miércoles, 25 de octubre de 2017

Tres autores, tres garantías



Erri de Luca-Anna Gavalda-Alessandro Baricco-Marian Ruiz


Tres que narran la vida con una capacidad de observación pasmosa. Tres sin más artificio que decirla en su complejidad y alumbrar sus rincones sombríos.

Tres que nos muestran que le echamos a la vida a veces valor, a veces teatralidad, a veces imaginación; aderezos que nos permiten no caer del todo por culpa de la herida.

No han sido amores repentinos, salvo alguno. Un día quedas, te dices algo, te vas a casa con la mosca tras la oreja; vuelves a quedar, dos frases más y ya, mirándote a los ojos; al tercero, sentir que te conoces de toda la vida.



Erri de Luca

Napolitano, 1950, con una biografía poco convencional en un escritor: camionero en África, obrero especializado en la Fiat, albañil, militante en Lotta Continua, una organización revolucionaria ya desaparecida; estudiante autodidacta de hebreo antiguo, ruso, swahili y yídish, traductor de libros de la Biblia, aun cuando se declara no creyente.

Escribir antes o después del trabajo le producía retornos que su realidad diaria le negaba.
Practica la escalada y la ecología, esta última por cuestión de higiene personal. «No hay que esperar a que otros se pongan a limpiar el planeta. Límpialo tú mismo, compórtate bien en tu ámbito, intenta dar buen ejemplo en los pocos centímetros cuadrados que tienes a tu alrededor».


Erri de Luca-Anna Gavalda-Alessandro Baricco-Marian Ruiz


Dice en Los peces no cierran los ojos que «nacer y crecer en Nápoles agota el destino: vaya uno donde vaya, ya lo ha recibido como dote, mitad lastre, mitad salvoconducto». Quizá nacer en Nápoles le otorgó en la parte del salvoconducto esa capacidad para auscultar la lentitud, la parsimonia, la levedad. Para adentrarse en la memoria y constatar que la vida es desafío, pasión, rutina, desengaño, sangre, pasión, rutina, desengaño, pasión.

Como en El día antes de la felicidad, viaje iniciático de un niño hasta el adulto que lo espera y que parece no llegar nunca:

«No se me ocurrió ni podía ocurrírseme el contárselo a la policía. Traicionar un secreto, revelar un escondite, son cosas que los niños no hacen. En una infancia, ser un acusica es una infamia. Ni siquiera fue una idea descartada, es que ni se me ocurrió. Aquel agosto bajé a menudo al sótano, me gustaban el fresco y el silencio descansado de la toba. Empecé a leer aquellos libros, sentado en la escalerilla, donde entraba la luz. La biblia no, Dios me causaba impresión. Así cogí el vicio de leer. El primero se llamaba Los tres mosqueteros, pero eran cuatro. En lo alto de la escalerilla, con los pies colgando, mi cabeza aprendía a sacar luz de los libros».

Percepción psicológica, hondura, mimo en la construcción de las frases, suspensos, silencios. Lo que calla tiene tanta fuerza como lo que cuenta.



Anna Gavalda

Tristeza, sonrisa, intensidad, profundidad, realismo (esa cosa llamada realidad que parece tan arbitraria y que no es fácil narrarla con precisión y coherencia), descubrimiento paulatino de lo que se esconde detrás de las apariencias, emociones, sentimientos. Un personaje romántico y sensible que en nada se parece a la figura seca y distante que ofrece, y que carga con el peso de haber dejado pasar la mejor oportunidad de su vida. Una coprotagonista necesaria que es la nuera de ese personaje.


Erri de Luca-Anna Gavalda-Alessandro Baricco-Marian Ruiz


Si yo misma no hubiera sido cómplice de ciertas correrías del que fue en tiempos mi padre político, esta relación entre suegro y nuera me habría parecido insólita. Pero resulta que me pilló de vuelta.

Hay un gran encanto en la manera de decir de Gavalda:

‒La amé más que a nada. Más que a nada…
«No sabía que fuera posible amar tanto… Bueno, yo por lo menos creía que no estaba… programado para amar así. Las declaraciones, los insomnios, los estragos de la pasión, yo pensaba que todo eso estaba muy bien para los demás. De hecho, ya solo la palabra «pasión» me daba risa. ¡La pasión, la pasión! Para mí era algo a medio camino entre la hipnosis y la superstición… Era casi una blasfemia en mi boca. Y luego, me cayó encima cuando menos lo esperaba. Yo… amé a una mujer.
Me enamoré de ella como quien pilla un resfriado. Sin quererlo, sin creérmelo, a mi pesar y sin poderme defender, y después…».

Carraspeó.

‒Después la perdí. De la misma manera.


Anna Gavalda (Boulogne-Billancourt, 1970) publicó La amaba en 2002 y fue un éxito de ventas. Su manera de narrar es sosegada, honda, carente de artificio, de ritmos lentos.
35 kilos de esperanza lo presté y nunca volvió a mí, pero recuerdo su voz, espontánea y natural. Es la voz de Grégoire, el estudiante díscolo que dice lo justo para que se sepa de qué va su historia.



Alessandro Baricco

No sé si sus libros son redondos, si tienen elementos a faltar ni si les sobran otros, como he leí en alguna ocasión; no lo percibo, o si lo percibo me da igual. Quizá porque a Alessandro Baricco se lo perdono todo. Es una debilidad.

«A un cuadro no puedes preguntarle nada de nada. Pero a Novecento sí. Lo dejé tranquilo durante un tiempo, después empecé a atosigarlo, quería comprender por qué, tenía que haber alguna razón, uno no está treinta y dos años en un barco y luego, de repente, se baja del mismo, como si nada hubiera pasado, sin decirle por qué ni siquiera a su mejor amigo, sin decirle nada.
“Tengo que ver allí abajo”, me dijo.
“¿Qué?”. No quería decir qué, y resulta comprensible porque, cuando al final lo dijo, lo que dijo fue:
“El mar”.
“¿El mar?”.
“El mar”.
«Ya ves tú. Podías pensar en cualquier cosa, pero nunca en eso. No quería creérmelo, parecía una auténtica tomadura de pelo. No quería creérmelo. Era la gilipollez del siglo».
[…]
«Quizás es que a Novecento… tampoco se le había pasado por la cabeza todo aquello, que la vida es inmensa. A lo mejor incluso lo sospechaba, pero nadie se lo había gritado de aquella manera».
[…]
«Puedo permanecer años aquí arriba, pero el mar no me dirá nunca nada. Ahora yo me bajo, vivo en la tierra y de la tierra durante años, me convierto en alguien normal, luego, un día, me marcho, llego a una costa cualquiera, levanto la vista y miro al mar: y allí lo oiré gritar».


Erri de Luca-Anna Gavalda-Alessandro Baricco-Marian Ruiz


A Baricco se lo perdono todo y no desde Seda, sino desde Novecento, que fue cuando lo descubrí en realidad.

Seda me pasó sin pena ni gloria y me desconcertó el revuelo que había armado. Luego vinieron:

Océano mar (aunque este lo escribió antes, yo lo leí después).

Sin sangre (¿un guiño a Sangre fría, de Capote?).

Next, sobre la globalización y la uniformidad estética y lo que se nos viene encima, pero desde la actitud del filósofo que plantea preguntas y no ofrece respuestas porque ofrecer respuestas es competencia del científico.

Los bárbaros (Ensayo sobre la mutación), que tengo taladrado de pegatinas (pósits, ¡horror!) y que habla de crisis de valores, desintegración, abolición de la cultura del esfuerzo. Los bárbaros no llegan de fuera, sino que son una mutación en el proceso de nuestro desarrollo como sociedad.


Erri de Luca-Anna Gavalda-Alessandro Baricco-Marian Ruiz


Todos ellos me fueron colocando ante una visión insospechada del mundo y de la literatura. Este párrafo con el que termino es de Sin sangre:

«El padre le tendió una manta. Ella la echó sobre el suelo, luego volvió a tumbarse.
Oyó que su padre le decía algo, luego vio que la trampilla de la bodega bajaba. Cerró los ojos y volvió a abrirlo. Entre las tablas del suelo se filtraban láminas de luz. Oyó la voz de su padre, que seguía hablando. Oyó el ruido de los cestos arrastrados sobre el suelo. Todo se hizo más oscuro allí abajo. Su padre le preguntó algo. Ella respondió. Se había tumbado sobre un costado. Había doblado las piernas y permanecía allí, acurrucada, como si estuviera en su cama, sin nada más que hacer que adormecerse y soñar. Oyó a su padre decirle algo más, con dulzura, agachado en el suelo. Luego oyó un disparo y el ruido de una ventana estallando en mil pedazos».

No me digas que no te dan ganas de seguir leyendo. Baricco, nacido en Turín, en 1958. Seda, fíjate tú, sin ser mi favorita, ha sido traducida a diecisiete idiomas y solo en España ha superado las cuarenta ediciones.

Algo tendrá el agua cuando la bendicen (y algún día, esta que te escribe tendrá que volver sobre ella; no sobre el agua, que también, sino sobre Seda).

Marian Ruiz

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