miércoles, 15 de febrero de 2017

De fuegos y palabras


Marian Ruiz, ortografía, bomberos, noticia, lenguaje


Hace unos días saltó y sorprendió la noticia de que un buen puñado de bomberos había quedado descalificado por suspender en una convocatoria las pruebas escritas, y no por el fondo, sino por la forma. La forma canalla viene a cargarse el fondo y arrasa con los sueños de más de uno.

De 578 presentados, solo 61 aprobados. Se ha salvado poco más de un diez por ciento. Los exámenes iban de legislación, instituciones e historia; salvamento, extinción de incendios y geografía; de conocimientos técnicos.
Luego, más de uno y más de dos se han indignado porque maldita la gracia y maldita la mala idea de los jueces, que para qué saber escribir bien cuando de apagar fuegos y de salvar vidas se trata. ¿Es que se van a poner a dar discursos o a emplear retórica mientras las llamas avanzan?

Somos producto de una educación tan poco estimulante como empecinada en impartir asignaturas sin relación ni vínculo remoto entre sí. Luego nos rasgamos las vestiduras, pero de aquellos barros son estos lodos: no sabemos qué tiene que ver con qué ni si lo que sabemos tiene algún hilo que conecta todos los pespuntes. Materias y asignaturas se nos han venido presentando como compartimentos estancos: nada que ver las ciencias con las letras, nada el deporte con la vida ni los negocios con la ética.


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Aprobar con la gorra y dejar la escuela sin dejar de ser analfabetos. Luego hay quien se empecina en que la escisión se mantenga: lo que sepa la mano izquierda que no lo sepa la derecha, etcétera, y de eso se hace un estilo de vida y unas maneras de ser. Los bomberos, a sus fuegos, que las letras no son más que un montón de cagadas de mosca para que se rebocen empollones y ratas de biblioteca, inútiles los unos y las otras para cosas de mayor fundamento.

No sé de qué nos asombramos. Somos un país inculto con una incultura que viene de viejo. No podemos esperar por tanto que el aprecio por el saber, por el debate lúcido, por la curiosidad y por el deseo ardiente de alzarnos sobre nuestras propias miserias sea prioritario. Es más: solemos enorgullecernos de lo que no sabemos.

Es necesaria la especialización, cierto, porque es el modo de ahondar en algo. Cada fragmento de vida es un túnel sin fin, tierra que se quita y nueva tierra que aparece, pero si seguimos excavando hay un momento en que nos topamos con una red de túneles perfectamente conectada entre sí.


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Aunque esto nunca nos lo contaron y hay quien tampoco lo descubre después.

A mí me parece bien que hayan suspendido a estos señores si sus exámenes no daban la talla ortográfica. Es más: considero que ese mismo nivel de exigencia debería aplicarse al resto de profesiones.

Tenemos una herramienta que nos allana el camino de la comunicación y cuyo sentido es que sepamos utilizarla. Después de todo, veníamos a entendernos, ¿o no? Y lo escrito sigue siendo comunicación. En los países anglosajones los estudiantes empiezan desde bien jóvenes a defender argumentos, tanto hablados como escritos. Aquí no. Aquí llegamos a mayores sin más equipaje que la potencia de la voz o de los bíceps: ya que no en la fuerza del diálogo, traemos la dotación en otras áreas.

Pongamos por caso un incendio. Quien brinda su ayuda tiene que saber cómo proceder: ha de estar entrenado, conocer las medidas de seguridad, aplicar todo tipo de estrategias aprendidas en la academia.

Pero pongamos por caso (como es en realidad) que también pasa por saber qué dice la legislación respecto de esto o de lo otro. 


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Y pongamos que la persona tiene que redactar un informe o pedir a su vez algún tipo de refuerzo. Hay una serie de normas que nos permiten ir al grano sin tener que rompernos la cabeza con lo que haya querido decir el fulano, o sin tener que inventar nuevas reglas cada vez, o temiendo que cada uno haga de su capa un sayo y que el mundo tenga que componérselas para entenderlo.

Pongamos también que todo lo que pasa es algo tiene que ver con nosotros, con que nos comprendamos, con que nos hagamos cargo, nos anticipemos, evaluemos las mejores opciones, detectemos matices de lo que nos decimos los unos a los otros.

Todo eso se llama cognición.

Se trata de que la comprensión sea la adecuada. Es algo más que sacar mangueras y ponerse a echar agua.


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Y hay otro algo, bomberos o no, que puede parecer secundario y que es darse cuenta de todo, de lo que se mueve fuera y de lo que se mueve dentro, de la pérdida, la urgencia, la tristeza. El vacío. Lo que queda en suspenso. El coraje. La tensión. Las lágrimas. Lo que se siente y no se siente. Me atrevería a decir que es darse cuenta de la vida, de todo eso que se llama belleza.

Lo bello, lo fascinante y lo complejo, que en puesto en ciertas palabras es poesía y puesto en otras es prosa, una prosa que nos alcanza a nosotros mismos y a nuestra capacidad de hacer del lenguaje un vehículo de comunicación.

Y es precisamente ahí donde queda todo conectado, donde el mundo ignorante no tiene cabida. A veces, ni siquiera tiene que ver con el conocimiento. A veces el conocimiento se enemista con la belleza porque la belleza va incluso más allá de repartir palabras a diestro y siniestro.


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Tiene que ver con lo inabarcable. Con cosas que podemos perder si no las admiramos y perderlas aún por partida doble: por no haber sabido siquiera que las teníamos. Por falta de sensibilidad, que es como decir por falta de amor.

El mundo necesita bomberos y no bomberos que lo salven, que pongan a buen recaudo a cada ser humano en peligro (¿hay alguno que no lo esté?). Para ello necesita herramientas hechas de sensibilidad y de cuidado y palabras escogidas para cuidarnos. Necesita gente que entienda la diferencia entre “distancia” y “lejanía”, “brujería” y “sortilegio”, “recordar” y “evocar”. Mucha gente que sepa que no es igual decir “amanece” que “la luz rompe la aurora” ni decir “anochece” que decir “el sol se rinde a las sombras”.

Y en lo que a mí respecta, la verdad, si se trata de alguien me tiene que salvar, por favor, que sea de la estirpe de los poetas.

Marian Ruiz

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