miércoles, 5 de julio de 2017

Alguien tiene que morir o por dónde empezar a escribir (I)




Podrías ser tú.

Has construido un personaje de manera concienzuda, con sus peculiaridades, virtudes y defectos, alguien a quien por fuerza conoces muy bien. Un personaje redondo, inspirado en otro alguien a quien has puesto o quitado lo que te convenía. Y aquí viene lo primero gordo: te has animado a contar. Lo que sea. Quizá tiene que ver con el tipo que has creado. O quizá se trata de hablar de un tema en el que quieres poner a trabajar a ese personaje, que intente solventar algo que a ti te interesa y se acabe viendo en apuros.




Te apuntas a un taller literario. El ejercicio es contar una historia, medio folio, no más de trescientas palabras. Y ahí estáis: la famosa página en blanco y tú, sin saber si lo que llevas entre tus notas puede servir o no y, si sirve, cómo hacer algo decente con ello. Cuando te apuntaste, tenías una ilusión tremenda por contar cosas y ahora no te viene ni una, maldita sea.

Una playa, una montaña, pájaros, gaviotas, chinches, mosquitos, soledad. Se lo cuentas a tu pareja y dice: “¿Y qué piensas hacer con eso?” como quien dice “no sé cómo te atreves”. Es cruel y práctica. La acaban de despedir después de veinte años en una editorial. Hasta la boina de leer gilipolleces. Es mucho mejor irse a esa playa o a ese monte y mirar pájaros, si los hay, antes que escribir nada sobre ello.

Cuentas las palabras: nueve. No sabes cómo vas a llegar a las trescientas que te piden.

‒¿Te tomas una cerveza? ‒te pregunta ella.

Vas tú. Sacas dos botellas de la nevera y sin saber cómo ni de qué manera, una se te cae al suelo y monta la de Dios. Te ha salpicado cerveza hasta en las bragas. Las desgracias nunca vienen solas, frase favorita de tu madre. A lo que no ha empezado bien, le sigue una senda necesaria de humillación y dolor. No es más que el principio.

‒Ahora te ha dado el siroco de escribir. Qué te creerás tú que es escribir.




En la clase siguiente miras la cara de la profesora, sus gafas de mujer aplicada y leída, su nariz ganchuda y su verruga junto a la sien. Podrías escribir algo sobre esa verruga o sobre esa nariz, como ya hizo Quevedo, y dedicarte a contar las sílabas de tu soneto. Deberías intentarlo al menos, si no quieres hacer el peor de los ridículos.

Pero no es poesía lo que pidió Magdalena. Pero es mejor poesía que nada. Ocho palabras. Ocho malditas palabras que no dicen nada. Podrías contar un drama, pájaros contra una mujer que pasea por la playa, pero qué originalidad, Hitchcock hizo ya lo de los pájaros que atacan a una mujer.

Todos han escrito ya sobre las únicas cosas que se te ocurren a ti. Humillación y fatalidad.

Puedes hacer que la mujer se adentre en el mar. Un suicido. El viento mueve su cabello y en su semblante solo hay desesperación, una salvaje discusión con su pareja, una botella de cerveza rota y venas sangrando, el cuello de la botella en su mano derecha.

Entregas el relato a Magdalena. Lo lee. Te mira. La imagen es buena, pero no tienes sentido del drama. Regresas a su sitio mientras replicas mentalmente “qué sabrás tú de dramas”. Ni tu nariz ni tu verruga dan juego para armar uno, ni tú misma, anodina mujer resentida y banal. Valiente tontería apuntarse a ese taller.

Te la imaginas en bragas; bragas mojadas de cerveza y una botella rota en su mano. Patética. No la querrías como personaje. Te da absolutamente igual lo que pudiera pasarle. Imaginas un diminuto gusano adentrándose por su nariz o por una de sus orejas y creciéndole por dentro como un asqueroso alien. Verías tú si eso sería tener sentido del drama o no. Magdalena arrastrada, suplicante, como ya hizo la de Jesús.




No se te ocurren más que tópicos. Una mujer tirada en una catedral, otra violada, otra adentrándose en el río con piedras en los bolsillos, rencillas entre hermanas, demonios familiares…

“Tenéis que pensar en las cosas que os pasan”, dice Magdalena, pero a ti te pasan cosas que no le interesan a nadie. Ni te interesan las cosas que le pasan a la gente que conoces. Tú solo quieres crear música con palabras. Música de palabras. Música a secas. Música.

Definitivamente te has equivocado de taller. 

Y sin embargo, querías escribir. Cuando te preguntan qué haces y dices que escribes, le sigue: “¡Ah, escribes! ¿Y de qué?”. La idiota de tu novia, que siempre tiene alguna copa de más cuando acaece la preguntita de marras, se pone solemne, teatral: “Sobre la vida; ella escribe sobre la vida, es así, sublime”.

Y Magdalena pide muertes. Alguna muerte ha debido haber en tu vida, que ya tienes una edad.

Pero no. No ha habido muertes en tu vida, aunque hay una a punto de caramelo.

Y pide que sepáis un poco de la vida, que visualicéis la historia.




Estás en una relación tóxica, ya no aguantas más, eso sí lo sabes (¿se referirá a eso?); una novia que en lugar de apoyarte en tus decisiones y subirte la autoestima se dedica a boicotearte, y pretende encima que la admires cuando se comporta como una mujer alfa. Tiene esos arranques presuntamente ingeniosos. No la vas a matar, no, menudo engorro luego.

Sacarás todos los ahorros del banco. Recogerás tus cosas mientras ella hace sus cincuenta largos en la piscina, ni uno menos. Te subirás a un autobús sin conocer tu destino, y desde un teléfono público llamarás a la policía para contar que ha habido un asesinato en tu casa.  

Te encerrarán en un loquero y entonces sí, seguro, tendrás algo que contar y podrás dedicarte a lo que te dé la puñetera gana. Verás qué música. El día de tu suicidio, tu madre vendrá, recogerá tu montón de cuadernos y con la voz entrecortada dirá: “Mi niña… Le gustaba escribir desde chiquitita”.

Y así Magdalena tendrá la muerte que reclama, el drama, su kit completo. 

(Continúa la próxima semana/próximo miércoles día 5).

Marian Ruiz

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