miércoles, 23 de agosto de 2017

Todas son buenas chicas






Título: Todas son buenas chicas
Autor: Néstor Belda
Editorial: Autopublicado – Versión Kindle
Género: Narrativa
Páginas: 110
ASIN: B00T8QIKI6


Admiro a Néstor Belda por sus artículos y ahora, además, por este libro que acabo de leer. Confieso que he curioseado opiniones, pero pocas. Es fácil contaminarse de palabras ajenas y, al menos a mí, se me pegan como chicle.

Voy a ello.

Son diez historias que relatan la hondura de lo cotidiano: la precariedad, la salvaguarda de la dignidad, la amargura o las injusticias. Está descrito en acciones menudas, en fragmentos de vidas; vidas que a veces perdonan a las chicas buenas y, a veces, no tanto.

El libro está prologado por María Antonia Carrascal, poeta y amiga del autor que anticipa esa habilidad de los grandes de escarbar y poner el dedo donde la existencia araña. Coincido con ella en preferir llamar minimalismo al estilo de Belda en lugar de realismo sucio, puesto que no hay obscenidades. Aunque un término y otro suelen tomarse como equivalentes, opino que no lo son. En Todas son buenas chicas está lo que tiene que estar para que las historias sean redondas, además del estremecimiento de no saber en qué instante se inicia algo o en qué punto parece derivar hacia lo inevitable, justo donde espera el hachazo. Pero utilizar sucio para nombrar esto, con perdón de los expertos...

La palabra de Belda da cuenta de los hechos, de lo externo e indispensable, palabra más meritoria aún porque es argentino y la torrentera verbal de los argentinos es… antológica. Sus palabras cartografían la realidad como si de verdad fueran solventes, sin interpretación posible entre ellas y lo que cuentan. Sin juicios. Los juicios, en todo caso, son nuestros, los de quienes tomamos sus cuentos para desentrañar qué hay más allá de las buenas intenciones y las buenas chicas.




Si tuviera que quedarme con uno





“Una buena chica” es Sonia, íntegra y abocada a lo indeseable para sostener una economía a la deriva y un marido golferas. “Hay que joderse con las cosas que hay que hacer, Erre…” y que incluye un oportuno guiño a Bukowski: “¿Puede dejar de mirarme las tetas, por favor?”.

Lirios amarillos” me ha conectado con el Hemingway del mar y la pesca, sus pormenores y lo que acontece detrás, con viento nuevo-palabras nuevas (siempre me asombran): bajío, tarayes, cañadón, pozón, tanza, tricóptero (ni viene en el DRAE), o el verbo “mezquinar”, que me ha encantado, e incluso la expresión “a flor de agua”, bellísima y desconocida también para mí. Con José, el protagonista, hay que terminar enjugándose una lágrima. Me pregunto si el título será un modo de homenaje al Carver de Tres rosas amarillas. Por aquello del color, ya ves tú.

En “Estaríamos mejor” he visto otro guiño que no será pretendido y lo habrá urdido mi imaginación, que para eso la tengo: a la vida de Katherine Mansfield, con la mujer-amante y la resistencia a prescindir del hombre-marido. 
También la he vislumbrado en “¿Por qué ha dicho eso?”, donde entreveo un cierto paralelismo con Felicidad, de Mansfield (en este, una mujer vive la vida bella mientras está enamoriscada de otra que le sirve para aventar el fuego de su matrimonio; una mujer a la que su marido parece aborrecer y, de últimas, ¡zasca!). Ha debido contribuir a mi ocurrencia que el protagonista lee este texto en “Un geranio no se seca ni dándole patadas”, genial trama con madre manipuladora y escurridiza, y relato que guiña, a su vez, a otro que lo precede (prota que escribe sobre una mujer cuya vida contrariada la induce a ponerle fin, el "Vale, Paula", que menciono a continuación).

“La noche del pollo frito”: aquí Ivana quiere saber, Isaac explica lo que sabe… Diálogos traídos al tresbolillo, sin intención aparente, como suelen ser los diálogos naturales. ¿Quién tuvo la culpa del suicidio de July? Y en el siguiente, ¿quién lo evita?, ¿o solo lo demora? “Vale, Paula”, nunca se sabrá. "Al final resultó que eran… ¿cómo se dice? Gais, Pau, gais" (no gays, efectivamente).

“Que no, papá” es un ejercicio de brevedad, un hábil monólogo con coartada de diálogo.

En “¿Y usted le cree al Cacas?” hay que dejarse conducir hasta el último par de líneas para saber si Hurtado debe o no dar crédito al famoso Cacas.

El último de la serie, “A Constance, con emoción”, tiene puras trazas de ser verídico; de que el autor, adueñándose de la personalidad del profesor, cancela una deuda de gratitud cuando lo escribe. Narrado en primera persona, da cuenta del ir y venir de la acción para recoger esas piruetas pasmosas a las que acostumbra la vida.

Me es difícil escoger, porque cada uno tiene lo suyo. Si tuviera que quedarme con uno…, lo iba a tener jodido. Quizá el primero. Me he encariñado con Sonia, la guerrera. 




De lo sintáctico, ortográfico y estilístico





Ningún hierro puede despedazar tan fuertemente el corazón como un punto puesto en el lugar que le corresponde. Isaac Bábel.

Quiero mencionar la pulcritud con que Néstor Belda escribe. Hablo de lo que me suena bien, del placer de no hallar un punto o una coma fuera de lugar, de las frases con precisión milimétrica, del rigor literario. De palabras escogidas para no salirse de los márgenes encomendados.

Está presente ese “no digo” que tanto le importa, “esos espacios en blanco que el lector rellenará con su propia percepción”, la misma confianza chejoviana en la colaboración espontánea del lector. Los pensamientos de los personajes y del propio autor quedan fuera. Los míos, efectivamente, rellenan, rellenan.

Por debajo de los diálogos corre la violencia que arranca de lo aparentemente normal u ordinario. Lo de fuera narra lo de dentro como bordeándolo. Me fascina el modo en que se desvelan esas corrientes subterráneas: un punto de mira en el ángulo justo y a la altura precisa.

En Todas son buenas chicas hay autenticidad de fondo, hay también algo de felicidad, algo de hastío, de desorientación, manipulación, sufrimiento, mucho de emoción y mucho de sorpresa, como digo, de cosas que parecen ser y resulta que... 

Ese modo aparentemente fácil de revelar lo que se esconde. 

Porque cada resolución acontece de golpe, mientras la cabeza está dejándose conducir naturalmente a otro lugar, como si el reo concentrado en expresar su última voluntad se viese sorprendido por la hoja que cercena su cuello. De pronto, todo ha sucedido. ¿Todo ha sucedido? ¿Es posible? Tengo que retroceder para ver dónde me despisté. Estilo directo e indirecto se entremezclan y, a veces, me cuesta no perder el hilo. Son historias que piden una lectura creativa, atenta, observar a cada intérprete y ver cómo se sincronizan unos y otros en los distintos escenarios.

Eso sí: todo transcurre entre gente normal, entre buenas chicas en las que este autor confía y a quienes valora por lo que son. 

Marian Ruiz

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