miércoles, 12 de abril de 2017

El soborno del cielo


Iglesia-crítica-reseña-Marian Ruiz


TítuloEl soborno del cielo
AutorVíctor Moreno Bayona
Diseño cubierta: Xabier Morrás
Editorial: Pamiela
Páginas: 192
Fecha publicación: 2005
ISBN: 84-7681-444-5

Varios días de entradas y salidas en Urgencias y una semana de hospital me dieron para observar ciertas cosas: la vida toma un cariz irreal, marginal; la fragilidad se extrema, mucho más si somos mayores; ciertos temores se acrecientan como consecuencia de la vulnerabilidad. El fantasma de la muerte se densifica.

La enferma era mi madre; sus pasos, cuando ya los pudo dar, vacilantes; su cabeza, un amplificador de amenazas que exorcizaba con rezos, en silencio o en susurros, al igual que su compañera de habitación. ¿Ser creyente hace mejor a mi madre que se ha caracterizado siempre por tener muy mal genio, razonamientos inconsistentes e injustificadas salidas de tiesto? Recordé, a mí que me gusta leer de todo, este libro que traigo hoy y que viene acorde con el tono serio de la semana, aunque, aviso, se aparta un poco de nuestra temática habitual.

Porque El soborno del cielo es un libro crítico con la Iglesia que ni pierde actualidad ni vigor sus argumentos. A su autor, Víctor Moreno Bayona, doctor en Filología Hispánica y escritor, le molesta que en una época que busca trascender el concepto de “Dios” para adoptar una “espiritualidad atravesada por la razón” se siga conservando algo de ese tufo metafísico característico. Que la espiritualidad siga orientada hacia un Ente Último al que confesaríamos nuestras cuitas, no deja de parecerle “un soliloquio tendente a tranquilizar las perturbaciones que produce el remordimiento”.


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No es un alegato a favor del ateísmo pero tampoco una defensa de la religiosidad o de la fe. Digamos que se debate entre un polo y otro para justificar que ni el primero es causa de los males de este mundo ni el segundo nos libra de padecer sus consecuencias; una demostración de que las personas religiosas no son, tomadas en conjunto, mejores o más tolerantes que las ateas (“tolerar”, horrenda palabra). Tampoco las cabezas más purpuradas de la Iglesia parecen ocuparse de la salud interna de su gremio tanto como de la vida social de sus parroquianos… y de quienes no lo son. El matrimonio homosexual, por ejemplo, que aun restringido al ámbito civil, les sigue dando verdaderos quebraderos de cabeza.

“En este sentido, la Iglesia tendría que sentirse orgullosa y satisfecha. Al fin y al cabo, los matrimonios homosexuales reproducen, mutatis mutandis, el mismo clima referencial masculino que los seminarios. Y si de los seminarios han salido  obispos, cardenales y hasta papas, ¿a qué temer los matrimonios homosexuales?”.

Se ofrece una nutrida muestra de casos de corrupción, pederastia y cosas feas a manos de pastores de la comunidad cristiana, que han hecho saltársele las costuras a más de un creyente y afirmado en su laicismo a la facción atea. Lo cierto es que esta, a pesar de quienes se empeñan en demonizarla, no pocas veces demuestra vivir con mayor rigor su sentido de la existencia y regirse por normas éticas y de convivencia mucho más sólidas, puesto que no hay cielo que los salve ni redima.


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Porque, ¿de qué nos libra la fe, hablando en términos sociales?

No se puede pretender que hay menos maltrato entre personas creyentes que entre no creyentes, cuando Dios no parece pinchar ni cortar en estos casos..., sino que queda o relegado a los retablos o extraditado a los cielos.

Es decir: se sale del rezo y se ingresa en el mundo normal en el que, como mucho, uno se muerde la lengua de vez en cuando para ejercer de bueno. Y lo hacen por igual moros y cristianos. ¿Por qué tanto enojo, se pregunta Víctor Moreno, por parte del sanedrín porque hay quienes no creen, dado que tampoco son ellos un dechado de virtudes? Parece que exilian a Dios de la vida diaria o que le restringen sus competencias: aún seguimos esperando que desplieguen la justicia que promulgan dejando en paz a quienes no se meten con ellos. Al final, el único que acaba poniendo los puntos sobre las íes no es otro que el César.

“La religión ha intentado castrar el mundo del intelecto y de la sexualidad. La religión ha constituido el fundamento de muchas de las conspiraciones que se han forjado contra la inteligencia, contra la racionalidad, contra el progreso y contra la felicidad del género humano”.

Derechos humanos, esclavitud, ciencia, usura, eutanasia, clonación, escuela, ética o valores: son variadas las instancias por las que se mueve este autor para el escrutinio de la acción eclesial en cada una de ellas. Y se saca una conclusión tremenda: en todas suspende. 

El epílogo está escrito en clave de humor y apela a él como antídoto para combatir el rigor mortis con que cardenales y obispos se toman lo suyo, defendiéndolo de cualquier sesgo irónico, sarcástico o risible que pueda atentar contra sus dogmas. Sin embargo, son los primeros en levantar la voz para menoscabar a ciertas personas e instituciones.


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Mi madre rezaba y lo sigue haciendo. Es un viejo aprendizaje. Lo más que siente es una pena difusa por quienes dicen no creer, cosa que ni siquiera le parece posible. “Dirán que no, pero porque no se la han encontrado cara a cara, que ya verás cómo les rechinan los dientes cuando no quede remedio", que se lo dijo don Fulgencio ya hace años. En momentos así, dice, se agarran a un clavo ardiendo. Uno que se lo dijo y ella que, a partir de ahí, presintió que sería tal cual.

Si para mi madre y para otros como ella la fe funciona como un soborno existencial, es cosa suya, de su programación, de su fidelidad a lo único conocido de quienes no tuvieron opción. Yo, personalmente, abogo por que cada quien pueda tener sus propios fantasmas y que las intransigencias de los pastores terminen de dar paso a un humanismo efectivo al margen de los dogmas. Si no, es difícil construir una sociedad radicalmente humana, enfocada en el desarrollo de valores de coexistencia y armonía.

Y en cualquier caso, vale la pena leer El soborno del cielo, siquiera por aquello de que reflexionar acerca de lo que pasa y nos pasa me parece muy sano.

Marian Ruiz

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