sábado, 12 de noviembre de 2016

Los títulos


Lo confieso.

Colecciono títulos. Colecciono esas palabras envoltorias que a veces no son más que palabras vacías, que a veces no son más que un quizá, más que un apenas. Y que, sin embargo, a veces lo son todo.

Lo confieso.

Michael Houellebecq, La posibilidad de una isla, títulosJosé Saramago, Las intermitencias de la muerte, títulos, librosCasa de arena y nuiebla, libros, títulos


Soy compradora compulsiva de títulos. De palabras que esconden posibilidades de un hogar diferente donde cobijarme y sentirme a salvo. Como La posibilidad de una isla, en cuyo universo “nadie está cerca de nadie”. Y “a cualquier observador imparcial le resulta evidente que el individuo humano no puede ser feliz, que no ha sido en absoluto concebido para la felicidad, y que su único destino posible es propagar la desgracia a su alrededor, haciendo que la vida de los demás sea tan intolerable como la suya propia; y por lo general sus primeras víctimas son sus padres”. Pobre protagonista y su desdicha de la que no estoy de acuerdo, pero allí está el título que me atrapa. Y no me resistí.

Los padres…

Como Casa de arena y niebla. Como Las intermitencias de la muerte o La soledad de los números primos.

Como En busca del tiempo perdido donde no es el olor a magdalena lo que me guía, sino las ganas de apresar el lapso que soy, devorarlo y hacerlo mío. Más allá de El país de Nunca Jamás, más allá y A través del espejo. El título tiene que llevar implícita la necesidad del momento, la posibilidad de verme reflejada en él lo suficiente como para sentir cumplidas mis expectativas antes siquiera de abrir el propio libro. Porque para mí el

TÍTULO = LIBRO + AUTOR.

Porque no hay otro igual, o al menos no debería. Es equivalente a cuando morimos: queda nuestro nombre, la palabra que en vida nos diferencia de los demás.

NOMBRE = VIDA + SER

Los padres…


Marieta Pancheva, libros, títulos, antiguo
Foto: Marieta Pancheva

Llega un momento extraño, interior, al que nos tenemos que enfrentar tarde o temprano si queremos seguir hacia adelante. Y tenemos que hacerlo a solas. Es el momento de la pérdida del núcleo familiar y más tarde, el de la pérdida propiamente dicha de los padres. Y una de las tareas más complicadas para un amante de la lectura es enfrentarse a bibliotecas llenas y presentes a lo largo de su vida. Enfrentarse y elegir con qué libros quedarse y cuáles guardar para más tarde buscarles otras manos y otros ojos.

Mil y pico, mil y muchos picos variables de títulos que se han ido sumando a lo largo de la vida y de los que toca despedirme. En su dormitorio, en la sala de estar, en las dos terrazas, en mi cuarto, en la despensa entre latas de comida, en la cocina. Títulos de vidas que ya no están y que sirven para observar cómo ha transcurrido el tiempo, cómo hemos cambiado, si hemos cambiado siquiera.

Ella empezó con poesía, literatura fantástica, ciencia ficción y llegó a ser devoradora de esoterismo y religión a partes iguales. En medio del camino se perdió y dejó de leer.
Él no cambió a lo largo de su vida. Fue de ensayo y de grandes clásicos rusos y franceses. La última novela que compró, por su cuidada edición, fue La náusea de Sartre. Él compraba los libros por ediciones; yo, por títulos.

Guardaron sus obras en común durante toda su vida conjunta en el dormitorio, en la sala de estar, en las terrazas, en la despensa, en la cocina. En cambio, los míos fueron siempre aparte en mi cuarto.Me costaba mezclar mis mapas de navegación, temía perderme entre tantos títulos desconocidos que se me hacían continentes en medio de varios océanos, por ser yo más de islas solitarias. Hasta los diecinueve años que dejé el hogar paterno y trasladé mis ansias de leer a España.

Y ha llegado este momento extraño, interior, al que me tengo que enfrentar y decidir con qué libros me quedo. Vuelvo a leer títulos y autores desconocidos que no me dicen nada y otros que ya me suenan, a tiempo aún de que me sobrevenga una sensación de orgullo familiar tardío. 

Y este olor a libro viejo, a libro sentido y palpitante me invita, me invade y me puede. Y otra vez selecciono. Pero esta vez por necesidad y no por placer. Títulos que seguirán formando parte de mi vida, mientras otros quedarán poco a poco en el olvido indeseado de la despedida forzosa. Por esa necesidad, a veces egoísta; otras, innegociable, del espacio que nos podemos permitir. 

Marieta Pancheva, libros, títulos, libro antiguo, páginas
Foto: Marieta Pancheva



Marieta Pancheva

No hay comentarios:

Publicar un comentario