miércoles, 26 de abril de 2017

Leer perjudica seriamente la salud (II)


Leer perjudica-Proust-magdalena-Pérez Reverte-Joaquín Sabina-Marian Ruiz



Efectivamente, Sócrates sabía lo que hacía.

Pero yo, que caí en las redes de la lectura hace mucho tiempo, lo constato ahora y te pongo sobre aviso: mi memoria está en vade retro desde que subrayo y tomo notas de cada cosa legible que me sorprende. Es pura droga. Y así, confiando en notas y apuntes, me voy olvidando de recordar. 

Te decía en un artículo precedente que te vuelves pedante. Eso, entre otros muchos perjuicios.

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La magdalena de Proust en versión actualizada

Le pasó a Proust. ¿A ti te parece normal que un tipo al hecho insignificante e intrascendente de comerse una magdalena necesite ponerle tanta pompa, que fue tomar carrerilla y no parar hasta escribir diez mil páginas?

“Y muy pronto, abrumado por el triste día que había pasado y por la perspectiva de otro tan melancólico por venir, me llevé a los labios una cucharada de té en el que había echado un trozo de magdalena. Pero en el mismo instante en que aquel trago con las migas del bollo tocó mi paladar, me estremecí, fija mi atención en algo extraordinario que ocurría en mi interior. Un placer delicioso me invadió, me aisló, sin noción de lo que lo causaba (…)”.

O a tener una noche en vela. Hubo algún editor que lo rechazó porque no salía de su asombro:

"No puedo entender como un hombre puede emplear 30 páginas en describir cómo se vuelve y se revuelve en la cama antes de lograr dormirse".

Y llegó a cotas de desvarío notable:

"Pero sobre todo situaba yo entre ellas (mucho más que sus distancias kilométricas) la existente entre las dos partes de mi cerebro con las que pensaba en ellas, una de esas distancias mentales que no hacen sino alejarse, que separan y colocan en otro plano".
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Lo del silencio es un decir, que no siempre el mar...

Seamos prácticos: para leer es preciso silencio. ¿Dónde hay silencio hoy día? Ni debajo del agua. “La azulada superficie del silencio…” como la llamaba Proust.
Sencillamente insoportable.

Y ahí llega la siguiente desgracia: te conviertes en un prepotente que todo lo discute y todo lo cree saber. Y de prepotentes que creen saberlo todo está el mundo lleno y tienen el destino global en sus manos. Y así nos va.

“La mayoría de las veces, la curiosidad no es sino vanidad. Solo se quiere saber algo con el objeto de hablar de ello. De lo contrario, no se viajaría por mar para no decir nada de él y por el simple placer de verlo, sin la esperanza de poder comunicarlo algún día”. Blaise Pascal.

Ni siquiera es preciso viajar al xxvii. Aquí tienes a dos que en el minuto 13:00 hablan sobre literatura y que están de vuelta de todo.

“El libro es analgésico, te ayuda a soportar el dolor. Hay dolores que la vida te impone, dolores, lucideces y certezas que la vida te da, cosas que la vida te quita, entonces el libro te ayuda a que todo eso sea soportable. Es como una aspirina”. Pérez Reverte.
Aviso: hay que estar muy enganchado para notar algo...

Qué decirte si además escribes:

“Una cosa que me divierte y me sorprende desde que frecuento más a escritores que a músicos, unos quince años, es que los rencores  cainitas, las envidias y las puñalás traperas son infinitamente más entre escritores”. Joaquín Sabina.

En el minuto 18:18 puedes oír a Pérez Reverte decir que en la guerra civil hubo delaciones y ejecuciones por odios literarios. Es decir, se constata que terminas volviéndote mala persona.

Casi al final, en el minuto 22:00, podemos escucharlos decir esto sobre la autoestima:

“Yo no he leído un libro en mi vida, pero yo soy así y voy a entrar en este concurso y lo que me ha dicho todo el mundo es ‘tú lo que tienes es que ser tú’. ¡No hombre, no! ¡Lo que tienes es que no ser tú y aprender algo!”.

¿Pero cómo aprendes algo dejando de ser tú? ¿No será que tanta lectura los ha convertido en un par de narcisos y querrían que todo el mundo fuera como ellos?

Tuve una amiga que solo abría la boca para citar a Platón, Sócrates o Aristóteles (así, en ascendencia) y a Kierkegaard. Yo por aquel entonces no había leído mucho a Kierkegaard y de haber sabido que muchos de mis pensamientos se parecen tanto a los suyos, lo hubiera descartado sin dudarlo. Lo de mi amiga: qué aburrido; y más aún, escalofriante, porque en realidad no sabes con quién hablas: detrás de sus cultísimas citas podía estar cualquiera menos ella.


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Fíjate lo que hay aquí para buscar el tiempo perdido.
Vale más ponerse a buscar la aguja del pajar.

Haber leído las 10.000 páginas de En busca del tiempo perdido tampoco te garantiza hacer amigos ni conservarlos si los tienes. He perdido alguno que presumía bueno y que culminó la hazaña. Se ve que mi prosaica compañía acabó desmereciendo su elegante esnobismo proustiano.

Al final todo desemboca en misantropía, créeme. Recuerda a Kafka, un asocial de libro que contaminó a otros como Camus o Sartre, tan rancios y apergaminados como él.

Conste que quienes no lo son al principio lo son al final: terminan encontrándose solo para medir sus respectivas erudiciones y detestándose mutua y gentilmente.

Y dicen quienes tratan de tenderte el anzuelo que leer estimula la imaginación. Quizá yo misma vuelva a hacerlo: una adicción es una adicción y el adicto busca correligionarios, entiéndelo, pasas más desapercibido. Pero matizo: si leer estimula la imaginación, lo hace solo a quien ya tiene alguna porque si no, ni comiéndose literalmente las letras. 

Dicho sea lo anterior con todas las reservas, que hasta el propio Don Quijote terminó enajenado porque leer le había secado el cerebro. O Madame Bovary, suicidada por no quedarle cuartos que gastar en su ansia de parecerse a las heroínas de sus novelas, con tanta vida de lujo y desenfreno... Donde se ponga un folleto de viajes exóticos, que se quite cualquier libro.

Y tú que has llegado hasta aquí, dudo que puedas responder cuánta de la enseñanza extraída de esos presuntos pozos de sabiduría has podido aplicar a tu vida práctica.

Y si tu vida práctica transcurre plácida y paralela a esas lecturas, entonces, leer ¿para qué?

Solo en un caso estoy dispuesta a disculparte: si me dices que te ayuda a tener una perspectiva más amplia del mundo que es donde vives a fin de cuentas; si te sirve para comprenderte y comprender a lectores y no lectores que es con quienes, a fin de cuentas, convives. 

Solo si te da esa ventaja te disculpo. Aunque en tal caso, resígnate: ya estás perdido. 


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Marian Ruiz


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