miércoles, 8 de marzo de 2017

Leche con Cola-Cao y un diccionario



8 de marzo-mujer-literatura-escolaridad-Marian Ruiz


La casa olía a leche con ColaCao. Cuando todos se iban, mucho más temprano los hombres, quedaba en el aire un aroma dulzón y el eco de los gritos, levántate y corre que la hora escapa.

Marido e hijos regresaban cuando el cocido había traspasado los límites de la cocina y se adueñaba ya de cada rincón de la casa. Plop, plop, plop durante las horas matutinas, donde no había más urgencias que las de recoger la casa, hacer la colada, tender, planchar, pasar la escoba, el polvo, bajar por el pan, bajar el cubo de la basura. En medio de todo, vigilar el puchero, que no le faltasen brasas a la chapa. Vigilar a los dos pequeños. Cambiar pañales. Cargarse sobre las espaldas primero al uno y después al otro y encerar el piso. Alternaban los lloros por subirse a las espaldas de mamá.


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Los zurcidos eran de las tardes, paralelos a cada nueva entrega de la novela infinita de Corín Tellado. No salían al parque porque no había parques; por entonces, ni siquiera eran una bucólica esperanza futura. Los mayores se bajaban a la calle sin más encomienda que lo que les diera la gana y un como te manches, te arreo.

La calle: montones de tierra que formaban una peculiar cordillera a escala. Territorio de juegos y peleas, de complicidades y odios, territorio comanche.

Las noches eran de sopas y tortilla, a veces, francesa; de patata, otras, quizá los días en que la madre estaba de mejor humor por no haber tenido que volver con las alforjas de la compra hasta las cartolas.

La tele iba entrando en las casas pobres sin hacer grandes esfuerzos por ganarse su hegemonía y colarse en las mentes y los afectos. Lo que decían radio y tele era palabra de Dios. Como ahora. En eso las cosas no han cambiado tanto.


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Las madres. Se pintaban los labios. Solo los labios. Y se perfumaban con colonia a granel hasta que alguien dijo (debió ser la tele) que no era malo dedicarles un día. El botellón de colonia dio paso a las tallas pequeñas de perfumes con nombres tan exóticos como Agua de Rochas, Lilí del Valle o Fidji. Era abrir el frasco e impregnarse tímida y golosamente de su aroma. Un toque de glamur en medio de mandiles y batas de guatiné.

Madres, esposas, hermanas. Mujeres emergentes de un analfabetismo radical, sin literatura que las alentara ni las mantuviera vivas, ignoradas por maridos que llegaban a cenar a deshoras y ahítos de vino, ignorados también por la vida aunque en mejores puestos, si se compara. Tenían suerte si no las golpeaban, a mí, marido me ha salido bueno; alguna otra callaba.

Los únicos libros de la casa, los escolares. Hay que comprar un diccionario. Un diccionario. Un libro lleno de palabras. Un misterio que debe ser útil para que la niña sepa y tenga por dónde. Si lo dicen las monjas…

Y la niña busca pene, por ejemplo, que había pronunciado la maestra en clase de anatomía y nadie entendió muy bien cuál era la segunda utilidad que se le atribuía. Encuentra la aguja en el pajar. Asombrosa rapidez. Órgano que sirve al varón para miccionar y copular. Busca miccionar y copular. La madre se azora. Qué listísima es mi niña. La de cosas que enseña ese libro.


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El padre se revuelve.  En ese colegio las pervierten. Como vuelva a oír otra de esas, no dura media hora más ahí. Nadie rechista. En esta casa se hace lo que el padre diga.
La niña quiere saber de dónde vienen los niños y la madre habla con la monja. Es que su niña es muy adelantada. Ella lo necesita, pero no podemos explicárselo a todas, que aunque tienen la misma edad, son más jovencitas. Usted me entiende. Tiene que comprarse otro libro. Ese sí trae dibujitos que explican las cosas. Que el padre no se entere, que no lo oiga, que no sospeche. A él le vale con que sepa leer y escribir y las cuatro reglas, que sea limpia como su madre y que camine derechita. Qué más necesita.

Volatilizada cualquier remota ilusión para sí, la madre refuerza su fe en la vida a través de esa pequeña. ¿A quién sale? No hay en la familia mujeres así; solo mujeres que languidecen junto a maridos tan ignorantes como ellas y con la única convicción de estar haciendo lo que otros decidieron que era bueno.

Así las va alcanzando el futuro. Esa hija que nunca ha tenido que matar gallinas ni desollar conejos. Si puede ser, no tendrá una vida de mierda como la suya.



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La olla silba impaciente, como si quisiera arrancarla de sus pensamientos. Suelta el libro cuyas páginas acariciaba reconcentrada. Vuela a la cocina mientras se pregunta por enésima vez cómo puede ser que su niña, en esa selva inmensa de cagadas de mosca, pueda encontrar algo y con tanta rapidez. Su espalda cruje. Se duele de dolores que no sabe bien dónde quedan alojados. Duelen como peligros. Deben haberse acuñado a base de tanta esperanza como la vida le ha ido restando.

Así que al terminar el ciclo básico de escolaridad, cuando el padre diga que ha encontrado un puesto para la cría en una bombonería, la madre dirá que por encima de su cadáver. No quedará su hija a merced de la suerte que otros quieran imprimirle.

Ahora es la niña quien dice no y es no. Ahí está su madre. Y si en algo depende de ella, ni hijos habrá de tener. Los hijos no son sino trofeos de caza de los maridos junto a mujeres de vida gris y derrotada.

Si en algo depende de ella, ni marido. Que pueda saborear una vida llena de esas palabras que a ella y a otras como ella se les negaron, aunque, si se lo preguntaran, ni sabría decir cuáles son.


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Pero su niña sí. Su niña sí que las sabrá todas. Y no va a ser ella quien la traicione.

Marian Ruiz


“El pájaro rompe el cascarón. El cascarón es el mundo. Quien quiera nacer tiene que destruir un mundo […]”.

Demian, Hermann Hesse

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