sábado, 31 de diciembre de 2016

Casa

árbol, hoja, Marieta Pancheva, blogger


Puedo hablar de los propósitos del nuevo año, de los mejores momentos de este que se va.

De los mejores libros que he leído o de los que quedan sin abrir.

Puedo hablar de lo que he aprendido o de lo que anhelo para el nuevo año.

Puedo hablar del único viaje que hice estos doce meses o de todos los viajes que tengo trazados.

Puedo hablar del momento presente, este, ahora mismo y de cómo me mira la gata que comparte conmigo la mayoría de mis horas. O puedo hablar de los momentos en los que ella no está y que significa que yo estoy lejos.

Puedo hablar de mi casa de aquí en Madrid y de mí como inquilina. O puedo hablar de la que construyó mi padre en Sofía y que ahora permanece vacía. Puedo hablar de estas dos casas temporales y físicas, en dos espacios delimitados y concretos.

Y puedo hablar de otra casa que no es física, que siempre estará en movimiento y que siempre estará construyéndose.  Esta de la que participo. Esta que tiene dos arquitectas, que todos los días añaden ladrillos nuevos.

Puedo hablar de esta casa, cuya idea nació despacio. Cuyo primer ladrillo fue puesto el 5 de agosto de este año bisiesto. Puedo hablar del compromiso, del compartir el peso de las herramientas o el tiempo de los bocetos. Y puedo decir que no es lo mismo construir una casa individual que una compartida.

Este es el décimo año bisiesto de mi vida. Me gustan los años con un día de más. Son necesarios para apreciar el tiempo y diseñar nuevas rutas. Para decidirse, para arriesgarse. Para elegir compañera de casa. Y en esta ocasión no es una casa cualquiera. No está en alquiler, no tiene hipoteca, ni está heredada.

Es una casa que cobija las notas más altas del ritmo de mi corazón. Donde es posible dibujar precipicios y vuelos. Donde es posible inventar palabras y escribirlas sin letras. Donde es posible componer colores. Todos los colores.


tréboles, Marieta Pancheva, blogger


Todos los sabores. A agua, a vida. Con gas, sin gas. Con espuma, sin ella. Con olas, con nubes.

Toda la lluvia. Todas las nieves. Todos los fuegos. Todos los volcanes en erupción y dormidos.

Todos los poetas, cada poesía.

Todas las hojas del otoño.

Cada movimiento de todas las hierbas a punto de nacer.

Todos los rocíos de todas las mañanas en el campo.

Cada granito de arena. Todas las piedras.

Todos los vientos.

Todos los nortes.

Todo, ambrosia.

Toda la música. Todos los instrumentos. Cada sonido por oír.

Cada bruma. Cada marea.

Cada color de todas las palabras por inventar.

Verde.

Blanco.

Naranja.

Todas las horas. Cada minuto.

Todos los pasos por dar.

Cada una de las plumas de todas las alas posibles.

Cada abismo por sobrevolar.

Todas las estrellas de todas las noches y de cada una de ellas.

Todos los abrigos donde sentirse abrazada.

Todas las calles de todas las ciudades invisibles.

Todas las escaleras por subir.

Todas las puertas abiertas. Cada llave.

Todas mis casas.

Y esta, nuestra casa compartida. Nuestra frontera esdrújula, que la única frontera que tiene es el horizonte.

Aunque tú, compañera, seas más de mapas y yo, de brújula. Este es el truco: no hay pérdida posible.


De esto es de lo que decido hablar este último día del año.


árbol, otoño, Casa Campo, Marieta Pancheva, blogger




Marieta Pancheva

3 comentarios:

  1. A veces, mi querida compañera, dejamos de hacer lo que resulta más fácil, quizá por eso mismo: es tan fácil, me lo pones tan fácil... Tejes tanto bonito en tu modo de decir, que replicar con algo se vuelve casi profanación. Solo puedo agradecer cada palabra y cada frase tuya y pedirte que me sigas dando tu voz.

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    1. La tienes: la voz y las veces.

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  2. Gracias. Y discúlpame cuando no sepa estar a la altura de las circunstancias.

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