sábado, 11 de febrero de 2017

La efímera y el infinito

Marieta Pancheva, microrrelato, amor, efímera, infinito


Tengo dos tatuajes. Dos que se funden en un todo: el símbolo del infinito y una efímera que sale de él. Ambos, y para nada opuestos, forman parte de cómo siento el amor y de lo que es para mí la vida.

Cuando cuento que en las noches de primavera el techo de mi casa sirve de consuelo y parada última a efímeras, pocos se lo creen, porque hablo de seres acuáticos y en un barrio como Malasaña no abunda el agua. Pero sí, vienen y me regalan sus historias.

(Al igual que hay gaviotas en Madrid).

Entran por la ventana, se posan cerca de la luz y dejan de moverse, absortas en su deseo de que alguien perpetúe su cuento. Hasta la mañana siguiente, que recojo sus cuerpos inertes y llenos de recuerdos. Acaricio sus alas, transparentes y verdes, y las arrimo a la esquina del alféizar más próxima al infinito.

Sé de sus vidas y las comparo con la mía, más larga en proporción, pero igual de efímera, al fin y al cabo. Es el infinito el que nos salva a ambas especies, de donde venimos y adonde vamos.

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Imagen: studyblue.com

Son frágiles y delicadas. Nacen para amar, aman y mueren. Y en sus pocas horas de vida, dedicadas a buscar a su pareja y a entregarse por completo, está lo ancestral, lo trascendental.

No somos tan diferentes.

Es el mejor homenaje que le puedo hacer a este 14 de febrero, que por cuestiones comerciales tiene fecha fija. Aunque para mí el amor es el infinito de todos los días, del que salen las horas de nuestra vida. Nunca al revés.

Por eso comparto el primer cuento que me regaló la primera efímera que vino a visitarme y se quedó.


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Mis hijos ya tenían sus propias familias. Había cumplido con las obligaciones de madre y él ya no estaba. De repente la vida perdió su sentido y quise cuanto antes seguirlo. Y simplemente me fui.

De camino, pasando por la taberna, me encontré con el sepulturero. El mundo es un cementerio, lo oí borracho como siempre. Se había quedado viudo a los pocos meses de casarse, contaban, y años después seguía enterrando a personas con el propósito de no dejar a su mujer sola. Creía que los difuntos podían acompañarla hasta que a él mismo le llegase la hora. Había intentado suicidarse en una ocasión y fue el párroco quien se lo impidió y quien le dijo que era pecado. ¿Pecado?, le replicó, ¿es pecado querer volver con la persona a la que amas? Luego tuvo miedo y se dedicó a esperar. A esperar y a sepultar.

Lo conocí en el funeral de mi marido. Ahora tú también estás sola, me dijo. La vida es un solo día, contesté. Me pareciste tan hermosa, recordó.

La vida es una sucesión de personas, solía repetir etílicamente.

Y de camino, pasando por la taberna, nos encontramos nuevamente. ¿Cómo estás? Ya ves. Llévame con él. ¿Bebes? Ahora sí. Y recordé el momento en el que conocí a mi marido, hace apenas medio día. Recordé las horas que pasamos juntos. Y sus alas sobre las mías. Recordé toda nuestra vida de apenas un par de horas efímeras e infinitas.
Y bebí largamente. Hasta que sus ojos resbalaron por el último trago de ese largo día suyo.


Es lo que me contó. La primera efímera que vino para quedarse. Luego hubo más, pero ninguna como ella.


Marieta Pancheva

2 comentarios:

  1. Muy bueno. Lo leí y no puedo pasar sin dejar el comentario. La efímera y el infinito.

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    1. Gracias, Piper. Por leernos siempre y por compartir tanto bueno.
      Gracias y un abrazo.

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