sábado, 3 de junio de 2017

Las últimas veinte frases de Cien años de soledad en el cincuenta aniversario de su publicación

Las últimas veinte frases de Cien años de soledad en el cincuenta aniversario de su publicación


Hay primeras frases de grandes libros que guardamos en nuestra memoria de manera inconsciente. Son las que evocan el olor de las páginas en el momento exacto. Hay nombres de personajes que invitan a vivirlos de nuevo y señas de identidad que forman parte de nuestro ADN común humano.

Al igual que hay frases finales que nos anclan y nos retienen en un lugar preciso de nuestras vidas. Frases que perpetuamos porque nos contienen, porque nos esculpen y nos respiran despacio.

Recuerdo cómo acaba El cuervo de Edgar Allan Poe. Recuerdo cómo concluye su Berenice y El gato negro. Sé cómo finaliza Rayuela, he jugado entre sus casillas. Puedo hablar de las últimas palabras del Temor y temblor de Kierkegaard, de La náusea de Sartre o de Así habló Zaratustra de Nietzsche. Sé cómo termina el Ulises, pero no porque lo recuerde, sino porque es uno de los libros pendientes que solo en ciertos momentos podemos permitirnos leer y me he adelantado en mis ansias de saber cómo acaba. Y quiero conocer el último mensaje de La vida instrucciones de uso de Perec, cuando toque.

Es mi mapa literario. Mi red temporal según las inquietudes que soy en cada momento.

Por eso si cito a uno de los grandes, aunque no mencione su nombre, sería imposible no reconocerlo en las frases que inician los veinte capítulos de su obra maestra. Pero si transcribo el final de sus palabras sería más difícil identificarlo de primeras. Y si obvio los nombres de sus personajes, puede volverse otra manera de acercarnos a él, a dos días de que se cumplan los cincuenta años de la originaria publicación de sus Cien. Podemos tomarlo como un juego de palabras o como un ejercicio de inspiración.

Este es el gran invento de nuestro tiempo.

Ú. no había alcanzado a los gitanos, pero encontró la ruta que su marido no pudo descubrir en su frustrada búsqueda de los grandes inventos.

Era una sensación física que casi le molestaba para caminar, como una piedrecita en el zapato.

Más tarde le construyeron  un cobertizo de palma para protegerlo del sol y la lluvia.

Y no me vuelva a decir A., que ya soy el coronel A. B..

¡Cabrones! —gritó—. ¡Viva el partido liberal!

Tantas flores cayeron del cielo, que las calles amanecieron tapizadas de una colcha compacta, y tuvieron que despejarlas con palas y rastrillos para que pudiera pasar el entierro.

Ya pueden traerlo —ordenó.

El día de Año Nuevo, enloquecido  por los desaires de R., la bella, el joven comandante de la guardia amaneció muerto de amor junto a su ventana.

Seis meses después de la masacre, cuando se restablecieron los heridos y se marchitaron las últimas flores en la fosa común, A.S. fue a buscarla a la distante ciudad donde vivía con su padre, y se casó con ella en M., en una fragorosa parranda de veinte días.

El inocente  tren amarillo que tantas incertidumbres y evidencias, y tantos halagos y desventuras, y tantos cambios, calamidades y nostalgias había de llevar a M.

Ay, A. —suspiró—, ya sabía que estabas viejo, pero ahora me doy cuenta que estás mucho más viejo de lo que pareces.

La familia no se enteró hasta el día siguiente, a las once de la mañana, cuando S. S. de la P. fue a tirar la basura en el traspatio y le llamó la atención que estuvieran bajando los gallinazos.

Murió de viejo en la soledad, sin un quejido, sin una protesta, sin una sola tentativa de infidencia, atormentado  por los recuerdos y por las mariposas amarillas que no le concedieron un instante de paz, y públicamente repudiado como ladrón de gallinas.

Ahora estoy seguro que eran todos los que estaban en la estación.

P. C. la había alimentado con su rabia, y cuando no tuvo más hierbas, ni maíz, ni raíces, la albergó en su propio dormitorio y le dio a comer las sábanas de percal, los tapices persas, los sobrecamas de peluche, las cortinas de terciopelo y el palio bordado con hilos de oro y borlones de seda de la cama episcopal.

En el tumulto de última hora, los borrachitos tristes que los sacaron de la casa confundieron los ataúdes y los enterraron en tumbas equivocadas.

Solo entonces comprendió cuánto había empezado a quererlo.

Apenas tuvo tiempo de estirar la mano y buscar a ciegas la toalla, y meterse una mordaza entre los dientes, para que no se le salieran los chillidos de gata que ya le estaban desgarrando las entrañas.

Sin embargo, antes de llegar al verso final ya había comprendido que no saldría jamás de ese cuarto, pues estaba previsto que la ciudad de los espejos (o los espejismos) sería arrasada por el viento y desterrada de la memoria de los hombres en el instante en que A. B. acabara de descifrar los pergaminos, y que todo lo escrito en ellos era irrepetible desde siempre y para siempre, porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra.


Veinte oraciones finales de veinte capítulos, llenos de amor y de muerte, de soledad y de recuerdos, en su transcurrir lineal de la trama, pero que, colocados en otro orden, podrían formar un todo compacto que relatara de principio a fin la historia de la humanidad que somos y que tan profundamente desgranó Gabriel García Márquez.

Las últimas veinte frases de Cien años de soledad en el cincuenta aniversario de su publicación



Marieta Pancheva

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