miércoles, 18 de enero de 2017

Reseña "LOS PECES NO CIERRAN LOS OJOS"

En un delicioso librito de Erri de Luca titulado Los peces no cierran los ojos dice:


Erri de Luca, reseña, Los peces no cierran los ojos, Marian Ruiz


Título: Los peces no cierran los ojos
Autor: Erri de Luca
Editorial: Planeta - Colección Booket
Páginas: 128
Fecha publicación: 06/2016
ISBN: 978-84-322-2909-1

Temática: Contemporánea (prosa poética)


Un mundo amanece de las ruinas de la posguerra italiana, rudo, sin contemplaciones. Hay un padre emigrado a los Estados Unidos que les cuenta cosas por carta y que él se las cree porque están escritas. Porque cree que lo que uno escribe hace de las cosas verdad. Porque hablando se dicen un montón de mentiras.

El protagonista aprendió sobre los adultos en los libros: sabía cómo había que tratarlos porque que no eran lo que se creían. Él, de sentirse raro y distinto por un afán poco confesable, pasa a ser experto en manejarse con los mayores y no con los de su edad. No hasta que conoce a María, poco afectada o nada por el mundo de los adultos.

No tiene más de diez años, pero sabe que necesita de otro para comprender, aunque se interese por cosas distintas de las que le inquietan a él mismo.


Erri de Luca, reseña, Los peces no cierran los ojos, Marian Ruiz



El adulto de hoy rescata a su niño de ayer y recupera ese verano en que la niñez empieza a darle la espalda a la infancia. Regresa y monta guardia ante el niño que fue y encuentra la forma de reunirse con él y de que le cuente.

La calle no es la calle de entonces, ni tiene su olor; tampoco su color ni su roce. Los niños tampoco son los mismos niños ni descubren el mundo por contacto directo con él. Los niños de hoy, por contraste, no empiezan a forjar su futuro junto a viejos lobos de mar que se sientan con las piernas abiertas y con manos que actúan por su cuenta. No hay metáforas que anuncien futuros inmortalizados en viejas fotos de tonos sepia. Los niños de hoy ponen nombre a las cosas antes de conocerlas, mientras que los niños de ayer conocían las cosas sin que fuera imperioso ponerles nombre. Los niños de hoy no hacen crucigramas ni tienen dos almas: una que añora al padre y otra que transgrede esa añoranza y que la culmina con un acto de renuncia porque necesita proteger a la madre.

No se trata de una narración que narra pura y simplemente un pasado y el inicio ingenuo de la adultez. Ahonda en el instante efímero, en ese segundo furtivo en que niño y niña empiezan a dejar de ser quienes son para empezar a ser quienes serán.



Erri de Luca, reseña, Los peces no cierran los ojos, Marian Ruiz


Una palabra, un silencio, una mirada. La mujer que se presiente y se presenta, segura e insolente ante el lector –ese lector niño, ingenuo y curioso– que rellena crucigramas como estrategia de acceso al mundo esquivo de los adultos. Mientras, con sus iguales, todavía se da cera.

Si nos arrimamos a sus palabras podemos percibir la voz íntima, el pulso sostenido, el mensaje implícito; podemos leer todo eso agazapado entre líneas que no terminan de decir y que por eso mismo son así, elocuentes.

Apuntó. Yo no podía hacer nada, ni cerrar los ojos ni taparme los oídos. Soltó un suspiro y mientras lo hacía, dijo: “¡Bum!”.
–¿Disparó? –pregunté yo, en voz muy baja.
–No, hizo bum con la boca y después bajó el fusil. No volvió a llevarme de caza con él. ¿Lo hizo por odio o por amor?
No esperaba una respuesta, pero se la di de todas formas:
–Yo creo que bum es amor.

El tiempo cotidiano, banal, va quedando atravesado simultáneamente por el anhelo de ser mayor y la parsimonia del devenir cuando la biografía señala diez años.

Hay un derecho de amar que se va resolviendo en esa edad fronteriza, cuyo desvelo recorre toda la narración y al que la sociedad permanece ajena. Porque no es amar como aman los adultos, sino con un interés que concurre paralelo a la transformación del propio cuerpo, al ensanche de la vida, a una etapa que se muestra renuente a desaparecer del todo. Y es amar como reconocimiento, como acto de justicia ante otros, sin pretensión alguna de reciprocidad.

–No –dijo ella–, estate quieto. –Y me besó a la fuerza en la boca, durante tanto tiempo que me obligó a respirar por la nariz. Se apartó de mis labios con un chasquido.
Me había quedado inmóvil, mirándola.
–Pero ¿tú no cierras los ojos cuando besas? Los peces no cierran los ojos.

Erri de Luca es un escritor comprometido. Sus libros están llenos de imágenes literarias y de un profundo lirismo que pareciera hacer justicia a la propia justicia. Las historias que relata de su infancia –tanto externas como internas– van conformando una inevitable manera de ser en Nápoles, un destino: vaya uno donde vaya, ya lo ha recibido como dote, mitad lastre, mitad salvoconducto. 

El aprendizaje de palabras como amor o desengaño y la experiencia del dolor terminarán confluyendo en la debilidad del adulto Erri de Luca por la poesía. 


Erri de Luca, reseña, Los peces no cierran los ojos, Marian Ruiz


La narración muestra el aprendizaje lento del amor, el modo en que se va presentando lo especial de otra persona y cómo termina concentrándose ante la propia mirada; como se va aprendiendo y aprehendiendo que un goce intenso exige cerrar los ojos. Por qué los adultos se acaloran tanto con el amor.

Mantener es mi verbo preferido, entraña la promesa de tener de la mano.

También ofrece los adioses que el niño no es capaz de anticipar y que el adulto reconoce hoy en ese adiós primero; y las pérdidas, que se revelarán imposibles de reparar; o el instante preciso en que se está decidiendo algo e incluso la expectativa de entender todos los libros a partir de cierto momento.

El amor sería una parada breve entre dos aislamientos. Hoy pienso en un tiempo final en común con una mujer, con la que coincidir como hacen las rimas, al término de la palabra.


Marian Ruiz


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