miércoles, 27 de septiembre de 2017

Lo que aprendo del cine y una invitación abierta



club de lectura-Rubén Berrueco-aprender del cine-Marian Ruiz



Me gusta Blade Runner. Me gusta Rick Deckard (Harrison Ford), pero me gusta sobre todo Nexus 6, Roy Batty, el replicante. Y me gusta (cuarto me gusta para arrancar) porque tiene los santos bemoles de enfrentarse a su creador para demandarle un trato equiparable al que ha otorgado a los humanos.

¿Para qué, si no, le puso sentimientos? 


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He perdido la cuenta de las veces que la he visto. Tiene toda esa filosofía de fondo. ¿Quién quiere vivir solo cuatro años? Los Nexus 6 buscan el modo de ampliar su tiempo de vida. Como yo, que pretendo, además de alargarlo, añadirle calidad. Las preguntas que se hace Roy Batty también son las que me hago yo: de dónde vengo, a dónde voy y cuánto me queda. De qué soy esclava.

Blade Runner es una de mis favoritas, pero la que se lleva mi Oscar Sentimental es Lo que queda del día, de James Ivory. No es de las más vistosas ni la que más efectos estrambóticos tiene, pero es mi «más».

Te diré por qué.

Mantengo la esperanza de volverme visible cual señorita Kenton frente al impenetrable señor Stevens y llegar a codearme con él, quizá porque dicen que las chicas, cumplidos los cuarenta, empezamos a desaparecer, y porque yo mantengo esa manía de no creérmelo todo porque este todo suele estar adobado de prejuicios, creencias cuestionables y, a veces, mucha mala leche. Me dijeron que era mayor con 37, así que vengo llorada. No me interesa hacer míos los prejuicios de otros porque a mi niña siempre le ha interesado ver qué hay detrás del horizonte. A mi niña interior, que ya te debe sonar si me lees, porque la menciono con frecuencia; ni tengo otra.

Decía Pascal que los problemas del hombre nacen de no saber quedarse en su casa. Fíjate. Pero ¿es que podría ser de otra manera? Ni cuando el paleolítico, que ya buscábamos mundo más allá de la cueva, pese a las amenazas reales e imaginarias. Y volviendo a hoy: ¿es posible que alguien venga a vernos si nos quedamos en casa, alguien que no sea nuestra madre, nuestra confidente o el cobrador del recibo de la escalera?

El señor Stevens (monolítico Anthony Hopkins en estado de gracia) se muestra inmune a los encantos de Kenton (resolutiva Emma Thomson), pero solo en apariencia. Sabemos que si no se derrite con ella es porque lleva incorporado un sistema de coagulación instantáneo ante cualquier minucia que amenace su eterno estado de hibernación emocional.


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Un temor con tintes de fóbico a perder el control. Como si, por ceder, fuesen a caérsele brazos, piernas o su mismo cerebro. El pobre hombre se pasa la vida auscultando las motas de polvo de los muebles y verificando que platos y cubiertos formen filas sobre la mesa en posición marcial-milimétrica. La fachada, impoluta; su mundo interior, enmoheciéndose y socavándose.

Él lo llama orgullo.

Antes, en la Edad Media, no íbamos a las montañas porque temíamos despertar la ira de los dioses. Ahora no tememos a la montaña, tememos al otro. La tecnología ha ampliado nuestras posibilidades hasta extremos inimaginables, pero quizá nos hace perder habilidades que ni hemos conquistado del todo. Me pongo como ejemplo: pensar que me rechazarás si te pido algo, o que doy menos de mí de lo que creo, o enredarme la cabeza con que si descubres cómo soy en realidad no podré soportar la vergüenza.

Me puedo pasar la vida llevando la cuenta de insignificancias, contando pelusas, esperando que alguien descubra que estoy aquí y con miedo de salir porque nadie me espera. Y total: sé que soy yo quien ha de ir, quien debe mezclarse, contaminarse, como decía la canción. Además, el tiempo es relativo, pero se hace mortalmente largo cuando esperas. Si me quedo mirando en qué minuto se posan las motas de polvo en mis muebles, esto se vuelve un muro de los de verdad.




Una invitación abierta

Tanto tú como yo criticamos que nuestros políticos no lean, no sean cabales, coherentes, congruentes, honestos, que no escuchen, que no den argumentos veraces. Que solo repitan frases hechas.

Podemos empezar por hacer nosotros algo distinto, que no siempre estamos entrenados en afinar. Al final, leer, si no es para formarnos, para enriquecernos y para disfrutar con ello, ¿para qué? Y si no es para cambiarnos, ¿para qué? Y cambiamos más si interactuamos, si nos nutrimos mutua y recíprocamente.

Debes estar diciéndote que toda esta perorata será para algo…

Pues sí. Ya, ya viene. (Y no hacía falta tanto prolegómeno; lo sé, pero ahora ya sabes de qué pie cojeo). 

Iba a tirarme a la piscina y hacerte una propuesta a ti que pasabas por aquí, cuando Rubén Berrueco, que lleva más tiempo que yo en esto, se me adelantó.


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Rubén propone en ese Club de Lectura abierto hace poco, que durante un mes leamos todos los integrantes un mismo libro y luego compartamos nuestras impresiones. Se trata de crear el hábito de leer, sobre todo entre quienes dicen no tener tiempo. Propone inaugurar el recorrido con Escrito en el agua, de Paula Hawkins. Que sea la autora de La chica del tren quizá no ayuda a acogerla con entusiasmo, pero las críticas aseguran que nada tiene que ver y que esta sí es buena.

Me sumo a la invitación de Rubén, que empieza el día 1 de octubre, próximo domingo, y vengo a invitarte a que te sumes. No te sientas comprometida, comprometido (bueno, un poco, sí), que a veces nos metemos en jardines que dejamos secar porque hay demasiado que regar por ahí, pero disponer diez minutos diarios… parece que con la gorra, ¿no? 

Es lo que asegura Rubén, que con ese mínimo diario, en un mes, la tienes; lo que acaba arrojando un palmarés de doce novelas leídas al año, que tampoco está mal.

Aunque, honestamente: creo que es importante leer más de diez minutos al principio para familiarizarse con el estilo, personajes, trama… Para enganchar con el alma de la novela, aunque es algo que me parece a mí.

¿Por qué esto del club?

Sé que te gustaría comprobar si es cierta esa leyenda que corre por ahí de que las redes son personas, de que yo soy una persona que quiere cerciorarse de que también tú lo eres.

Entonces: vamos a ir más allá, que nuestras quejas y anhelos no se reduzcan a cortocircuitos tuiteros o facebookeros. Así, solo con la víscera, ni cambiamos ni transformamos nada. No hay esfuerzo. Dejamos de ser personas actuantes para pasar a ser terminales de redes. Si digo por qué no me gusta un libro o por qué sí y lo explico, doy razones, me acostumbro a poner atención en lo que leo y a expresar lo que me ha provocado. Me muevo en dos frentes. Mis sinapsis aplauden.


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Mira qué monada de sinapsis, toda contenta...


Porque ni terminales de redes ni personajes de un cuadro que no pueden comunicarse entre sí. Yo te siento como colega con el que tengo algo que decirme. Si estás en esa onda, ¡dale! ¡Anímate!

Será interesante comprobar cómo una misma lectura llega a cada uno de nosotros y cómo cada uno de nosotros se convierte en parte del proceso. Podemos crear comunidad más allá de cualquier otro interés y que la lectura sea el pegamento.

A fin de cuentas, se trata de que nos conozcamos, de que compartamos cosas. Nada académico. Dejar que nos salpique el barro. Que nos hagamos amigos, ya sabes, como solía ser antes de acostumbrarnos a ser simplemente “agregados” en las redes sociales.


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Esto podrían ser sinapsis sociales, pero a condición de que las redes ídem
nos ayuden a hacer algo de provecho entre nosotros.


Sé que las cosas pueden ser distintas si las imaginamos distintas. Y yo quiero imaginarlas distintas e imaginarme a mí misma distinta en medio de ellas. 

¿Para qué, si no, me pusieron deseos y sentimientos?

Porque no seré una Nexus 6, digo yo, ni lo serás tú. Y lo del señor Stevens, en fin, para dejarlo ahí, ocupándose de que la casa esté impecable mientras lee a escondidas novelitas de amor.


Marian Ruiz


PD. Ahora bien, si lo tuyo es leer, leerás con independencia de lo que diga el club y además de lo que diga el club. No está Rubén con la jeringa esperándote si no cumples. Si hay un libro que no, pues no, o si ya lo has leído. En fin: sentido común. A mí, como experimento, leer cosas que no son de mi cuerda habitual me parece interesante, algo así como hacer ejercicios de cultura general: a ver si es verdad que con diez minutos...

En fin, que la cosa va de probar. Y que es por un año, oiga.



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