sábado, 6 de mayo de 2017

De por qué los gatos entrecierran los ojos cuando nos escuchan leer

De por qué los gatos entrecierran los ojos cuando nos escuchan leer- Marieta Pancheva


Ronronea mientras escribo:

  No olvides mencionar al que se encontró Alicia. En cambio, puedes olvidarte de Plutón.

Decido incluirlos a todos, a los buenos y a los menos amigables. Al fin y al cabo, todos son compañeros suyos. A todos los ha ido conociendo poco a poco, desde que está conmigo. Ella, venida de la calle; yo, llegada de muchos sitios.

Se llamaba Bella, se lo puso la chica que la salvó del invierno. A ella este; a su hermano gemelo, el de Sebastián, en honor a aquel grupo de indie pop escocés de nombre Belle and Sebastian. Y pasó de Bella a Pina cuando me di cuenta de cómo juntaba las patitas delanteras a punto de dar un gran salto de ballet. Pasó a llamarse Pina Bausch y yo pasé a ser su humana.

Es inquieta, muy inquieta, sobre todo por las mañanas. Se sienta a mi lado, clava sus ojos en mí y empieza a hablarme frenéticamente. Se pasa la noche elaborando su discurso. Detesta el silencio, la desconcierta. Creo que es el silencio el que le recuerda que Sebastián no está, que no lo oye a su lado.

Le gusta que le cuente cuentos, que juegue con ella mientras escribo. Sabe que mi mano izquierda le pertenece. La derecha aún es mía, pero la izquierda es suya y es la que sujeta la caña del juguete que se balancea de un lado para otro, hasta que llega un momento en el que me doy cuenta de que Pina lleva rato absorta en sus pensamientos. Pero en el momento en el que paro vuelve de sus recuerdos y me pide que le cuente. Sobre otros universos, sobre otros gatos.

Su preferido es el de Cheshire. Le divierten sus consejos, su forma de expresarse, su sonrisa enigmática. 

Benjamin Lacombe- gatos- leer
Ilustración: Benjamin Lacombe.

 ¡Vaya! se dijo Alicia. He visto muchísimas veces un gato sin sonrisa, ¡pero una sonrisa sin gato! ¡Es la cosa más rara que he visto en toda mi vida!

Le hablo también del Conejo Blanco, de la Liebre de Marzo, de la Oruga azul, de Alicia, del Sombrerero, de la Reina de Corazones… Del paso del tiempo, del más allá de los espejos. De que nada es real y sí. Y se queda con el Gato de Cheshire. Secretamente está enamorada de él, aunque nunca me lo confesará. Cada vez que lo menciono, entrecierra los ojillos y empieza a ronronear. Química pura.

Pero no quiero que se obsesione con él e introduzco la historia de Plutón, de aquel gato negro y siniestro, al que tanto miedo le tiene.

Benjamin Lacombe- Gato Negro- Poe
Ilustración: Benjamin Lacombe.

Le digo que no le tema. Que si Poe lo inmortalizó ha sido por algo. Que el pobre felino no tiene la culpa de la crueldad humana.

"Tuvimos pájaros, un pez de color de oro, un magnífico perro, conejos, un mono pequeño y un gato. Era este último animal muy fuerte y bello, completamente negro y de una sagacidad maravillosa. Mi mujer, que era, en el fondo, algo supersticiosa, hablando de su inteligencia, aludía frecuentemente a la antigua creencia popular que consideraba a todos los gatos negros como brujas disimuladas. No quiere esto decir que hablara siempre en serio sobre este particular, y lo consigno sencillamente porque lo recuerdo. Plutón -llamábase así el gato- era mi predilecto amigo. Sólo yo le daba de comer, y adondequiera que fuese me seguía por la casa. Incluso me costaba trabajo impedirle que me siguiera por la calle".

Me pregunta por qué a los escritores les gustan tanto los gatos. Y en realidad no es una pregunta sino retórica, pues sabe que no existe animal más literario y conoce su complicidad con las palabras. Me convence, al igual que lo hace Borges: "El escritor es un anarquista en el sentido llano del término: no tiene horario para escribir y su tarea muy raras veces se realiza a pedido, o sea, dicho en pocas palabras: hace lo que quiere. Pues bien, lo mismo hace el gato: es una alianza entre seres vivos".

Y le hablo de gatos reales. De los de Baudelaire y de Cortázar. De los de Hemingway, Rudyard Kipling, Ray Bradbury, Mark Twain, T.S. Eliot, Jack Kerouac, Doris Lessing, Terry Pratchett... Hasta de los de Haruki Murakami, Natsume Soseki y Sake. Le hablo y se queda dormida.

Se queda dormida y sueña. A destiempo, en cualquier lugar. Se vuelve niña mimosa y fiera salvaje y su espíritu metafísico y misterioso recorre la literatura humana en busca de alguien que le recuerde a Sebastián. Hilvana hilos invisibles que la unen a otros gatos de miradas profundas e imperturbables. Se vuelve esfinge y musa. Remueve mi alma, se hace inevitable. A veces, hasta inalcanzable. Y siempre despierta sin él. Inquieta.

Aunque tiene paciencia, mucha paciencia, repartida en siete largas vidas. Y sabe, como decía Terry Pratchett, que en el pasado, los gatos fueron adorados como dioses y todavía no lo han olvidado.

Cortázar- gatos- leer

Cada mañana me pregunta por Sebastián. Y le digo que él está bien, que es un espíritu libre y que prefirió quedarse en la calle, que se acuerda mucho de ella. Y a la segunda pregunta del día, siempre la misma, de por qué no adoptamos a otro felino para que nos haga compañía, le contesto que aún no soy buena escritora y que algún día ambas aprenderemos de lo que leemos.


Marieta Pancheva

2 comentarios:

  1. Cada animal nos enseña algo. Creo que los gatos son buenos compañeros para la creación, por su capacidad de introspección, de concentración, de diálogo con la mística.
    Su mirada fija horas y horas en la pared blanca me cuestiona siempre sobre mi actividad enfervorecida. Pienso que en su reposo está su bondad y me siento malgastando mi vida en veleidades que no me llevarán nunca adonde está ella, Minouche.

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  2. Qué hermoso lo de dices, Elena. Es así. Casi siempre. Aunque hay gatos que necesitas hablar más y callar menos, necesitan estar presentes sin descanso. Necesitan contarnos aquello de lo que no somos conscientes.

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