miércoles, 14 de diciembre de 2016

Ponerlo bonito

Ojalá supiera cuándo terminó de completarse en mi cabeza el nuevo escenario, aunque lo más probable es que no sucediera de repente.


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Sé que le pasa a todo el mundo eso de querer ser cada vez mejor y tener oportunidad de ejercer los propios talentos, pero lo posponemos como si el futuro y solo él tuviese el encargo de acercárnoslo sin intervenir nosotros para nada. Soñamos con ello y a base de soñar desplazamos cosas perfectamente factibles y ejecutables a un terreno idílico donde acaban convertidas en estatuas de sal, impolutas pero irreales (e inservibles). Trasmutadas en imposibles metafísicos. ¡Ah, si yo fuera…! ¡Ah, si yo pudiera…! ¡Ah, si me tocara la lotería!


No salir del desastre

No es que yo tuviera un desastre propiamente dicho, o no en ese momento, pero hay quien lo tiene y al igual que yo no lo hice entonces, tampoco se atreve a dar el paso. De hecho, lo normal es que si lo pasas mal y la situación se dilata, tu autoestima se resienta y no tengas ni lo mínimo que se requiere para tomar medidas. En mi caso, hice costumbre de la carencia, anclada en rutinas e insatisfecha, pero segura de que no podía hacer nada mejor.


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Conviene saltar antes de que sea tarde...

A veces no hay opción, pero para ti que me lees, seguro que la hay.

Soy una privilegiada. O no exactamente, pero como no me gusta ir de víctima ni quejarme por costumbre (ya no), trato de ir ampliando mi zona de confort antes de que venga ella a tocarme mucho la moral. Digo que soy privilegiada en el sentido de no me han machacado en trabajos salvajes o deshumanizados y en el sentido de que pocas veces he sufrido la tiranía de un jefe (sí, su incompetencia).

Y cuando por fin cambié, descansé. No resolví como me hubiera gustado, en plan épico y sacando la guerrera que llevo dentro, y mi alivio posterior me contó que me había estado pesando más de la cuenta.


Saber cómo funcionan los aviones sin saber cómo funciono yo misma

Lo que venía a contar es que desde que he empezado a escribir como si fuera mi oficio de toda la vida estoy encantada. ¿Sabía escribir? Sabía mejor detectar cuándo algo estaba o no bien escrito. He puesto muchísimas palabras una detrás de otra a lo largo de mi vida, pero jamás pensé en hacer profesión de ellas. Ni cuando quise estudiar periodismo ni cuando estudiaba filología.

Sé que ni todo lo que escribo es bueno ni pretendo que lo sea, porque así como rastreo libretas de cuando era más joven y hay cosas con las que me sonrojo, quizá dentro de unos años me pase igual con lo de ahora. Y luego, ese runrún que insiste en que de escribir no se vive y que decido no tomármelo como dogma.

Solo faltaría que yo no estuviera de mi parte.

En su libro Trabajos forzados. Los otros oficios de los escritores, Daria Galateria, profesora de Lengua y Literatura Francesa, relata las componendas de ilustrísimos escritores a quienes no les quedó otra que servirse de los más variados empleos para poder ejercer su pasión que, efectivamente, no les daba de comer: buscadores de fortuna, contrabandistas, conductores de autobús, vendedores de bisutería, fogoneros, cazadores de ballenas, guardias, lavaplatos, verdugos… y mil cosas más. Saint-Exupéry, sin ir más lejos, decía de sí mismo que era aviador. Por ejemplo.

Así que eso parece más factible: hacer cualquier otra cosa que financie la vida y que permita escribir. Porque a escribir se aprende leyendo mucho y escribiendo, así que hay que escribir.


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A mano o a máquina, escribir, escribir, escribir.

Cuentan una anécdota del Papa Wojtila —no era precisamente santo de mi devoción, pero la anécdota me parece buena—, que en una ocasión George Bush visitó la basílica de San Pedro y debió pedir al Santo Padre que la cerrara al público para poder rezar en paz. El Papa no solo no la cerró sino que debió de responderle con un sentido común que ya le hubiera valido extenderlo a otras ocasiones: “La iglesia es de todos. No se cierra. Y si quieres rezar, reza”.

Aplicándolo a lo que me importa: si quieres escribir, escribe. Con independencia de los resultados.


Ponerlo bonito

Sé que el propio acto de escribir me lleva a hacerlo cada vez con menos esfuerzo, cada vez un poco mejor, y que hay algo que sucede en mí y que es mi propio progreso. Eso sí: escribo a diario. Y bastante. Y releo lo escrito. Y de lo escrito me cargo una barbaridad. No me es fácil. Tengo que dar vueltas, muchas vueltas para concretar lo que digo, para no irme por las ramas, para ceñirme al tema. Me ayuda leerme en distintas ocasiones porque es como cambiar un poco la mirada, menos pegada a mí misma, a mi voz, que a veces me suena bien y otras, aborrecible.

También soy consciente de que vuelvo y vuelvo sobre los mismos asuntos y de que me repito como un mal chisme. Ya lo he dicho: se me va la mano como si yo no tuviera nada que decir ni capacidad de oponerme. Así voy siendo. Solo puedo levantar acta.

Pero hay otra cosa que me gusta de escribir y que no tiene que ver con perseguir un hipotético bombazo editorial salido de mi mano (que ni me imagino) y es escribir para otros.

Ponérselo bonito a otros. 


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Esas notas ajenas: así de guapas me quedan.

Que otros me den sus notas así como en revoltillo, y organizárselas para que digan lo que tienen que decir y de la forma más clara posible es... una debilidad.

Con el material de otra persona en mi mano me siento como pez en el agua. Consigo ponerle música antes que a lo mío propio. Cuando lo devuelvo y me dicen “pero qué bonito me lo has puesto” o “has dado en el clavo: es justo lo que quería decir” o “esto sí”, me siento como uno de esos papanoeles hinchados que empiezo a ver en los escaparates de las tiendas.

Por suerte, no todos valemos para lo mismo y cuando se repartieron los talentos por el mundo a cada cual le tocó el suyo. Acaba siendo verdad que somos uno si pensamos en que nadie los tiene todos.


Un poco de ética

Cuando no hay tensión ni disgusto se liberan todas las fuerzas que tienes dentro, decía un arquero.

Confesaré que hay otra cosa que también me gusta: la gente valiente, porque tiene que ver con eso de ser mejor que comentaba al principio. No las personas osadas, irracionales, o que no toman en cuenta los riesgos, sino quienes empujan sus propios límites cada día, de manera callada y sostenida, plantando cara a sus propias fragilidades. Cada día, un poco más. Participando en eso de crear pequeñas cosas un poco más contributivas y amables, y que hacen del mundo ese lugar un poco mejor que todos anhelamos.

Tiene que ver con usar la inteligencia de manera operativa (mi admirado José Antonio Marina, si me leyera, se estaría preguntando de dónde he lo aprendido). J. A. Marina se considera a sí mismo un “adicto a la poesía de lo minucioso” y dice que esa fue la razón de que estudiara filología, “ciencia del leer y del escuchar cuidadoso”.

Quizá fueron esas mismas razones las que me condujeron a mí, aunque reconozco que no lo sé. Pero creo en eso de poner atención en lo pequeño.


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Nada grande se ha hecho sin poner pasión en lo pequeño.

La cosa es que a base de ser un poco más valiente de lo que acostumbraba, me van llegando cada vez más cosas que tienen que ver con eso de ponérselo bonito a otros, así que mi gozo viene de que para sobrevivir con mi escritura, también escribo, y con que además pasa otra cosa curiosa: recibo contenidos muy variados, desde documentos formales para abogados o la Administración y cartas de recomendación, hasta artículos de psicología (colaboro con dos psicólogos) y coaching (y con dos coaches), dos materias que me encantan porque tienen que ver con el uso que damos a las palabras y la importancia de que sean precisas, específicas, concretas, con la menor cantidad de circunloquios posible y con el hecho de que las respetemos.

Respeto por las palabras para no utilizarlas en vano, para no decir voy a hacer tal o cual y no hacerlo, o con hacer promesas a sabiendas de que no las podré cumplir y por el temor de que qué pensarán si digo“no”. Lo que piensen los demás es asunto de los demás. Es su cabeza, son sus propios mapas. Y si tienen algo que decir, lo dirán, o sería bueno que lo dijesen. Y sería bueno para nosotros recordar que no estamos para complacer a nadie más allá de lo que decidamos y a quien decidamos.


… y otro poco de magia

Entonces empieza la magia de las palabras, de las que elegimos y de aquellas que nos eligen a nosotros.

Traigo unos versos que tienen relación con este último caso. Son de Rainer María Rilke, de su Requiem para un poeta:

Solo vemos tus versos que, venciendo
la inclinación de tu sentir, aún clavan
las palabras que tú elegiste. A veces
no pudiste elegirlas: un arranque
se impuso como un todo, y lo decías
como un encargo.


¿Cómo saber qué piensas si no lo expresas, si no sale como una torrentera de ti, de tu boca, de tu escritura?

¿Y cómo hablar de ética si no hay coherencia entre lo que piensas, sientes y dices? Porque hay algo que está en tu mano y en la mía y es cambiar el mundo, pero se empieza por ahí, por cambiar primero yo y después…, también yo, que nadie cambia porque a mí me interese que cambie.

Lo que sí puedo es verificar si los cambios que he hecho en mí han tenido repercusión en mi entorno. Eso sí es posible. Y asombrarme. No se garantiza, pero suele ser así.

Ahora bien, los asuntos lingüísticos no terminan con el mero hecho de expresar algo. Voy a tomar prestado un párrafo de un relato de Woody Allen que se titula “La puta de Mensa” que lo extraigo de La selva del lenguaje, de J. A. Marina:

Un cliente pregunta a la patrona de un burdel: “¿Y si le pido que dos de estas muchachas se vengan conmigo a explicarme las teorías de Noam Chomsky?”, a lo que ella responde: “Eso le va a costar una pasta”.


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Noam Chomsky es un lingüista de referencia con un interés muy particular por las ciencias cognitivas, las que están en la base de todo este asunto del lenguaje y de su efecto en los hablantes. Sentimos de forma global, pero contamos lo que sentimos utilizando palabras: una detrás de otra. Así y todo, no siempre logramos entendernos. Los estados de ánimo tienen mucho que decir al respecto y las palabras suelen estar a su servicio.

No es fácil hacer buen uso de ellas, porque no es fácil ser dueño de las emociones. La coherencia entre lo que se piensa (palabras), se dice (palabras) y se hace (el resultado ) es asunto de gente valiente que se interesa y se arriesga. Y entonces...

es cuando el mundo cambia y se pone bonito.

Más allá de que lo escribamos o no. 

Se empieza, como decía un tuit que me encontré hace poco, bajando el volumen de lo que oigo y subiendo el volumen de lo que siento. Y se continúa por la vía de hacer ecología ahí.


Marian Ruiz


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