sábado, 4 de febrero de 2017

El principito ha vuelto

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Título: El principito ha vuelto
Autor: María Jesús Alvarado
Fotografía: Teresa Correa
Editorial: Libros de las Malas Compañías
Páginas: 80
Fecha publicación: mayo 2015
ISBN: 978-84-942648-7-0
Temática: Prosa poética


Fue hace dos semanas cuando conocí su historia. O mejor dicho, la reconocí, en un lugar especial llamado Macanudo de la calle Limón de Madrid.

Es la historia y el interior de un libro que ya forma parte de mi camino por recorrer. Me llamó la atención su manera silenciosa de estar recostado en medio de otros títulos dentro de la vitrina, donde en otros bares asoman las tapas de aperitivo. Me fijé en su nombre, en su cuerpo delicado. Y quise tocarlo, sentirlo, hacerlo mío. Olía a libro de verdad y sus páginas escondían poesía en imágenes y en palabras que me querían domesticar.

Domesticar, al igual que el principito de Saint-Exupéry había sido domesticado por su rosa, ¿o fue él quien la domesticó?, tal y como le enseñó su amigo el zorro.

Solo sé que aquel libro se vino conmigo a casa y me acompaña ahora, que aún no tiene lugar en la estantería, porque se merece uno especial. Y un lugar especial se construye despacio.

No conocía a su autora, María Jesús Alvarado, ni a su fotógrafa, Teresa Correa. No conocía la editorial Libros de las Malas Compañías.

Pero al igual que siempre he pensado, sé que nada ocurre por casualidad.

Es uno de esos libros que saben conectar con aquel hilo delicado que une corazón, pasado y futuro; uno de esos que saben hacerse con los susurros de aquellos que no están ya más que en nuestros recuerdos. Uno de esos libros especiales que te guían por el espacio-tiempo y saben cuándo es el momento de disfrutarlos. En mi caso fue hoy. Hace dos semanas que esperaba que él me dijera cuándo y ambos éramos conscientes de que tenía que ser en silencio y en el hogar que nos cobija, allí, aquí donde existimos solo él y yo ahora mismo, fuera de ruidos y en soledad. Como se disfrutan los grandes libros.

Aún no lo he dicho, su nombre es El principito ha vuelto.

No sabía a qué vuelta hacía referencia, pues no recordaba la historia de El principito de Saint-Exupéry. Solo recordaba que era el libro preferido de mi madre y que era ella la que me lo leía cuando aún yo no sabía hacerlo por mí misma. Recuerdo las palabras, aún sé recitar muchas de ellas en el idioma de mi infancia. Luego las aprendí en el que uso ahora. Pero nunca lo había leído de una sentada. Mi tarde de ayer era él, El principito de Saint-Exupéry; hoy lo es el de María Jesús Alvarado. Me emocioné tanto ayer como hoy al leerlos y dejo aparte las notas que tomé para hablar desde el corazón, más allá de las líneas garabateadas por mi mano. Porque en realidad es lo que nos queda de los libros que nos domestican: aquel sentimiento que nos producen y que nos conecta con pasado y futuro.

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Y creo, estoy convencida de que en la vida de cada uno de nosotros llega un momento en el que el camino que elegimos nos lleva al encuentro con nuestro propio principito. Y de que, en gran medida, ese principito somos nosotros mismos. No sé dónde me espera el mío, pero sí sé hacia dónde quiero dirigir mis pasos y mi mirada. Y sé que me está esperando desde hace tiempo.

El principito de Saint-Exupéry acaba así:

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Es lo que advierte María Jesús Alvarado. Y la historia es real, verdadera. De verdad, porque como señala la autora, “no importa si el camino está trazado desde antes de aprender a caminar. Nada nos impedirá descubrir uno nuevo”. Y nos adentramos en el mismo desierto del Sáhara, en nuestro propio desierto, “en el latido de otro tiempo cuya huella permanece apenas alterada”.

Nos perdemos, al igual que se pierde la autora, al igual que se pierde el autor, para poder encontrarnos, para darle sentido a un hecho concreto o a toda nuestra vida. Las páginas nos regalan fotografías sentidas en blanco y negro. En blanco y negro porque el color del desierto impregna nuestros ojos y son nuestros ojos los que lo colorean según el momento. Fotografías del desierto, de un árbol solitario, de un neumático solitario que nos ofrece la posibilidad de otros paisajes cuando nos atrevemos a mirar a través del vacío de su interior. Y todo es posible allí, exactamente allí donde nos encontramos con él. Con el principito que ha vuelto y ha envejecido. Con él que sigue mirando a las estrellas y esperando a un amigo, a otro amigo. Y nos quedamos tranquilos por el reencuentro con aquel que nos ha acompañado a muchos en nuestra infancia. Nos volvemos a ver cara a cara y volvemos a preguntar. Volvemos a querer saber sobre el amor y la amistad. Sobre el hogar y la soledad. Y nos damos cuenta de que nuestro hogar es él. O ella, o nosotros. Es el amigo que anhelamos o el amor que nos ha marcado. Y dejamos de tener miedo. Es cuando hablan los ojos que se llenan de agua y que ningún desierto puede secar. De agua que calma la sed de nuestro interior. Es cuando recordamos, volvemos a pasar por el corazón, el lugar donde nos espera nuestra rosa de cuatro espinas, el lugar donde está el amor que nos hace y la amistad que nos transforma. 

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Imagen del libro El principito ha vueto.
Fotografía: Teresa Correa

El principito sabe que “no se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos”. Es su secreto.

Miramos las estrellas y oímos susurrar al que ya se ha hecho mayor, pero sigue con el corazón intacto:

Es extraño que no podamos saber nunca con exactitud cómo es el universo porque lo que vemos hoy desde aquí ha sucedido hace millones de años. ¿Te has parado a pensar que cuando miramos el cielo lo que observamos siempre es el pasado?

Y como todos sabemos, y como nos hace recordar la autora, “nada es imposible si podemos imaginarlo”. E imaginarlo es volverlo real en lo más profundo de nuestro ser. En aquel lugar donde siempre nos sentimos en casa, en aquel donde esperamos conocer a alguien especial y más tarde anhelamos su vuelta. Entonces, solo entonces, la soledad se vuelve compañía y silencio lleno de notas de partituras aún por componer y compartir.

Lo sabía Saint-Exupéry. Lo sabe María Jesús Alvarado. Lo sabemos nosotros. Porque no olvidamos que príncipe, según la etimología de la palabra, hace referencia a lo que va primero, por delante. O del latín princeps, el primero, principal. Por algo será.

El principito de nuestra infancia, el del autor francés, también se preguntaba. También preguntaba y nunca renunciaba a lo que le interesaba conocer. Sabía dónde estaba su hogar y a quién amaba, quién le había domesticado, en el sentido más romántico de la palabra, en el sentido de crear lazos para siempre. Sabía que las estrellas “estaban encendidas, a fin de que cada uno pueda encontrar la suya algún día”. Y ese día siempre llega.

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¿A qué hora preparo mi corazón?


Marieta Pancheva

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