miércoles, 13 de septiembre de 2017

La voz narrativa en segunda persona



Voz narradora-segunda persona-escribir-relatos-historias de visibilidad
Ilustración de Jaiminho Galistao.


La tortuga pone hasta cien huevos en cada nido, discreta y cautelosa ella. La gallina, menos de un huevo por día, pero lo cacarea. Yo, como las gallinas.

Porque a lo mejor tú ganas un concurso cada día, pero no es mi caso, así que voy a darme el lujo de seguir con la publicidad. A la revista MoonMagazine, con Txaro Cárdenas al frente, les pareció que el relato Ser de verdad reunía condiciones para ganar. Y ganó. No es un Planeta, pero ¡qué quieres que te diga! Me hizo ilusión.

Alguien a quien aprecio por su calidad literaria y su honestidad me preguntó que por qué había escogido la segunda persona como voz narradora, la de “tú”.

«Te lo tatuaste bajo el pecho como homenaje a esa noche en que no sabías aún que las cosas buenas suceden con el tiempo»

Nada de «se lo tatuó» o «me lo tatué», tercera y primera respectivamente. Es una voz que transcurre, para mayor complicación, pegada al pensamiento de la protagonista:

«Que él hiciese con su vida lo que quisiera. La criatura no tenía culpa de que sus padres se hubieran salido del renglón una noche de reivindicación supina en la que anduvieron al bies».

«Si ella decía que no sabías, puede que no. Pero sabías que el tipo se acabaría metiendo en su cama y en su vida».

Esta segunda persona obliga más al lector, quizá por eso es la gran olvidada. Eso sí: la rescatan los blogs.




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¿De verdad crees que la magia solo depende de ti?


Un timón que se maneja solo

El caso es que había previsto otra entrada para hoy, pero he querido indagar en la cuestión de por qué la voz en segunda persona.

Un relato no es un blog, no hay un tú lector al que se dirige la narración y con el que se pretende complicidad o cercanía.

Paul Auster, por ejemplo, habla a un tú, lector, en Diario de invierno: «Piensas que nunca te va a pasar, imposible que te suceda a ti, que eres la única persona del mundo a quien jamás ocurrirán esas cosas, y entonces, una por una, empiezan a pasarte todas, igual que le suceden a cualquier otro».

Quizá yo misma pretendía suscitar complicidad con mi protagonista al escoger esta segunda persona, tan antipática. En realidad, es la que más se juega el tipo en la historia.

Se sirvió de esa voz Miguel Delibes en Cinco horas con Mario, aunque el monólogo que aparenta ser diálogo (con el marido muerto) se brinda a ello: «Pero los hijos, no dan más que disgustos desde que se abren paso, desgarrándola a una, vientre abajo; cría cuervos. Ya ves Mario, ni una lágrima. Ni luto por su padre, ¿quieres más?». Delibes desaparece y es Menchu quien pone las peras al cuarto al Mario difunto.

En este relato mío «tú» es la protagonista, anónima para más abundamiento, que ni nombre tiene. La voz es como la de su conciencia, una sabelotodo que conoce cada milímetro de lo que pasa por su cabeza, puede que con menos censura que su propio pensamiento. Y que el mío, incluso.

Esa voz segunda me vino, me pegaba así. Nunca me había puesto a pensar sobre mi propio proceso creativo. Rastrear su porqué ha sido como buscar al asesino.

La cosa era por dónde.




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Los líos que ellas se montan a veces... Como los que me monto yo.


El papel de las hormigas

Recordé este consejo de Hemingway: «Para arrancar, limítate a escribir algo que sea verdadero». Algo verdadero, o sea, algo real.

Algo real es tocar tierra. Me calcé y me fui a la Casa de Campo a ver procesiones de hormigas en hora punta. Y a pensar.

Las hormigas parecen saber muy bien qué tienen que hacer; no paran, trabajan coordinadas, cada una sabe cuál es su función. Se chocan las antenas unas con otras o algo parecido, que es como se pasan la información. Sin debates. Sin pérdidas de tiempo. Saben qué hacer. También nosotros creemos saberlo, pero me da que pocas veces estamos al mando cuando hablamos de crear, al menos en mi caso. También ellas se sienten protagonistas de su quehacer diario, pero hay algo que opera en ellas y las dirige… aparentemente azaroso.

En los humanos es el propio lenguaje que nos toma y reparte dones. Aunque esto solo puedo afirmarlo en primera persona del singular. Quiero decir: nadie piensa en el lenguaje como entidad potestativa (capaz de ejercer potestad sobre nosotros), sino como un servidor a nuestras órdenes. Yo, para variar, no tengo claro ni lo uno ni lo otro. 
Esta segunda persona, de hecho, la confundía a menudo con los pensamientos de la protagonista. Ambas voces se intercambiaban y me montaban unos líos estupendos. Como las hormigas, que ante un obstáculo, se tropezaban, perdían su carga y la agarraba otra… u otra.

Fue una doma agotadora.

A mí me cuesta trabajo escribir, pero esto lo he oído/leído decir de cada ser que escribe, con o sin talento. En algunos casos es falsa modestia, porque ahí están luego sus producciones para desmentirlos. 




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¿Qué hacemos sin un malvado o una malvada...?


Utilizar al personaje

El relato tenía una función: la de dar apoyo a una causa. Y yo, un par de hilos de los que tirar: cuatro mujeres conocidas que habían amado a sendos hombres, dos mujeres a uno y otras dos a otro. Una vez que el hombre resultó ser más problema que solución (supongo), dos de ellas se pusieron a vivir juntas y criaron así a sus respectivos hijos. El tipo desapareció de sus vidas aunque, que yo sepa, ninguna llegó a operarse; tampoco sé si fueron pareja como tal, así que de esa parte es culpable mi imaginación.

Hay situaciones que me intrigan y me motiva saber. Parafraseando a un antiquísimo autor de teatro, de nombre Publio Terencio Africano: para que nada de lo humano me sea ajeno.

De manera que, a falta de información, tenía que elucubrar. Cómo pudo ser, qué pasó en el primer día de todo y qué pasó después. Cómo fue cuando nació el bebé, cómo te trataba, qué cambió; dímelo, puedo ponerme en tu lugar. Ahí se fue armando la voz segunda. Aborrezco ese perfil de hombre abusón, pero no soy yo quien le habla. Pudieron no ser así ni el uno ni el otro de esos tipos que menciono. No lo sé. Lo que sé es que hay especímenes que destrozan todo lo que tocan y que no hay redención posible para ellos. Y me viene a la cabeza El túnel, de Ernesto Sábato, que tiene la osadía de meterse en la mente de un asesino para escudriñar sus motivos (y ver que no es más que un infeliz resentido porque nadie lo quiere). O el adorable Dexter.

La segunda persona debió nacer como contrapunto, como quien mira de soslayo a ver qué se cuece ahí al lado. Una mirada donde no estuviera yo y que adoptara esa perspectiva. Porque Ser de verdad es una historia de amor con independencia de sexo, género o rol, pero es una denuncia machista. Solo como historia de amor no hubiera tenido sentido.





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Mapa, brújula... y casco, por si acaso.


Mapa o brújula

Vuelvo a recordar a Hemingway cuando dice que «un relato puede silenciarse todo lo que se quiera a condición de saber lo que uno silencia; entonces, lo silenciado tensa el discurso y lo enriquece con su misma ausencia».

Historias escaletadas a conciencia o impulso, saber desde un principio qué contar y qué reservarse o lanzarse al agua a ver qué pasa. Yo que me creo de mapa, a lo mejor es que soy de mapabrújula. No sé del todo qué voy a contar ni qué me voy a guardar; digamos que arranco con algo que es apenas un boceto, escribo y escribo y aplico censura en las múltiples correcciones que acaban siendo otras tantas reescrituras, que fácilmente puedo haberme perdido en medio de la nada. De eso sí soy consciente. Debe ser falta de oficio o que actúo de forma intuitiva.

Y ya, que gustase o no… Ojalá gustase siempre y a mucha gente lo que escribo. Ojalá me leyera todo dios por lo mismo que dice aquí debajo Eduardo Galeano:

«La literatura tiene siempre una función, aunque no sepa que la tiene, y aunque no quiera tenerla. A mí me hacen gracia los escritores que dicen que la literatura no tiene ninguna función social. A partir del momento que alguien escribe y publica está realizando una función social, porque se publica para otros. Si no, es bastante simple: yo escribo en un sobre y lo mando a mi propia casa, pongo “Cartas de amor a mí mismo” y me emociono al recibirlas. Pero es un círculo masturbatorio (no quiero hablar mal de la masturbación, tiene sus ventajas, pero el amor es mejor porque se conoce gente, como decía el viejo chiste)».





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Lo que la belleza oculta es un trabajo de picar piedra.


Un secreto

Suelo estar poco segura de lo que escribo. No llega a ser enfermizo; es más bien como lo de la persona tímida que tiene recursos. Alguno tengo.

El relato lo leyeron y revisaron mi compañera de blog, Marieta Panchevay Uxue Montero, responsable del blog Luna PaniaguaAmbas me dieron sus opiniones y me confesaron qué no entendían (momento en que la hormiga pierde su carga tratando de salvar un obstáculo). Todo lo tomé muy en cuenta y ha contribuido a la calidad del escrito. ¡Mil gracias a ambas!

Y a pesar de ellas y de su ayuda, le di muchas vueltas. Las imágenes literarias no siempre salen a la primera; es más, las buenas aparecen cuando menos lo espero. Un relámpago mental, una insólita lucidez, algo que se arma sin mi concurso y pide paso, brota y se conjuga conmigo. Lo llamo milagro. Estar alerta es mi modo laico de rezar, así que me paso el día rezando a ver si vuelve o si vuelve cuando lo necesito. Pero su naturaleza es fugaz. 
Por eso creo que me toma, que no es mío, y me refiero a eso que he dicho antes de que el lenguaje reparte sus dones como le da la gana. Aunque también puede que se paseen por mi cabeza más cosas de las que se me revelan y que, de pronto, algunas decidan darlo todo y tirarse a mi piscina sináptica.

Termino leyéndolo por decimosexta vez y ya me van cuadrando ritmo, organización y contenido. Acaba valiendo la pena. Desde luego, esta vez la valió, pero aunque no hubiera sido así: es de lo que soy capaz y descanso.

Solo que ojalá me costase un poco menos.


Marian Ruiz



4 comentarios:

  1. ¡Enhorabuena otra vez, Marian! Lo merecías sin duda. Gracias a ti, un honor que confíes en mí :)

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    1. Muchas gracias, amiga mía, por tu mirada, por tu disponibilidad y por tu ayuda (y no solo literaria). ¡Sigamos escribiendo y confiando! :D

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  2. Gracias por tu labor y todo tu tiempo, ganas y fuerza, compañera.

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    1. Y qué haría yo sin tu mirada y sin el cariño que le pones a cada "genialidad" que te mando... :)

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