miércoles, 2 de noviembre de 2016

Y aquella tu voz

Las palabras y los besos comparten un valor de fondo: unas y otros necesitan de alguien que los reciba; si no, pierden su razón de ser. Si das un beso, vendrá uno de vuelta y, si das una palabra, alguna recibes de vuelta.





Solo si se dan viene algo de vuelta. 

Hablando de besos, un inciso: opino que no deberían existir los que llamamos de cortesía, que con un apretón de manos entre dos personas que acaban de conocerse debería ser suficiente, porque tampoco entregamos las mismas palabras a quienes queremos que a quienes nos acaban de presentar. Pero ese es otro asunto.


Lo dije hace poco en un microrrelato: me enamoro de las palabras. Dije cuál era mi favorita y por qué. Que una palabra de más de una sílaba esté tan pegada a su significado, me asombra. De hecho, la idea de que a cada palabra le esté asociada una cosa o un concepto y que todo esto haya sido producto de ponernos de acuerdo los distintos grupos humanos, ¿no es increíble? Con lo que nos cuesta hacer acuerdos para otras cosas... Se ve que esta necesidad fue acuciante.





Esa que digo que es mi favorita la rescato para ponerla al final de este texto.

Tengo otras. Y cada una tiene lo suyo, sobre todo, una música particular:

  • Atalantar: toda llena de vocales blancas, luminosa como un día de primavera. Y tiene que ver con enamorarse, que es lo que me pasa a mí con ella.
  • Serendipia: me suena a destilado mágico y misterioso. Es mágico y misterioso encontrarse con algo valioso cuando lo que se buscaba era otra cosa. Una hermosa zancadilla.
  • Furtiva: una furtiva lacrima. En mi memoria furtiva y lágrima están enlazadas por la ópera L´elisir d´amore: la cadencia en la voz del barítono (pudo ser Luciano Pavarotti) y ya no hay forma de despegarlas.
  • Lamia: es relamerse, como catar algo. Nada que ver con el animal mitológico que representa. En todo caso, nada más lejos de sentir terror cuando la pronuncio.



  • Jacaranda: quizá, como atalantar, por sus cuatro aes. Y así, llana, no jacarandá. Se me llenan de flores azules los ojos y la boca.
  • Miscelánea: algo se me desliza al decirla. Es esdrújula. Las esdrújulas ¡son tan musicales!
  • Preludio: hay una calle en Madrid con este nombre, un anuncio de que está todo por pasar. Quizá no es casualidad que sea una palabra tan ligada a la música. No es esdrújula, pero tiene tres sílabas que ya le dan un empaque.
  • Uluru: no me vuelve loca, pero me llama la atención tanta univocalidad, si puedo  decirlo de esta manera; tan enigmática como la montaña que designa.
Descubro, a medida que las anoto, que casi todas contienen la letra “r” y la mitad de ellas, la letra “l” también. Y casi todas, más de dos sílabas. Algo debe decir de mí, además de lo que dice de ellas. 

Ahí van dos más:



  • Esdrújula: por ser esdrújula precisamente, porque las esdrújulas tienen una cadencia y una melodía especial. Porque lo somos nosotras, que tenemos nuestra propia cadencia y nuestra particular música.
  • Hojarasca: esta es a la que me refería al principio, mi favorita, que suena a crujiente de hojas. Un plato de otoño que hace las delicias de mi niña interior.

Conste que me gustan no tanto por lo que significan como por cómo suenan. Y conste también que me parece difícil separar una palabra conocida de aquello a lo que remite, pero con estas, quién sabe por qué, casi siempre lo consigo. Como que me engolosinan.
Como las voces, que a veces no es tanto lo que nos dice alguien que hasta puede ser un desconocido (al que ni opción de estrechar la mano tendríamos), como que nos diga algo, lo que sea, con esa voz, esa música reconocible e irrepetible de su voz. ¿No te hace sentir como un calor cercano? Palabras que lo de menos es lo que te dicen.




Recuerdo al locutor de un programa que empezaba bien tarde, su voz, una resonancia capaz de transformar cualquier lugar en un espacio íntimo. No tengo idea de su nombre, pero ha quedado pegada en mi memoria la frase con la que cerraba el programa y que quizá ni siquiera era suya:

«Itxasoak isurtzen dituen olatu guztiak berdinak ez direlako».
«Porque  todas las olas que arroja el mar no son  iguales».

Tampoco tu voz se parece a ninguna otra, lector. Me encantaría saber cómo suena, cómo se despliega  por esta pista sin señalizar que reemplaza al folio en blanco. 

Dime, ¿cuál es tu  palabra favorita?




Marian Ruiz

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