miércoles, 4 de octubre de 2017

Subrayar los libros y "Adiós a casi todo"



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Lo confesé en este pequeño texto que subí hace unos días a nuestro Facebook de Frontera Esdrújula y que sigue aquí debajo, en azul: me pongo a leer y me sobreviene la misma avidez que cuando saco fotos, aunque en el caso de la página fotografiada con que abro esta entrada ya había empezado a reformarme (me faltaba adoptar el boli sensible al calor).

«A veces me llevo sustos. Confieso que yo he sido de doblar páginas, de subrayar frases, párrafos enteros incluso, de poner notas en los márgenes, llamadas, llaves, asteriscos y todo tipo de simbolitos en función del impacto que me causara lo leído. Hasta que me pasó con un libro que no era mío y cuando llegó la hora de devolverlo no me quedó otra que comprar uno nuevo. Me acometía una especie de avaricia que luego fui corrigiendo y se convirtió en algo mucho más decoroso: subrayo, sí, con lápiz o boli sensible al calor (con calor, la tinta desaparece y permite borrarse) y hago líneas muy derechitas; solo faltaría. Y tomo notas en una libreta, con sus títulos, autores, fechas: todo muy cuidado y muy limpio.

Pero a veces, revisando libros viejos, me sigo tropezando con la salvaje que era yo y ¡me llevo unos sustos…! No sé en qué momento esa criminal y yo tuvimos algo que ver».

Retrocedo.

Tengo debilidad por la filosofía y estoy terminando de leer Adiós a casi todo, de Salvador Pániker. Había pensado hacer una reseña, pero será más bien una confesión de por qué tanto subrayado, nota, pegatina (pósit... ¡horror!) que sustituyen ya a mis fechorías de antaño y será, si acaso, una reseña peculiar. Reseñarlo como merece me llevaría a escribir otro libro a base de extractos y comentarios. 


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Trescientas veintiséis páginas de la que finalmente ha sido la última entrega de sus diarios: con noventa años cumplidos, Pániker falleció el 1 de abril de este año. Fue fundador de Kairós, una de mis editoriales de referencia por su compromiso entre lo científico y lo espiritual. Y por su nombre: kairós es, en una forma libre de decir, lo opuesto a kronos. O sea, un momento vivido de forma intensa (desaparecen las horas, es puro presente) en oposición al tiempo cronológico (¡corre, que es tarde!) ignorante de que todo lo que existe es ahora.

«Ya sé que a muchos seres humanos la muerte los alcanza interrumpiendo brutalmente sus trayectorias vitales: pero mi religión a la medida es solo mía, y yo he de atenerme a mi música y mi música y mi kairós me sugieren que todavía queda algo por realizar. No socialmente, sino en un ámbito más hondo e íntimo. En otras palabras, que no estoy todavía maduro para desaparecer».
No sé qué poeta dijo aquello de «y cuando me llegue la hora […] tirarme en la tierra con ganas». Difícilmente puede uno tirarse en la tierra con ganas si no ha tenido antes una vida cumplida. Una vida cumplida que permita largarse sin desgarros ni dramas. Ahí es nada.

Este libro es pura filosofía de vida. Ya lo era su Cuaderno amarillo, que lo leí cuando aún no tomaba notas y lo mío era doblar páginas y acribillar textos con comentarios, flechitas y señales variopintas que rivalizaban entre sí por captar mi atención.

Aquí, Pániker relata anécdotas sociales y personales (de 2005 a 2010) y anécdotas íntimas que tienen que ver con el amor ‒esa forma suya tan ecuménica como desapegada de vivirlo, si lo puedo decir así‒ y con su propio deterioro físico, al que asiste entre resignado y curioso ‒dolencias funcionales, no orgánicas, señala‒. Y como un hilván que conectara unas cosas y otras, su pensamiento filosófico. 

¡Dios, cómo no subrayarlo todo!


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Así, sesenta y pico páginas capturadas.

¡Qué difícil seleccionar solo unos cuantos párrafos! Traigo una muestra simbólica a la que se añade mi manía de conversar con ellos:

«‒Je t´aime encore («todavía te quiero», le dice una de sus amantes).
‒Moi aussi» («también yo», responde él).
Y seguido, concluye:
«Enésima comprobación de la cómoda sedimentación de algunos afectos».
No sé si eras cínico o libre. Ella termina dejándote y tú simplemente lo asumes con naturalidad. Que yo sepa, no la engañabas, sino que era ella más bien la que se engañaba respecto a sus posibilidades contigo. A mí, sin conocer más letra que la tuya, me da por pensar que eras libre. ¿O tenías también algo de conquistador y de pícaro complacido en tender su tela de araña por doquier?

«Llueve desde hace horas con consoladora tenacidad. La lluvia me produce alivio».
Y a mí, Salvador Pániker, y a mí.

«Mi razón y mi conciencia me llevan casi a las antípodas de la dogmática católica. Y de cualquier dogmática en general. La única base de mi religiosidad es una experiencia privada, muy privada, tan privada que todavía no sé cuál pueda ser».
También mi espiritualidad está teñida de algo tan íntimo que tampoco sé cómo concretarla. Ni tengo por qué. En realidad, a nadie le importa.

«El ego es una antiquísima aberración con base en lo biológico que deberá ser superada, superada aunque no suprimida. Desidentificarse de él».
Lo dice cualquier maestro conocedor de los callejones en que nos mete la dichosa máquina, insustituible, por otra parte: mientras mantiene su equilibrio, tiramos sin darnos cuenta. Cuando lo pierde, es como si la conciencia aprovechara la brecha que se le ofrece para abrirse camino. 

Es obvio que mantengo una conversación con el libro, en este caso, con Pániker. Si me lo encontrara, me quedaría muda, pero ahí donde no tiene opción de réplica, me explayo.


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Paideia es una palabra suya por derecho de uso. 

Dice que él habla de asuntos complicados porque los considera «indispensables para la paideia de nuestro tiempo». Paideia es, más que educación, transmisión de valores en el más amplio sentido de la expresión: técnicos y éticos, formales e informales.

Por cierto: fue un gran defensor de la eutanasia, presidente de la Asociación Derecho a Morir Dignamente, y le molestaba que «la Iglesia se apropiara de las postrimerías del ser humano en un contexto teológico de terror a la muerte». Decía que la vida no es un valor absoluto y que cuando surgen valores absolutos ‒Dios, patria o partido‒ es cuando comienzan los crímenes. Tenemos ejemplos para aburrir, algunos muy recientes. 

Un hombre lúcido que se definía a sí mismo como retroprogresista y agnóstico místico. Si no estás familiarizado con su pensamiento, ahí te lo dejo, para que lo investigues.

Vuelvo a lo de subrayar. El libro no es mío, así que me he cuidado mucho de que no me pasara lo que cuento al principio, pero llevo más de 60 páginas fotografiadas y 15 manuscritas con párrafos que no he podido dejar pasar sin apropiármelos. Como si fueran a perderse en un naufragio y se me hubiera encomendado hacer inventario y ponerlo todo bajo llave.

Podría hacer un nuevo libro y dárselo a leer a Pániker ahora que está fuera de los límites materiales, para que opinara sobre si he captado lo más granado de su obra.

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Yo, que ya no hago estas salvajadas,
casi infarto. Pero este fue un
problema de guillotina.

Mi frenesí lo sé es más propio de una adolescente que acapara cada minucia de su ídolo que de quien tiene a Pániker como uno de sus filósofos favoritos, pero no el único. Voy a contarte por qué me alboroto: la filosofía y los ensayos me ayudan a entender la vida, tanto la general como la particular, tan enigmáticas ambas para mí; y dicen que hay dos maneras de responder ante la solicitud de ayuda emocional-espiritual de un ser humano: o consolarlo o esclarecerlo; y siempre que se pueda, mejor lo segundo.

Ten por seguro que cada página fotografiada y cada párrafo anotado consigue abrirme los ojos. Como si un infiltrado me diese claves de salida.

Otra frase de esas que me dejan con repique de cascabeles: «El hombre es una criatura tan desamparada que es comprensible que invente a los dioses». Son palabras, pero son como aldabonazos en ese lugar en el que mi necesidad tiende a ser más acusada.

Hasta aquí por qué marco, anoto, subrayo, converso... Eso sí, con mucha clase ya. Salvador Pániker no merece menos de mí.


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Marian Ruiz



4 comentarios:

  1. ¿Doblar páginas, Marian? ¿En serio? Enhorabuena por haberlo superado :).
    Me ha gustado mucho la reseña, un libro muy interesante. Un abrazo.

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  2. ¿Te lo puedes creer? Ahora las desdoblo mientras les pido perdón por masacrarlas de esa manera. En algún momento debieron levantarse en armas contra mí :( ¡Qué vergüenza!

    Es un libro no solo valiente, sino elegante. Un libro de esos de "para pensar".

    Gracias por tu visita, Luna-Uxue. Otro abrazo de vuelta.

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  3. Doblo en la esquina, con sumo cuidado, los poemas que me gustan de un poemario.
    En prosa, a veces.
    Y en ebook, lo pongo de colores según el gusto (tengo mi código, como tod@s los que hacemos estas cosas).
    En ebook voy anotando erratas, faltas gramaticales o de estilo...
    Y como tú, antes escribía en el margen, subrayando etc. Anda que no he debatido con libros!!!

    Besos, Marian.

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    Respuestas
    1. Esto solo lo entiende otra friki, Verónica. Con el ebook tengo menos práctica, pero me voy acostumbrando. Con lo que me he reformado es con doblar. Ya no doblo. Ahora, de subrayar y de anotar no hay quien me quite. Y las erratas... repasadas también, sin remedio. ;D

      (No te imaginas cómo he sufrido con este que era prestado).

      Un abrazo, amiga mía, y gracias por pasarte.

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