandrón es el alcalde del pueblo.

«Más que madurado, Jandrón había engordado y caído del árbol de la infancia a plomo sobre el descampado del mundo de los adultos».


David Trueba consigue radiografiar una época que a quien tenga más de cuarenta años le resultará familiar. Lo hace sin caer en melancolías, tópicos o disculpas facilonas, con un estilo sencillo y balanceado en el modo de contar. Sin provocaciones, pero sin omisiones. Con humor. Lo que fue excesivo fue excesivo y producto del momento que tocaba vivir. ¿A quién no le han pasado todas esas cosas y guarda su propio catálogo imborrable, si en los ochenta tenía edad para darse cuenta de lo golosa que era la vida?
  
Es magistral lo que se refiere a la faceta artística de Dani Mosca, cuyas experiencias en torno a la música están relatadas con un nivel de detalle que solo pueden arrojar un fruto: autenticidad. Trueba tiene que saber de música y mucho.

Me ha interesado la estructura. Cada final de capítulo es el título del capítulo siguiente (no de manera rigurosa) que se hila en continuidad también en la forma: minúscula y cursiva para el inicio de uno nuevo:

Por eso él le cantaba algunas noches por el teléfono,

            muchacha ojos de papel
            ¿adónde vas?, quédate hasta el alba

(Fin de capítulo)


           (Inicio de capítulo)

¿adónde vas? Quédate hasta el alba

            Creo que me equivoqué al confundir la fascinación de Gus por Eva con algo parecido a un fuego artificial. Nunca entendí del todo aquella historia que no me pertenecía. Gus mostraba más actividad sexual con hombres que con mujeres, así que Eva no podía ser más que un capricho casi estético, y él para ella una mascota que acariciar en ratos de soledad.


Hay frases conmovedoras que se adentran como clavos en la madera sentimental. Son muchas las que me han hecho pararme, conmoverme, reflexionar:

«Todo eso se había venido abajo. No se trataba de sustituir a un personaje y que la función pudiera continuar, sino de ver esfumarse el argumento. Lo complicado no es sobreponerse al abandono de una mujer, lo complicado es sentarte a reescribir tus sueños».


Voces inequívocas de cada personaje. Suyas son sus caras como lo son sus maneras de habitar el mundo. El lenguaje los delata:

«De pronto, lo he entendido todo, tíos. El orgasmo masculino es una celebración exterior. Como el propio aparato genital, que está organizado como un añadido externo, nuestra satisfacción es social, evidente, pública, nada íntima. Es una expulsión de placer y líquidos. Lo cual nos convierte en seres obvios. […] Hay que follar siempre. Así que yo ahí estoy, con mi carromato de fuegos artificiales dispuesto a dar la fiesta donde me soliciten. Palabra de Animal».


Es la búsqueda de la propia identidad que atraviesa distintos estadios: desconcierto, intriga, decepción, rabia, resignación, comprensión. Como si la realidad a veces se abriera paso por veredas más cinematográficas y rocambolescas que uno inventa.

«Aún no podía imaginar que iba a necesitar toda una vida para proceder a la reconstrucción, a volver a edificar las columnas en las que me sostenía».


Hay encuentros y desencuentros hasta el final que parece preludiar un tópico final feliz…, cuando no. Y una soledad sin remedio. El amor como una urgencia de otros.

«Puede que ahora ya entendiera que no hay un orden, que no existe ese orden que creen los niños y que lo explica todo».


Tiene lugar el inevitable cambio de perspectiva, necesidades y apremios que varían de los once años a los cuarenta y pico, y un barniz melancólico a pesar de los éxitos, de la vida alegre y desenfadada.


«Me acabo de separar, le dije. Seis años, crack, a la mierda todo. À la merde. Lo siento, desolé, me dijo. Asentí con la cabeza, desolación. A lo mejor procedía de quedarse sin sol, a oscuras. Desolación. Desolé. Lo contrario de olé, sin olé. Desolé. Sin España, sin fiesta, ni toros, ni sol. […] También cuando perdí a mi madre, cuando perdí la cabeza de mi madre, me sentí desmadrado».


Y el inevitable choque cultural. Lo exótico como valor fundacional de una relación que termina con el descubrimiento amargo de que la distancia entre continentes se mide en algo más que en millas.

De últimas, solo queda la amistad.




Tierra de campos-David Trueba-costumbrismo-Marian Ruiz



Y aquí estamos, dispuestos a brindar por ellos, por los amigos. Nos lo recuerda esta emotiva Tierra de campos.

(Se me ha ido un poco la mano. Se nota que me ha gustado, ¿no?).


Marian Ruiz

2 comentarios:

  1. Respuestas
    1. Tengo la (des)gracia de conectar con cosas muy diferentes, pero si tienen trasfondo, me agarran y no me sueltan. En esta me he sumergido a fondo.

      Un abrazo, amiga.

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