miércoles, 21 de diciembre de 2016

Un nombre, una caricia

Parece que estas fechas nos predisponen a mayores intensidades sentimentales y, por lo mismo, a compadecer un poco más a quienes tienen algún tipo de resta en sus vidas. 

No me considero blanda y trato de no ser cursi (no siempre lo consigo) pero sí hay cosas y situaciones que me provocan ternura. Esto que sigue, aunque no ha pasado estos días sino hace un par de meses más o menos, lo traigo hoy para volver a sentir aquella especie de tiempo detenido en que una escena se hizo zoom para mí: 





—Quítatelo todo.
—¿Todo?
—Bueno, todo lo que te quitas cada día.
Mueve el brazo derecho y el jersey sale de golpe, la espalda descubierta, ancha y lisa como una pista de aterrizaje. Se tumba. Las chicas cotillean. Hay tranquilidad, buena diferencia con el trajín de otros días. Se nota hasta en las melenas de las estudiantes, todas sueltas hoy.
Llega una mujer de mediana edad, sonrisa tímida y pasos titubeantes. Una de las chicas la invita a tenderse. La acaricia. Hay confianza.
—Total, para nada —susurra alguien a mi lado.





Pregunto cómo se llama.

—Es… un tumor cerebral —confiesa bajito mi interlocutor, con auténtico afán informativo.

Esa forma de hablar del personal hospitalario, tan proclive a hacer metonimias con los síntomas y dolencias de los pacientes. Algunas veces quedan reducidos a su diagnóstico, expropiados de sus nombres.

La mujer es también especialista en salud física, fisio como ellas. Hasta hace unos meses, competente y experta como la que más y no en vano supervisora suya, pero las cosas han cambiado mucho, hasta un punto tal que de darles clase ha pasado a depender de su buen hacer, imprescindible para sostener una calidad de vida cada vez más menguante. 

Tienen que movilizarla entera: piernas, tronco, brazos, manos. Se turnan, aunque ella tiene sus preferencias: cuando una de las chicas se le acerca, su cara, como en una tarde de tormenta que escampa, se ilumina con una luz distinta. Es especialista; como lo era ella poco tiempo atrás.





Le ofrece una pasta de té —solo una, que te veo, Ali— y le pregunta si está bien.
—Bien, bien.

Le encantan los dulces. Se ríe y le da las gracias. Los ojos le brillan; la enfermedad, de momento, respeta sus ojos. 

Ha perdido parte de su identidad, pero a mí me provoca una ternura tal que me aproxima a su drama sin querer invadirla, cuidando y mimando esa distancia. No es blandura. Ni morbo. No quiero detalles, no me interesa el porqué. Solo aceptar que ella, hoy, es así. Sé que la abrazaría, que lo haría incluso sin venir a cuento ni tener sentido. Bueno, lo tendría para mí. Observarla por el rabillo del ojo es mi modo de hacerlo. Todo se ha vuelto más claro y confortable, hasta el ambiente, que ya venía estando más apaciguado que otros días. Mucho más claro y oxigenado.

Oír su nombre me ha tocado, quizá porque es lo único que no ha perdido: se llama Ali, de Alicia.

Ese es su aroma.

Aunque el hospital se empeñe en restárselo.


Marian Ruiz


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