miércoles, 12 de julio de 2017

Alguien tiene que morir o por dónde empezar a escribir (II)


Empezar a escribir-historia intersectada-géneros literarios híbridos-Marian Ruiz


Y tú, persona bienaventurada que leíste mi entrada anterior, creías que te iba a dar claves para escribir cuando, en lugar de eso, te largué la historia de una chica que quiere y no sabe por dónde agarrar el bicho.

Tú creías..., pero cuándo te habré dicho yo una verdad absoluta, si no la tengo para mí. Debió confundirte el título.

Todo el mundo tiene recetas que le funcionan y quienes han alcanzado la gloria, las suyas propias. Las de cocina y las de escribir. Ahí están David Lodge, John Gardner, Virginia Woolf, Stephen King, Zadie Smith, Ernest Hemingway, Truman Capote o Somerset Maughan, por citar algunos, que no tienen recetas de cocina que yo sepa, pero sí cientos de consejos que van desde desconectarse de Internet hasta hacerlo porque así eres feliz.

Y tirando de autores mucho más cercanos: Ana González Duque, Gabriella Campbell, Ana Bolox, Clara Tiscar, Néstor Belda o Isaac Belmar también sueñan y cuentan y saben que esto de escribir no es solo para gente segura y establecida, sino disciplinada, capaz de soportar y disfrutar la soledad. Saben también que se escribe sin garantías. 

(Aquí sí hay quien debe tener recetas de cocina. Investiga, investiga...).


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La ortodoxia, tan calculadora ella.

John Gardner habla de fusiones, de intersectar géneros, de saltarse la valla de la ortodoxia. Claro, antes tienes que conocer la ortodoxia y, antes aún, saber hacer la o sin canutos y colocar tildes y comas donde se las espera. Igual que si vas a matar al alguien: tienes que tener un arma, blanca o negra, o un puñado de píldoras letales, y calcular qué harás con el recado que te queda (cargarlo hasta el coche y luego qué, filetearlo para canibalizarlo o confesar amargamente alguna enajenación, por ejemplo).

No quieres ser tú quien muera. Dices que es por no hacerle un feo a tu madre, pero sabes que es por ti: ¿por qué tendrías que ser tú? A tu novia le estaría bien empleado, pero no vivirías para celebrar tu triunfo. Y tu profesora sigue escéptica: cómo puede ser que no hayas tenido desgracias de ese tipo; y obsesionada con que escribáis sobre experiencias (quiere decir desgracias) personales. Seguro que si pones algo de sexo, aunque no haya muertos, le vale. Pero no, que no piense en hacerse pajas con tus palabras. Primero se burlaría y después se las haría. No… No será gracias a ti.

El caso es que llevas un tiempo visualizando y la cabeza te dice por dónde ir.


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La cabeza, a veces, te propone unas cosas...

Hoy tu madre ha venido a visitarte y te ha contado que al matrimonio de abajo hace días que no se le oye. Te ha traído los recortes que le pediste. Necesitas inspiración. Qué mejor que leer textos de tus escritores favoritos. Textos rápidos, cortos. Pequeños chutes en vena de esencias literarias.

‒Mamá, me gusta escribir.
‒Sí, hija, sí. Siempre te gustó.
‒Tú nunca me creíste.
‒¡Tonterías! Estás un poco depre. Deberíamos hacer un viaje. Te llenarías de ideas.

Una chispa que diga por dónde.

Entre los papeles hay un artículo de Rosa Montero que habla de que la mantis religiosa mata a su compañero después del aparearse con él y de que compartimos el 60% de nuestro ADN con la mosca del vinagre. Tan chulitos que nos creemos. Y otro de alguien cuyo nombre aparece borrado y que habla de mujeres alfa. Como ella. Primero ella, segundo ella y tercero ella. O sea, ella. Independiente, segura de sí misma, con éxito profesional y personal. No sé qué hace contigo, la verdad. Si alguien tiene boletos para morir...

Entre el revoltillo de papeles, uno que habla del estrés de los corales. También ellos se estresan. La vida toda es una fatalidad, pero es más fatal si dejas que las cosas sigan su curso sin oponerte. Si quieres que algo cambie, has de empezar por cambiar tú. 

A lo mejor tiene razón.


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Un coral, camino del rojo intenso.

La primera medida es mandar a la mierda a tu novia y buscar hombres de esos que saben despellejarte sin necesidad de jugar a que te quieran. A buen seguro que vale para seguir aprendiendo de la vida y que aporta material para escribir. Conoces poco a las mujeres, pero menos conoces a los hombres. Y, amiga mía, la decepción da mucho juego. Los desencuentros. Ella o, tal vez, él deja de ser la persona que soñaste, ese ideal de mujer o de hombre del que te enamoraste. Una Blancanieves o un Príncipe Azul que no satisface tus fantasías románticas. Pequeños malentendidos y mezquindades, soledades medianas. Hasta la fecha solo te ha pasado con Irene.

Y después de todo, quizá no es mala idea aceptar el viaje que propone tu madre. Total, la vecina de abajo ha muerto y a él se lo han llevado a la residencia, a esa primera planta donde hay que hacerles de todo. Como si hubiera muerto también. Tarde o temprano terminarás ese manuscrito, créeme lo que te digo: contiene desde salpicaduras de cerveza hasta heridas mortales. Tu profesora te dirá que has avanzado mucho, que no hay como ponerte contra las cuerdas. Pedía muerte y ahí la tiene.


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Terminarás con una muerte poética...

Te ronda una nueva idea. Una chica queda con alguien que nunca viene. Spoiler: la historia va de amor con una misma. El único amor que no duele, que no traiciona ni quiere saber quién tuvo la culpa. 

O no quiere mientras llega alguien que la pone de nuevo contra las cuerdas...

El periodista de la segunda fila te pregunta si los escritores os desanimáis con frecuencia. Ha leído tu novela Amor en Madrid. Muerte en Kazajstán y dice que es tremenda.

Marian Ruiz



«El momento más solitario en la vida de alguien es cuando está viendo como su mundo se desmorona, y lo único que puede hacer es quedarse mirando».
El gran Gatsby, F. Scott Fitzgerald


«La creación artística es buena si produce alegría. En este sentido, no es en absoluto cierto que haya que esforzarse o disciplinarse para escribir un libro. El libro se escribe solo, el cuadro se pinta solo, y el escritor o el pintor están ahí, ante su lienzo o cuaderno en blanco mientras esto sucede. La virtud del escritor radica únicamente en estar ahí cuando el libro se escribe». 
Biografía del silencio, Pablo D´Ors


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