miércoles, 14 de junio de 2017

También yo sería booktuber


Booktube-booktuber-círculo de lectores-Marian Ruiz
Imagen de la página de Cruz Romón

Veo vídeos de booktubers y me digo qué buenos son. Debe ser que sigo a los buenos, claro. Solo hace falta perseverancia para seguir de cerca sus procesos y constatar que no es postureo. Que leen mucho, que flipan con lo que leen y que contarlo es lo más normal y consecuencia natural de todo ello.

Hay a quienes no terminan de caerles bien y los miran con suspicacia, pero si a mí esto me agarra con quince o veinte años, también yo habría sido booktuber.

Ha llovido mucho pero deja que eche para atrás: ¿tú me imaginas con mis seis añitos de entonces y mi madre confesando a la monja de turno que yo quería saber y que ella no sabía cómo contarme? 

De aquello se derivó que el primer libro que me compraran, junto al de Mi primera comunión, fuese uno titulado De dónde vienen los niños, con dibujos sexualizados lo justo, pero explícitos. El que teníamos en clase, único, gordo y total, era el Nuevo Catón, en cuya portada lucía un estudiante encorbatado que de tan ejemplar daba grima. Muchas páginas y muy seriecitas en las que, por supuesto, no se hablaba de esas cosas.


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Una criatura insoportablemente atildada y perfecta

Si cuando empezaba a expandir mi mundo con la colección de Historias Color de Bruguera (Viaje a la luna, La isla del tesoro o La venganza de Sandokán), hubiera tenido una cámara delante y YouTube a mi disposición... más de una virgen se habría llevado las manos a la cabeza. Aunque ese momento idóneo para no quedar atrapada por el qué dirán, el temor de las críticas o la propia autocensura hubiera tenido difícil encaje en el país que éramos.

Que nada tiene que ver con este estado de gracia del que ahora disfrutan los booktubers.

Prosigamos…

Con la oposición a la autoridad escolar y el descubrimiento de lecturas fuera de consideraciones académicas, llegaron cosas enigmáticas que mi propia irrupción en la adolescencia pedía a gritos.

La primera de aquellas fue La romana, de Alberto Moravia. No me preguntes cómo la descubrí. Bueno, sí, tuvo que ser en el catálogo del Círculo de Lectores al que mis padres se habían suscrito para que la niña no preguntara tanto. Algo debí leer que me hizo temblar de emoción y que luego rubricó la violencia erótica que me tuvo sin aliento durante varias noches seguidas. No se estilaba hablar de fulanas ni de ciertos pormenores del oficio.


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Sospecho que la romana no lucía exactamente así.

Solo de pensar cómo hubiera relatado todo aquello con una cámara delante… Uf.

El amante de Lady Chatterley fue otro contribuyente a la pérdida de mi inocencia y a cierto debut metaintelectual, aunque todavía permanecí ajena a la posibilidad de paralelismos con la vida real y ordinaria. Esto vino de la mano de una señora que empezó a estar en boca del vecindario por tener pupilos que eran más que pupilos.

De haber sido booktuber, ¿me habría aguantado la impertinencia o lo habría contado? Nunca lo sabré. 

Solo sé que antes de volverme retraída y seriecita fui una niña echá p´alante.

El catálogo del Círculo de Lectores y la falta de criterio de mis padres me abocaron a lo imprevisto, pero ni ellos ni las monjas habrían de saberlo nunca. Con el lío que tenía yo entre ser buena y aquellas cosas indecibles que iba descubriendo fuera de El Cantar del Mío Cid o de La Celestina


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El lado oscuro, atractivo e insoslayable

Crimen y castigo alimentó turbios deseos de dejar la escuela y emprender una mala vida, tan llena de exotismo (Raskolnikov era un nombre poco frecuente en mi barrio) como carente de toda exigencia que no fuera vivir al límite.

Me veo a mí misma en mi podio booktuberil, predicando las bondades de una vida así...

Siguió La muchacha de las bragas de oro (Premio Planeta, 1978) con el falangista trasmutado en demócrata y la impúdica sobrina. Una novela en la que se mezclaban problemas de vagina con problemas de conciencia (¿¿pero estas cosas podían pasar??) y un giro final que dejaba tumbado al más incrédulo. Hubiera sido todo un desafío hablar de ella ante una cámara.

Y en la medida en que ciertas inquietudes quedaban respondidas, se formulaban preguntas nuevas, mi mundo literario se expandía y yo profundizaba en él. Pero recordaré siempre que fueron esas y no otras las lecturas que me afiliaron a la cosa literaria, algo que ni El Quijote ni El lazarillo de Tormes...


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Una propuesta reciente: dar forma al futuro desde la ciencia ficción.

Que si los booktubers leen solo fantasía y ciencia ficción y romántica. Qué manía. Además de no ser cierto y de que depende del booktuber, como si las tramas emocionales de estos géneros no pertenecieran a la vida o no ayudaran a entender de qué vamos los humanos.
Y si son o no literatura más o menos culta, más o menos refinada, ¿qué importa? Importa volar, da igual el medio o la calidad del vehículo. 

De los accidentes literarios acaba uno repuesto. Importa multiplicar la vida y soltar la cometa de la imaginación.

Tanto insistir en que no se lee, cuando muchas veces es la propia crítica la que hace flaco servicio al hecho de leer. No digamos ya los planes de estudios.

Erich Fromm, Viktor L. Frankl, Borges, Sor Juana Inés de la Cruz, Ángel González, Virginia Woolf, Gabriela Mistral o Rosalía de Castro no se molestan si permanecen por un poco más de tiempo en las estanterías. Saben que nada hay comparable a descubrir los autores y los libros por propia cuenta y riesgo. Quien no lo ha hecho se está perdiendo uno de los placeres más grandes de este mundo.

En una entrevista reciente a Lorenzo Silva y Almudena Grandes, decía él que la lectura debe ser una experiencia individual, y ella, que la literatura tiene que ver con la vida, que debería ser una asignatura no evaluable.

Y digo yo: y sacarse de los planes de estudio. Y no solo sacarse, sino prohibirse. Nada es comparable al sabor de lo prohibido.

Así que, apasionada y más que he sido, también yo sería booktuber y hablaría de mis lecturas sin importarme qué fueran a decir o no de mí.


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Me habría quedado tan ancha...

Todo lo demás habría sido accesorio.

Marian Ruiz


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