sábado, 29 de julio de 2017

Los libros de los que no saben leer

Los libros de los  que no saben leer - microcreación -Marieta Pancheva

Al principio fue solamente la curiosidad lo que me llevó de una frase a la siguiente. A menudo pasaban varios días sin que cogiera otro fragmento mutilado, tal vez hasta una semana, y sin embargo siempre volvía, durante diez minutos, tal vez veinte, para examinar las escenas, los nombres, las pequeñas conexiones que empezaban a formarse, las tenues continuidades que se desarrollaban en aquellos resquicios de tiempo libre.
Jamás leía más de una hora seguida. […]
Y luego una noche miré el reloj y descubrí que habían pasado 7 horas”.

Así transcurren las horas de Mark Z. Danielewski.

Y él, que no es Mark, muerde el agua como solo se muerde un helado de arena. Como se muerde el calor del verano, la enfermedad que acecha y la irracionalidad del tiempo que queda. Muerde el agua que va a buscar a La casa de hojas. A la casa ubicada en las faldas de La montaña mágica donde Thomas Mann le ofrece su ración de comida diaria entre aire puro y preguntas.

Su cuerpo cansado necesita la altura de los libros, la montaña está impregnada del olor de su aliento y la casa conoce el peso exacto de su saliva.

El tiempo no posee ninguna realidad. Cuando nos parece largo es largo, y cuando nos parece corto es corto; pero nadie sabe lo largo o lo corto que es en realidad.

Él, que no es Thomas, vino ayer. Pero lleva mucho tiempo entre libros. 

Y ella, que aún es joven, olfatea las páginas y se queda callada. Conoce solo el olor de las hojas secas y hambrientas. Y no pregunta, porque entiende que hay libros que sirven de soporte incluso para los que no saben leer y le brinda su silencio y un cachito de su mundo para que él, que está de paso, siga escalando las horas de los días.


Marieta Pancheva

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