sábado, 28 de enero de 2017

Cuando tus ojos se conviertan en tierra



enfermedades, cáncer, palabras


Aprendí a escribir en varias ocasiones. A los cinco años. A los siete. A los doce… Y aprendí a leer en otras tantas. En mi idioma materno es en el que más me costó, por ser el primero de la lista en descifrar y cifrar con mi propio puño. Pero en todas estas lenguas que me acompañan o que forman parte de mi bagaje personal hay algunas palabras que coinciden, que significan lo mismo, que marcan. Palabras universales que todo ser humano entiende.

Palabras que arrancan, que dejan huérfanos, viudos.

Palabras que cobran vida propia a costa de la de otros, que saben dónde esconderse para más tarde salir en una conversación exacta y dejar las bocas abiertas e impotentes. 

Palabras que muchas veces no nos atrevemos a pronunciar por lo que significan. Y muchas veces no las pronunciamos, aunque ellas siguen allí, exactamente allí, en ese lugar indefinido entre nuestro costado y lo que aprendimos de pequeños en esta sociedad que creemos evolucionada.

Palabras que le dan vuelco al corazón. Que vuelven pesado el aliento.

Palabras malditas.

Palabras que maldecimos y que nos maldicen. Que tienen tanto poder como la cosa que quisimos que representasen cuando la nombramos.

Y hay una que sabe más amarga y huele a letanía. Hay una que amenaza el tempo y nos acelera el pulso. Sabe manejarse con soltura entre nosotros, los humanos, a estas alturas de la evolución. Palabra que hemos inventado, al igual que hemos contribuido sin reservas al desarrollo de lo que encarna o descarna. Sinónimo de sufrimiento, incertidumbre, hospital.

Una palabra exacta y solitaria, que en combinación con otras sabe volver los sentimientos marionetas y guiarlos hacia donde tienen que desembocar. Desembocar, que quiere decir salir de la boca, salir por la boca, que no es sino la puerta principal por donde pasan los latidos del alma.

Una palabra con forma de animal, con las patas delanteras más grandes y terminadas en pinzas y un particular modo de avanzar, contrario al avanzar humano. Una metáfora perfecta.

Inquietud.

Una palabra tan presente en la actualidad que nos aparta, nos devora, nos llora.

Y cada vez que leemos la noticia que incluye la palabra junto al nombre de alguien que ha sido parte de nuestra cotidianidad nos planteamos cómo hemos sido capaces de inventar palabras así.

Palabras que duelen, que lastiman, que infieren.

Palabras que a veces vencemos y es la mejor victoria posible, aunque nunca olvidamos porque otros se han quedado entre sus pinzas.


Marieta Pancheva



Marieta Pancheva

No hay comentarios:

Publicar un comentario