miércoles, 9 de agosto de 2017

Un caos sensible



Metáfora urbana-prosa poética-Xabier Iriondo-Marian Ruiz
Claustro de la Colegiata de Roncesvalles.
Fotografía de Xabier Iriondo.

Agua.

Un arco delicado y condescendiente, una proeza inesperada, relieves cristalinos, armónicos y desiguales. 

Otro arco al fondo, sobria y potente estructura a la que parece hacerle guiños. 

Pero ¿quién juega a emular a quién? ¿Es el arco poderoso que quisiera ser grácil y transparente o es este que anhela la firmeza y reciedumbre de aquel?

Puede que el respingo sea un acto de contentura espontánea o que una mano juguetona lo indujera a brincar. El brinco del otro no fue fruto de la espontaneidad. Eso lo sabemos. 

Agua en movimiento capturada por voluntad estética. Mi mirada atrapada en ella. Agua consentidora que, de suyo, solo toma las formas de los recipientes que la contienen.
Menos hoy, agua saltarina y fugaz.

Fugaz el tiempo en que éramos niños y transparentes y el mundo, una sana invención. Tiempo en el que hacíamos piruetas y guiños. Andando los años, lo fuimos volviendo todo cada vez más real y menos sugerente.

Y yo me fui haciendo más inestable, como el agua, salvo en la imagen que alguna instantánea ocasional capta de mí. Inestable y curiosa yo, que la miro desplegada en su anécdota y me extraño.

Deduzco la fuente y el tiempo quieto.

Y el silencio, que me asalta con repique de gotas arracimadas.

También tenía otra edad y todos los errores aún por cometer; sin embargo, de nada sirve que lo cuente. Cada quien ha de cometer los suyos. No sé si hay un tiempo en que ya no sea posible cometerlos más.

Un agua sin prejuicios, despierta, como también soy cada vez más y como tampoco lo puedo contar. La niña que llevo conmigo ya me creía mayor cuando teníamos quince y hoy, que estamos a pocos pasos de los sesenta (tengo a la edad como un mito más, una invención de quienes se angustian por envejecer), a la niña, decía, no puedo convencerla de que albergo sueños y afectos más locos que entonces. Y menos prejuicios, que sigo sin renunciar a la belleza, a la justicia y a la verdad.

Agua que salta y que en un suspiro se apaga. Todo sucede en un soplo. Esto y aquello.
Agua que no quiere ser tierra, sino solo entregarse y fertilizarla. Tampoco yo quiero dejar de ser esta carne y estos huesos por más promesas de redención futura que haya. Ha de existir un estado intermedio en que el ego brinque con gracia, vuelva fértil el conocimiento y lo mude en sabiduría.

Si me obligaran a tomar una decisión, todavía elegiría mañana para irme. Aún no estoy lista.

Pero, ¿qué digo? No es el caso del agua de la fuente hecha arco ni es el caso de mi vida, que también es un frame, un instante congelado; un holograma, dicen. 

Ni de mí depende irme o quedarme. Nada de qué preocuparse.

Solo necesito ceder a mi pretensión de saber de la vida más de lo que el pez sabe del agua o de las fuentes. Ceder y esperar que una mano ajena me saque de esta agua que llamo realidad, o yo misma, en una forma que me debe ser propia aunque la desconozca.

Einstein aseguraba que nada es irreparable, que todo se transforma. Me anida la ligera sospecha de que el pez y yo padecemos una ridícula ignorancia. La serenidad y la gracia se pueden hallar renunciando a lo que nos ha parecido importante hasta llegar aquí.

Mientras, la única todopoderosa sigue siendo el agua.



Marian Ruiz

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