sábado, 16 de septiembre de 2017

Despido laboral y literatura

Despido laboral y literatura


Ayer me despidieron. Para regalar mi puesto a una amiga de la compañera que se sentaba a mi izquierda. Quiso y pudo. Sin preámbulos. Llevaba un par de años en la empresa y yo solo doce días.

Mi primer despido laboral. Me he ido de algún trabajo cuando no me he sentido respetada, en otros he llegado a acuerdos mutuos, pero nunca me habían despedido. Y siempre hay una primera vez.

Acababa de firmar el contrato hacía cinco días y estaba aprendiendo las funciones de un puesto que se excedía en responsabilidades para las que ni me pagaban ni me habían formado, llegando a quedarme sola a cargo de todo un mundo de clientes desconocidos. Hace dos días mi compañera de a la izquierda preguntó a la administrativa si podía incorporarse una amiga suya que se había quedado sin trabajo a la plantilla y la administrativa le dijo que no, a no ser que se fuera alguien. Mi compañera de a la izquierda dejó de enseñarme y se limitó a señalar lo mal que lo hacía y que no me enteraba de nada. A continuación se codeaba sin disimulo con las dos jefas que estaban presentes. Y ayer una de ellas me llamó para entregarme el finiquito calculado con antelación. Quise preguntar cómo la misma persona que me había felicitado por mi buen trabajo y por mi capacidad de aprendizaje hacía siete días alegaba que me despedían por no cumplir con sus expectativas. No me salió la voz. Me limité a garabatear mi nombre e irme. La que me finiquitó habló conmigo solo en tres ocasiones: cuando me contrató, cuando me felicitó y cuando me despidió. En cambio, se quedó mi ex compañera de a la izquierda. Se quedó para seguir gestionando pedidos con faltas de ortografía básicas y con sobras de privilegio.

Luego supe que por mi puesto habían pasado muchas personas en tiempo límite. Por mi puesto y por los puestos de los demás compañeros, llegando a contratar cada lunes y a despedir cada viernes, favoreciéndose de las ayudas y bonificaciones establecidas por asalariar a personas, y sobre todo a mujeres, en situación de desempleo de larga duración.

Esta mañana la cabeza me estallaba. Porque la vida seguía y me era imposible concentrarme para escribir. Para corregir. Para leer. Y en realidad son estas tres cosas las que alimentan mi alma. Pero ¿cómo escribir si las facturas se quedan sin cubrir? ¿Cómo escribir cuando se está preocupado por necesidades básicas? ¿Sobre qué escribir cuando solo se tienen ganas de gritar o de dormir? ¿O tal vez se deba escribir para denunciar el favoritismo laboral? Tal vez todo pase por alguna razón. Porque la empresa me recordaba al 1984 de Orwell: éramos marionetas que los jefes omnipresentes movían a tiempo y a destiempo, que vigilaban sin descanso, que escuchaban sin pudor, que grababan sin recelo, que contaban sus minutos de aseo. Éramos seres sin espacio para sentirnos explotados, a los que llamaban la atención si se tomaban veinte segundos para enjuagarse la boca antes de seguir con la venta del producto estrella. Cada doce segundos una nueva llamada elegida por la máquina. Y lo peor de todo era que después de cada jornada laboral en aquella lata de sardinas milimetrada me sentía viva, con ganas de seguir porque me proporcionaría lo necesario para comer y escribir con la tripa llena.

Porque solo se puede escribir cuando se está en paz o en guerra. Cuando se tiene la cabeza en silencio, sin ruido añadido y con la tripa llena. O con la cabeza desbordada de ruido, dolor y ganas de sanar la herida y con la tripa vacía. Pero nunca con la tripa a medio llenar.

Solo con la tripa llena o con la tripa vacía. En paz o en guerra.

Por eso una de las literaturas más tristes del mundo y una de las más realistas es la rusa, repleta de frío blanco y lentas partidas de ajedrez.

Partidas de ajedrez que a veces aprendemos a jugar en solitario y, autodidactas, crecemos sin límites. Y otras, necesitamos de algún buen maestro que nos enseñe urgentes tácticas de defensa o estrategias terminantes para seguir avanzando. Porque los maestros aparecen cuando los necesitamos. Y si no están es que podemos solos. Por eso nos despiden. Porque es la única manera de seguir avanzando hacia el lugar que nos espera en el punto exacto de nuestro camino en el que nos detendremos para descansar realizados.


Marieta Pancheva

4 comentarios:

  1. Ánimo, compañera. Mejores oportunidades llegarán. Puedes contar con un amigo del otro lado del charco.

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    1. Gracias por tus palabras, compañero. Seguro que sí y seguro que todo pasa por algo. Un abrazo.

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  2. La unica diferencia entre el estado feudal y el mundo empresarial de hoy en dia es que ahora tenemos internet y podemos darle a "compartir".
    Es brutal la deshumanizacion de l_s trabajador_es en algunas circunstancias,verdader_s hienas sin capacidad de reflexion. Hay que joderse. Luego querran que cumplamos su legalidad,la que les proteja a ell_s,claro. Queexcusa tenemos ahora si ya sabemos leer y escribir?

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