sábado, 15 de abril de 2017

Semana Santa en Malasaña

Semana Santa en Malasaña- escribir diferente
Fuente: www.somosmalasaña.com

Siempre tengo que pensar si ermitaño lleva o no hache. Sé que no la lleva y aun así cada vez que pronuncio la palabra, me viene a la mente o la leo, es como si un enorme vacío inicial se abriera entre el ermitaño y yo. Paso a menudo por el Paseo de la Ermita del Santo. Y otra vez el vacío, que me perdone San Isidro, pues creo que en esta ocasión la ermita es la suya. 

San Isidro es de otro barrio diferente al mío, pero su condición de beato me traslada de vuelta a Malasaña, donde estoy rodeada de vocabulario santo.

He vivido en San Mateo, Espíritu Santo, Santa Lucía, Santa Brígida. En Jesús del Valle…

No he vivido en Acuerdo, ni en Madera.

Ni en Desengaño.

Ni en Manzana. Con la manzana empezó todo. O algo del todo. Primero fue el verbo, después la manzana.

Calles de Malasaña. Uno de los barrios con tanta población actual, entre originarios y transeúntes, que a veces resulta muy difícil andar cien metros y mantener la paz interior. No es nada del otro jueves lo que cuento. Malasaña respira solo dos veces al año: en agosto y en Semana Santa. Y en Semana Santa, relativamente. El resto del año para los que aún no nos hemos ido del barrio, es pasar un calvario. Ir a la compra por las tardes nos trae por la calle de la amargura. Los visitantes, los que vienen de fuera, van en procesión, cual nazarenos, a paso lento, lento. Lento. De vez en cuando hay quien se detiene delante de alguna tienda y con él se frena de golpe toda la peregrinación. Y luego se para en otra, y en otra, y en otra. Así, dando la matraca, sin más deleite. Por eso los que aún vivimos aquí andamos tanto por donde circulan los coches: por evitar los desfiles cotidianos.

Cada bar del barrio tiene su propia clientela, su propia, digamos, cofradía. Están las cofradías de los hipsters, de los modernos, de los de toda la vida, de los que vienen directamente desde el aeropuerto porque Malasaña está en la guía... Y así también cada plaza, donde en las noches de veranos, bajo la vigilia atenta de las autoridades, los botellones conviven con la vida de a pie. Bueno, ya son más las latas de cerveza que los litros, más fáciles de ocultar.

Y para más inri, con tanta sobrepoblación los precios se disparan, los arrendadores, más contentos que unas pascuas; suben el alquiler y lo que deciden va a misa. Se lavan las manos con el pretexto de que así es la vida. Pretexto válido, pues la vida es así, cierto, pero a veces nos podemos topar con personas más falsas que Judas, que le ponen más pasión que devoción al hecho de alquilar por alquilar que al de intentar mantener a los inquilinos contentos.

Es cuando los residentes se dividen en dos subgrupos: los que, hechos un cristo, callan y los que se van con su cruz de no poseedor de morada definitiva a otra parte.
 
De Pascuas a Ramos, entre tanto casero desalmado se encuentra alguno que se confiesa humano. Si todos fueran como él, ¡por los clavos de Cristo!, otro gallo cantaría.
Pero no es cuestión de ponerse a llorar como una Magdalena, ni de meter el dedo en la llaga.

Todos sabemos que la procesión va por dentro y que cada uno es de donde se siente, de donde se levanta cada mañana y santas pascuas.

Y volviendo al principio, creo que un ermitaño es un hermano que vive en soledad y por esta razón no lleva hache. Porque es su soledad la que lo vuelve silencio y se la hace desaparecer.


Marieta Pancheva


2 comentarios:

  1. Desde luego nuestra cultura cristina es sadomasoquista.

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    1. Y ya no hablemos de los que aún seguimos por el barrio.

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