martes, 7 de noviembre de 2017

Un día 1 de noviembre



Este 1 de noviembre llega con tres coincidencias: es miércoles (subo mi entrada), es día de los muertos y se cumplen cinco años de tu fallecimiento. 

No todos los días vienen con licencia para hablar en este tono.
Antes de ese día, la muerte tenía una connotación distinta. Se habían muerto los abuelos y alguna gente conocida, pero eran sombras que, poco a poco, se iban desvaneciendo. Salvo por períodos, estuvieron lejos. Un buen día quedaron un poco más atrás, un poco más alejados, un poco más ausentes. No dolieron. O no mucho.

El día 1 de noviembre de 2012 desperté de mi indiferencia. Moriste estando conmigo. 

En la cocina había visitas alrededor de la mesa, esperando el desenlace, sin saber muy bien si debían irse o quedarse. Eran poco antes de las siete de la tarde. En la mesa, tazas de café y pastas de té. Tú, en el tercer día de tu coma, dos meses de la última vez que saliste a la calle. Dos meses de haber pronunciado una de tus últimas frases: «A mí esto me lleva por delante».

Se podían contar con los dedos de las manos las veces que hablaste desde entonces. Qué dignidad pasmosa la tuya.

Te besé. Vete tranquilo, te dije, vamos a estar bien. Y te fuiste. Sin drama, sin aspavientos. Me emocioné. Te volví a besar, llorando. «Ya no estás aquí, en lo que beso», aunque seguías siendo aquel cuerpo tan reconocible, algo de ti aún allí.

Salí a la cocina y anuncié: «Ha muerto». Y todo se volvió perfectamente irreal.

La parafernalia que rodea la muerte llega a contrapelo: la funeraria, los pésames reales, los fingidos, la póliza, la calidad de los recordatorios, el tipo de caja, la Hermandad, el velatorio, la vuelven absurda. Buena suerte la tuya no haber tenido que soportar esa penosa secuencia. No te gustaban los eventos en los que no había ni vino ni tapitas. De este ibas bien librado.

Una vez hablamos de ella. Yo aventuré, te dije que no existía. «Ya lo sé», respondiste. ¡Vaya! Me contaste algo, una experiencia que no  habías compartido con nadie. Un soñador, tú, pero aquello, decías, pasó; no fue un sueño. Es tan cierto como que tú y yo estamos aquí.

Cargabas con tus miedos y tus contradicciones tratando de que pasaran por certezas. Te pusiste serio. Aquello no admitía dudas.

Ahora que lo recuerdo y que te recuerdo ‒lo hago con frecuencia; tu ausencia tiene un lugar en mí‒ me digo que tuviste una buena muerte. La fatiga progresiva ayudó. Te fue colocando en otra historia. Era duro verte así, piernas y brazos cada vez más amoratados, tan delicados que ni las cremas aliviaban lo que te consumía por dentro. Escuece, dijiste alguna vez.

Te ibas, y ya que tenía que ser, que fuera cuanto antes. Que no te doliera más. Que no te costase soltar el traje. Además, ya sabías que era bueno y tú no hablabas por hablar.  

Me dirás que no importa lo más mínimo, pero me pregunto cómo se pierde la esperanza, en qué minuto preciso dejas de aferrarte, si lo supiste. No fue cuando pronunciaste «esto me lleva a mí por delante», que tuvo más bien el valor de una confesión real y definitiva en los dos largos meses. Cuando te preguntábamos, te encogías de hombros. De vez en cuando y con expresión de fatiga, decías «escuece». 

Vete tranquilo. Vamos a estar bien. Y te fuiste.

Quedaba empezar a prescindir de ti, soltarte. Creo que hicimos un gran trabajo. Aunque el dolor doliera, nadie puso obstáculos a que fuera lo que tenía que ser. Solo quedó el eco amargo de los finales irreversibles. Un verbo y un adverbio construían para mí un mantra fatídico: acabarse y siempre.




Tú, en un pueblo que no fue el que te vio nacer, sino el que terminó de curtirte la piel y el que te veía morir. 

Puede que, después de todo, lo fúnebre de aquí encontrase a alguien haciendo fiesta al otro lado. Como cuando el bebé atenazado por el pánico desconoce la fiesta que se arma cuando aterriza aquí.

Y así han pasado cinco años y aquí seguimos, bregando con las historias. Menos mal que también se acabarán un día u otro. Ojalá nos pillen con el pescado vendido. Ojalá como a ti, con esa serenidad, sabiendo salir y sabiendo que es bueno.

A modo de epílogo, un pequeño párrafo del libro que estoy leyendo: 

«Todos tenemos que morir, es una obligación. Si no muriéramos, sería horrible, tendríamos que matarnos los unos a los otros. Morir es la única esperanza. Morir es el sentido de la vida». 

Son palabras de un personaje en Tierra de Campos, de David Trueba. 


Marian Ruiz



4 comentarios:

  1. Qué bonito, Marian. Y triste. Y transmite cierta serenidad, por aceptar que lo que hay es lo que hay y hay que asumirlo (no sé si me explico).
    Me ha gustado mucho y me ha emocionado.
    Un besazo.

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    1. Te explicas perfectamente :). Aceptar es una palabra mágica (al contrario que resignarse) que no siempre tenemos a mano. Gracias por tu visita, tus palabras y tu sensibilidad, Uxue. Un abrazo gordo.

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  2. Me gusta tu blog. Con tu permiso pasare
    de vez en cuando.
    Tu relato es conmovedor. Muy triste.

    Ante esto, sólo puedo dejar unos versos de Benedetti:

    No te rindas, por favor no cedas,
    aunque el frío queme,
    aunque el miedo muerda,
    aunque el sol se esconda y se calle el viento,
    aún hay fuego en tu alma
    aún hay vida en tus sueños.

    Mario Benedetti.

    Lirio del valle.

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    1. Gracias por dejarte "tocar" por el relato y por el poema de Benedetti, que nos recuerda que a pesar de todo debemos retomar el vuelo. También a la muerte hemos de hacerle un lugar... y proseguir.

      No necesitas permiso para pasarte cuando quieras, Lirio del valle.

      Un saludo muy afectuoso.

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