miércoles, 30 de agosto de 2017

Por qué y cuándo dejas de ser solo lector



buen lector-escribir-escribir bien-vocación-Marian Ruiz


Quién te mandará a ti meterte en líos es una de las preguntas favoritas de mi madre, y en qué preciso instante cruzas tal o cual umbral, una de mis fijaciones.

«La literatura te pellizca bajo la piel» dejó dicho Cortázar y lo recupera Néstor Belda. Y recupera que «la vocación es un tirón en la sangre», definición de don Américo Cali, maestro y referente suyo. 

Hasta ahí, estamos de acuerdo.

Pero aunque te guste leer, resulta que vas y te dedicas a otras muchas cosas y vives otra vida y todo rueda mientras lees en ciertos rincones de la casa, del baño, del metro. En algunos, un poco más apretujado, pero lees.

Y eres feliz, vives sin presiones, escoges libros al azar, por el título, por la portada, porque una amiga te hace una recomendación. El goce es la única finalidad. Unos libros te gustan, otros no, pero estás libre de la angustia que te atenazará cuando hayas cruzado la línea roja, hayas brincado al otro lado y leer se haya convertido en otra cosa para ti.

Belda, en esta entrevista, menciona un descubrimiento: «la diferencia entre escribir bien y el verdadero arte» que decía Truman Capote, pero ¿cuándo empiezas a reparar en eso? Antes tienes que ser buen lector y diferenciar lo bueno de lo excelente.

Qué intriga: qué será ser buen lector.

Para empezar mis pesquisas, consulto el Curso de literatura europea, de Vladimir Navokov, donde cuenta que propuso a los asistentes a una remota universidad que seleccionasen cuatro respuestas para esta pregunta: «¿qué cualidades debe tener uno para ser un buen lector?».


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Desde luego, desconfiaría de una persona que se dice gran lectora y se deja guiar única y exclusivamente por el precio de los libros. O si ve la peli y se salta el libro. O si lee libros para acumular cantidades como quien acumula calderilla en el bolsillo. Hay un chiste genial de Woody Allen a propósito de esto: “Hice un curso sobre lectura rápida y leí Guerra y paz en veinte minutos. Trata de Rusia”.

Me mosquea la gente que lee rápido, aunque yo misma no sea lenta leyendo, pero devorar libros por conseguir este o aquel palmarés me revienta. Así y todo, sé que nada de esto que menciono es definitivo para otorgar la etiqueta de buen lector. Conozco quien lee despacio y no por eso es bueno. Y críticos literarios que despachan clichés. Y que tienen poco gusto, añado.

Luego está qué leer, claro: libros clásicos, libros de tendencia, best-sellers… Un clásico es una apuesta tan segura como lo es aquí el sol del verano. Dicho de otra manera: a un clásico, como al sol, le asisten reencarnaciones sucesivas que son la prueba de su inmortalidad y su categoría. Y sin embargo, tampoco diría que fulana es mala lectora porque lee poco a los clásicos. Es como decir que es mala espectadora porque ve menos pelis de autor. Yo leo de (casi) todo, si bien hay lecturas que aborto porque no me entran. O no me entran en un determinado momento y pueden entrarme en otro. 

Aparte: quienes solo leen a un autor y nada más, que mientras este prepara su siguiente entrega se pasan temporadas en dique seco... ¿Qué diríamos de ellos? ¿Pueden ser buenos lectores?

Memoria hay que tener. Para recordar que "tetas literarias" son primero las de Bukowski, después las de Vargas Llosa y más tarde las de Zafón (mi memoria hace de las suyas, así que no me creas del todo). O para engolosinarse con determinadas cosas: a mí me sigue matando ese final inefable de La Regenta. (Si lo conoces y no te emocionas al releerlo, puedes saltártelo sin mi permiso):


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O este breve párrafo de un cuento de Cortázar:

“Nunca me preocupo demasiado por las cosas que dice Johnny pero ahora, con su manera de mirarme, he sentido frío”.

No sé si el frío puede ser más elocuente en uno y otro caso; seguro que recuerdas episodios literarios en los que con “frío” se te evapora algo más que el calor. Para cosas así es fabulosa la memoria y para mí la quisiera, que por eso me encomiendo a mis cuadernos de notas.

A veces son párrafos enteros y otras, los deliciosos detalles de los que habla Navokov y que alfombran los buenos libros. Paso tiempo ahí. Los adjetivos, los símiles inesperados, la metáfora que no es justa y que por eso mismo seduce. La frase reveladora.

No solo el qué, sino el cómo. 

Percibir cadencias, estelas, ecos. También ahí me empleo, porque anoto lo que me llama la atención (y me ralentiza la lectura, obviamente, pero el gozo me compensa). Lo hago quizá para olvidarme de ello y para saber que, si vuelvo, tendré mi dosis una y mil veces. 

Me importan los libros que dicen cosas y el modo en que las dicen. Sentido artístico lo llaman. Pues también hace falta.

Henry David Thoreau, allá por mil ochocientos y pico, escribía en sus diarios:


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Por descontado: hay que tener un diccionario a mano.

Pero leer, salvo en clubes o eventos donde la lectura va tomando distintos portavoces, es un acto solitario, así que a lo mejor tengo que resignarme y renunciar a mi afán de saber qué es un buen lector. Solo si echo mano de mi imaginación, veo a alguien que toma un libro de forma resuelta, encalla su nariz página a página, lápiz en ristre, cuaderno y pósits, y se aventura hora tras hora en él.

Esto es previo a decir que lee de manera concienzuda, y aun así, sé que no estoy poniendo la cámara en el momento en que Persona Lectora cruza la línea del solo lectora a escritora. Hay escritores que han tenido el tirón de escribir agazapado cual ratón y otros a quienes les asalta un buen día. 

La razón de este artículo era saber en qué momento salen del armario decididos a tomar las riendas de una historia propia. Cuál el punto de inflexión del viraje definitivo. Qué pasa ese día, qué ha estado larvándose, cuándo.


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¿Por qué ese día concreto? ¿Qué ha pasado los instantes previos?

Son asaltos personales e intransferibles, como el propio acto de leer. Vivimos en una sociedad que nos influye y a la que, de pronto, nos acomete la necesidad de influir. O de decirle algo. Como que, en el fondo, se esconde ese anhelo infantil de ser héroes o heroínas capaces de enderezar lo que se enredó, que a fin de cuentas y por más subterfugios que utilicemos, no es sino la propia vida.

Pero sin acabar de detectar el momento y los atributos del fantasma, sé que antes ha de ser buen lector.

¿Y si acaso fuera ese día en que además de libros curiosea por primera vez el blog de un escritor y se dice “y si yo…”?

Si lo sabes, por favor, cuéntame cómo fue para ti, o me mortificaré pensando que este empeño mío es una pasión inútil.

Y ya, si acaso, de la diferencia entre escribir bien y el verdadero arte hablamos otro día.


Marian Ruiz

2 comentarios:

  1. Nunca he entendido a esos "escritores" que presumen de no haber leído un clásico en su vida y que, además, declaran que no leen.
    Un buen lector, en mi opinión, no tiene que pertenecer a un club de lectura, pero en casi todo lo demás lo leído en esta entrad estoy de acuerdo.
    Hay quienes leen y leen para anotar cantidades enormes de libros leídos al año. Y conozco gente así. Mi pregunta es ¿se han enterado lo leído?
    Espero esa entrada sobre la diferencia entre escribir bien y el verdadero arte.

    Besos, Marian.

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    1. También creo que para ser buen lector es preciso tener cierta cultura, además de sensibilidad y capacidad reflexiva. Me pregunto, si no te has emocionado con los clásicos, en qué puedes fundar tu compromiso como escritor. Otra cosa es el momento en que eso hace clic dentro de ti y decides saltar a la arena pública. Y quienes dicen que no leen y son escritores...Hmmm... Sería interesante conocer por qué y qué aspectos destacan de lo que leen.

      Gracias por tu comentario, Verónica. Un abrazo.

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