miércoles, 21 de junio de 2017

Sal de la máquina



Smartphone-desconexión-Inteligencia Artificial-Sergio Legaz-Marian Ruiz


Título: Sal de la máquina
Editorial: Libros en Acción
AutorSergio Legaz
Cubierta: Miguel Brieva
Diseño y maquetación: Andrés Espinosa
Colección: Guías de Socioayuda
Páginas: 96
Fecha publicación: 03/2017
ISBN: 978-84-946151-2-2


El móvil me estresa. Lo enciendo tarde, casi a mediodía, pero en cuanto lo hago empieza a vomitar notificaciones que me arruinan la paz mañanera, la incomparable sensación de ser yo quien manda en mi vida.

Me cuesta recordar cómo éramos antes de que ese pequeño gran tirano se convirtiera en algo esencial. Sé que desenrollaba sin dudas ni preámbulos la esterilla de los estiramientos cuando, ahora, si me dejo llevar por inercias, lo primero que abro es la tapa del ordenador. Con el móvil tomé mis medidas. Es una victoria pequeña, pero victoria al fin y al cabo.

Adelanto que no es una reseña al uso, que hay bastante de cosecha propia que esta lectura ha suscitado en mí.

No sé si tomáis medidas para no estar brincando de una pantalla a otra, de una plataforma a otra, de una interrupción a otra. Cuando Sergio Legaz invita a salir de la máquina lo hace con la autoridad de quien se ha visto preso de su tiranía y sabe de lo que habla. No se centra tanto en el ordenador, al que considera también víctima desplazada por la pantalla táctil (al ordenador hay que ponerle una intención y un mínimo de condiciones, espacio y tiempo), sino en el “teléfono inteligente”, que exige una dedicación no a tiempo parcial sino completo.

 “Todo en los entornos virtuales en los cuales nos desenvolvemos diariamente está configurado así: las noticias en los diarios digitales no sobrepasan la categoría de breves bocados de información subdesarrollada; las aplicaciones de mensajería instantánea reducen las conversaciones a frases telegráficas y emoticonos que pretenden ‘resumir’ gráficamente nuestro complejo sentir en un momento dado […]”.


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Icono de whatsapp tomado de la Red.

Habla de una Inteligencia Artificial que habita ya entre nosotros y que nos fuerza a descartar el aburrimiento, los actos de contemplación, la lectura atenta y continuada o los espacios en calma. 

¿Cuánto tiempo seguido somos capaces de sostener un libro sin que la atención se desvíe? 

Y si lectura profunda es equivalente a pensamiento profundo, podemos empezar ya a preguntarnos qué consecuencias traerán estos asaltos que hacen de la lectura sostenida un hábito cada vez más escaso.

Sergio Legaz ha escrito un libro valiente, un análisis minucioso con el eje en el devenir cotidiano, inmediato y reciente del que participamos quienes tenemos un smartphone. Lo ha hecho para cuestionarlo, para preguntarse y preguntarnos cómo un aparato ha logrado secuestrarnos la vida hasta tal punto. Invita a pensar cuándo hemos dejado de hablarnos y empezado a comportarnos como autómatas en busca de falsos paraísos de amistad y reciprocidad.


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Imagen de elperiodico.com

De cuándo hemos dejado de mirarnos a los ojos hablamos otro día. 

Explora las secuelas que acarrea el uso compulsivo de estos aparatos, cuyo control ya no es vertical ni depende de totalitarismos externos, como afirma. Aquí nadie coarta la libertad de expresión, sino todo lo contrario: el ojo del Gran Hermano nos quiere diversos, expresivos, interactivos. Como si la macro pupila anhelase recoger cada migaja que volcamos en su estómago cibernético. Como si la vida se le fuese en ello.

A lo mejor es que se le va.

“No hay nada en el diseño de estas máquinas que haya sido librado al azar. Cada detalle en la configuración técnica del aparato está pensado para generar dependencia. No es casual que en los últimos años se haya revertido la tendencia a la miniaturización que en condiciones normales se persigue con toda innovación tecnológica. Los smartphones se han saltado la regla y aumentan progresivamente de tamaño con el lanzamiento de cada nueva versión”.

En esta entrevista, el autor dice que la máquina “nos quiere adictos, distraídos, permanentemente aturdidos, incapaces de hacer otras cosas y controlados”.


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Desplazándote por todos lados en un sillón rotatorio,
con dispensadores de comida y bebida,
pantallas de tele frente a ti,
máquinas que juegan al tenis por ti
 y un ejército de sirvientes que te cocina,
te lava y te recoloca si caes de tu lujoso asiento.
Foto: Walt Disney Studios 

Se añade una preocupación que no es baladí: acabamos consumiendo todos los mismos contenidos fundidos, refundidos, tragados y regurgitados una y otra vez, sin espacio para que podamos decirnos, decir nuestro dolor, nuestra desesperanza, nuestro desconcierto, nuestras presunciones y expectativas. 

Pocas veces nos preguntamos para qué los avances tecnológicos y a dónde nos están llevando. Nuevos productos, nuevas soluciones cuya finalidad última desconocemos porque, si bien estamos más entretenidos, nadie dirá que somos más felices que cuando el mundo era menos adelantado. Nada de lo humano resolvemos con tener relojes más inteligentes. Sería más eficaz aprender a gestionar ese tiempo para que nos ayudase a ser nosotros más inteligentes.

“Los nuevos terminales adolecen también de un ‘retroceso técnico’, aparentemente secundario, que a nuestro entender poco tiene de inocente o de casual. Se ha observado que los móviles de última generación no pueden programarse como alarma-despertador si el usuario los deja apagados mientras duerme”.

Si con los móviles viejos no pasaba esto y ahora pasa, resulta inevitable pensar que nos quieren conectados todo el tiempo. Parafraseando a Sergio Legaz: necesidades que pueden cubrirse por medios analógicos o en mutua compañía y cooperación no dan dinero. Esto va más allá de la necesidad humana de comunicación, que a fin de cuentas, es de lo que se trata.


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Imagen de TKM.com

Hoy al poco de haber encendido mi cacharrito de última generación, me han resonado sus palabras lanzándome a bocajarro:

¿Por qué la élite de Silicon Valley lleva a sus hijos a colegios sin wifi?

¿Por qué la crème de la crème de las TIC* se reúne físicamente en lugar enviarse mensajes de texto?

¿Por qué educa a sus hijos con pinturas, telas y maderas en lugar de ponerles pantallas e iniciarlos cuanto antes en el uso de las TIC?

¿Por qué, en cambio, entre nosotros, son cada vez menos frecuentes los contactos personales?

Asegura que esos señores saben muy bien lo que hacen, que “cualquier orientador laboral te dirá: olvida las ofertas de empleo y empieza por quienes conoces en persona. Ahí es donde encuentras posibilidades reales y factibles”.

Si te parece exagerado el uso que estamos haciendo del móvil, mira este vídeo: una cría de delfín muere porque un grupo de tarados no deja de hacerse selfies con ella. 

Abominarás del género humano.

Lo interesante son las instrucciones de uso para superar esta adicción y la confianza en que des-móvil-izarse es posible:

“Desde que no llevo móvil y no tengo internet en casa, comencé primero por una crisis de relativa soledad –primera señal de desintoxicación personal–. Pero superada la angustia, algo comenzó a pasar. Siento que mi identidad está cambiando”.


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La paradoja de la conexión permanente

Nos queda apenas un reducto de libertad: adentrarnos en nosotros mismos. Sospecho que antes tendremos que poner algún tipo de coto a la máquina. No es solo adicción. Lo que aquí se plantea entronca con la des-humanización. La mente humana está sufriendo un auténtico centrifugado. 

Seguro que otro tipo de vida es posible: las cosas pequeñas, los encuentros, las conversaciones, los intercambios… y la creatividad que nos habita y que es mucha.

¿Serán los smartphones el mayor instrumento de control mental jamás creado?

¿Estaremos viviendo una distopía real?

Que cada cual saque conclusiones.

Termino haciendo valor de la edición, que es una maravilla: textos impecables en todos los sentidos (sintáctico, ortotipográfico y estilístico) y exquisita maquetación. Todo muy cuidado. Se nota a las claras que se ha trabajado con amor. 

Marian Ruiz


*TIC: Tecnologías de la Información y las Comunicaciones.


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