miércoles, 20 de septiembre de 2017

El vuelo del arte literario


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Vengo con lo prometido en esta otra entrada donde me preguntaba cuándo se enciende el interruptor que ordena escribir. Voy a tratar de saldar mi cuenta y bajarme al pozo para rastrear las diferencias entre lo que llamamos escribir bien y el arte literario de verdad.

Tal y como yo lo veo, claro.

Para empezar: escribir desde las tripas no encierra forma literaria necesariamente. Recuerdo mi etapa como poeta allá por mis quince y puedo jurar que lo que salía brotaba de lo más subterráneo de mí. Poemas sentidos. Palabras dramáticas y solemnes que hoy me provocan ternura y... (Dejémoslo ahí; todo mi cariño, pequeña Marian).

Ignoro si uno puede reconocer en sí mismo que tiene talento literario o si es algo que solo los demás le otorgan. Los demás o el tiempo, que a veces es lo mismo. Y me refiero a talento literario, no al narrativo. Al fin y al cabo, la historia está llena de escritores cuyo valor artístico solo lo ha reconocido la posteridad (Dostoyevski, Dickens, Nabokov, Lorca, Unamuno…), de escritoras silenciadas (Virginia Woolf, Mary Shelley1) y otras a las que la posteridad aún les debe cuentas (Sofía Casanova, Marga Donato, Gertrudis Gómez de Avellaneda, Las Sinsombrero…).

Voy a detenerme. Por partes, ya sabes.




Talento narrativo



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En su libro El guión2, Robert McKee dice que el genio instintivo podría crear algo de gran calidad una vez, pero si un escritor no es capaz de reflexionar sobre cómo crea, sobre cómo escribe sus historias o, más aún, sobre si puede producir algo de mayor calidad, tendrá escasas posibilidades de prosperar porque «el talento puro es infrecuente; no sale de lo espontáneo y descontrolado».

Si un talento es una aptitud específica o una predisposición especial, talento narrativo sería una especie de habilidad más fina para contar historias. Ahora bien, las historias pueden contarse en forma de teatro, cine, música, danza, mímica, poesía y palabras (poesía: palabras con códigos propios, por eso la destaco), pero a condición de fondear el alma humana y extraer sustancia de ahí, de dar vida a sucesos o cosas en apariencia intrascendentes, anodinos.

Nos gusta escribir y nadie tiene que autorizarnos y, por descontado, tampoco tiene obligación de hacernos el menor reconocimiento por ello. Supongamos que algo de talento tenemos. Me atrevería a decir que la cantidad dependerá de la mucha o poca empatía que seamos capaces de provocar con nuestras ocurrencias, de que seamos más o menos hábiles en despertar las fieras dormidas (léase ánimos) de quienes nos leen. Porque que nos reconozca la posteridad, si ya no estamos para gozarlo, es pobre consuelo. La cosa sería despertarlos antes de que no tengamos remedio... y nos pille a todos criando malvas.

Aunque hoy día creo que es preciso algo más que talento para, además de escribir bellamente, que el mundo lo sepa. Pero esta es una historia que será contada en otra ocasión. 




Talento literario

Voy a tirar de quienes saben de esto mucho más que yo, que me quedo colgada del vuelo de una frase sin saber muy bien qué magia es la que me sobrecoge.

Dicen Ernesto Mallo, Patricia Higsmith y otros que para esto del talento literario se precisa leer y fracasar.

«El talento no puede ser enseñado ni aprendido, tenerlo carece de mérito y no significa gran cosa sin un trabajo que lo haga brillar y prosperar. Viene determinado por el pool genético». Así de tajante es Mallo: si viene en los genes y no lo trabajas, no es meritorio. «Ha de acompañarse de una gran inversión de tiempo y esfuerzo».



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Y Stephen King, en Mientras escribo: «Todo lo que es fácil de leer es difícil de escribir, y viceversa». Y más: «Para un escritor que comienza a escribir sus primeras líneas no existen ´instrumentos prefabricados´, es él mismo quien se fabrica a medida que los necesita».

Tal como lo veo, va más allá de poner una coma en el lugar adecuado, aunque la coma, también y por descontado. Saber construir frases y puntuarlas correctamente está antes y por detrás; las barbaridades que puede perpetrar una coma fuera de su sitio son de órdago. Esto lo sabe cualquier redactor, digamos, en general. Pero además de ordenar ideas, argumentar de forma sencilla, escoger comparaciones, metáforas  y símiles evocadores, el "vuelo" hace observaciones agudas, muestra imágenes certeras hermosas o no capaces de hacer sentir. Y aún algo más.

En ese “algo más” está la cosa, porque el talento literario excede la mera capacidad de redactar. Lo sabía Roland Barthes y lo sé yo por él a mi manera: primero está la lengua, después la literatura y aún después y por encima lo singular e intransferible de cada uno, lo que llaman estilo. El estilo ‒permiso para ser pedante‒ hunde sus raíces en las creencias más propias, en la ideología y en la metafísica de cada uno, en ese modo íntimo de estar en el mundo. Todo se relata en un tiempo y una manera distintos a como tiene lugar en la realidad, y cada quien hace sus inclusiones y sus descartes según su propia visión. 



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Es el escritor enfrentado a su neurosis. O la vida en toda su complejidad y oscuridad. Es ahí donde se echa la red.

Porque hay que estar en el mundo. No es posible mantenerse a cubierto en cierto ideal romántico de siglos anteriores. El escritor actual escribe sintiendo el mundo y trata de hacerlo hablar desde el lugar en que él mismo se encuentra.

Hay gradaciones y niveles, como en todo.




Para muestra…

Me encuentro párrafos más descriptivos con otros más literarios, aun cuando la separación entre unos y otros acaba siendo más de interés pedagógico que real. A mí me parece que el autor prueba, escoge, aparta. Como se opera en un laboratorio. La resultante me asombra: me permite entrar en la esencia de un mar cuyas playas pueden ser distintas, aunque se me parece en todo lo demás.

«Ojalá hubiera un autobús al vertedero. Íbamos allí cuando añorábamos Nuevo México. Es un lugar inhóspito y ventoso, y las gaviotas planean como los chotacabras del desierto al anochecer. Allá donde mires, se ve el cielo. Los camiones de basura retumban por las carreteras entre vaharadas de polvo. Dinosaurios grises».
Lucía Berlín, Manual de limpieza para mujeres.

No puedo contemplar la procesión de camiones al vertedero sin recordar que a Santos, cuando la recogida se hacía a domicilio, se lo fue a tragar el fuego con todas nuestras basuras. Y sí: el hombre llegaba cada mañana a lomos de un dinosaurio gris.

«No hablaba de su pasado por temor a suscitar compasión y porque no había logrado ordenarlo en su mente. Los años de infortunio junto a su padre eran un espejo roto en su memoria».
Isabel Allende, Eva Luna

¿Quién no tiene un espejo roto en su memoria? ¿Quién pudo olvidar una afrenta, un desprecio, un ultraje, una humillación?

«La fantasía es un lugar en el que llueve» es un fascinante verso del ´Purgatorio´ de la Divina Comedia, de Dante Alighieri, que Ítalo Calvino resucita en sus Propuestas para el próximo milenio.

¿Y quién ignora qué significa llover en el reino de los paraísos perdidos?

Avanzando aún en la cuerda y en el otro extremo, está el lenguaje poético, puramente simbólico. Ese hay que interpretarlo. O dejarse llevar, como hacemos con la música.



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Lo que se cuenta y lo que hay debajo de lo que se cuenta

Hay una llamada silenciosa en esa coreografía de palabras. Una llamada a ver por detrás, por debajo o más allá, que provoca mirar de reojo en los dobladillos de las cosas y cuestionar su apariencia.

Mi amiga Mónica insistía en que un buen libro tenía que contarle algo, que no soportaba a Javier Marías cuando hablaba y hablaba, páginas y más páginas, para no llegar a ningún sitio. Ni se me hubiera ocurrido hablarle de un tal Proust y sus 10.000 afanosas páginas de búsqueda en las catacumbas de su memoria. «¿Búsqueda de qué?» habría preguntado. De un tiempo que se le perdió.

A mí, fuese Marías ‒que no me cae bien cuando dice de opinar; otra cosa es cómo escribe‒ o cualquier otro, me entraban sudores para hacerle entender el vuelo, el manejarse con ideas que no siempre están perfectamente reveladas y que, aun así, no pueden fallar al pálpito de quien escribe. Era como hablar de combinación de colores o de proporciones a quien carece de sentido estético o de visión volumétrica. Lo dejé, y en buena hora; sé que de haber insistido me habría mandado a escardar cebollinos.

Hago de maestrilla: hay un lenguaje que crea imágenes gracias a figuras, laberínticas a veces, y trasciende lo denotativo, a lo que cada palabra remite en primera instancia. Yo creo que es eso lo literario. Siguen siendo palabras, pero les han salido alas, o cometas que se ríen de ti y de mí y que solo nos dejan un cordel del que tirar. Hay revelación, exactitud, música. Ya no está el vestido ordinario, sino el traje de fiesta. 

«En el escenario hay un bailarín dando saltos», puede que dijera Mónica. Entre tanto, yo estaba viendo un cisne danzar.



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Hasta el estado de ánimo se me cambia.

Lo cursi es otra cosa. Nada que ver. Me viene a la cabeza un texto: «exijamos emolumentos ponderables antes de que los gerifaltes se salten con la suya», que alguien tuvo los santos bemoles de escribir. Entre esa cosa horrorosa y algo como «el tablero peligra y los primeros en caer somos los peones. ¡Nos tenemos que poner las pilas!»... hay una diferencia. Cuestión de sensibilidad y de tener el gusto un pelín educado. Digo yo. Porque volar, sin haber aprendido antes a gatear, andar y brincar, está jodido. 

Lo literario mira ese mundo de forma extrañada, desnuda a las palabras de su referente habitual. El mundo sigue siendo el mismo, pero está de otra manera; tras un revoloteo de esos regresa distinto. Y es que entre lo que vivimos afuera y lo que sentimos por dentro hay una brecha (muchas veces, dramática) que pide hacer algo hermoso con ello, más que solo sentirY así ahí es nada, enmendarle la plana a la vida.

Entonces, no solo las palabras: las cosas mismas se reinventan como si uno se las tropezara por primera vez. Y pueden volverse peligrosas…


Marian Ruiz



1El editor Frederick Jones escribió: «Analizar una colección de este tamaño no puede justificarse por la calidad general de las cartas o por la importancia de Mary Shelley como escritora. Es por haber sido esposa de Percy Shelley por lo que despierta nuestro interés».


2La palabra «guion» no se tilda, pero la mantengo tal cual aparece en la traducción española de Jessica Lockhart de El guión, de Robert McKee, editado por Alba Editorial en octubre de 2006.


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