miércoles, 12 de octubre de 2016

El bilingüismo y el 12 de octubre

Me enseñaron el mundo en búlgaro, aunque siempre fui inquieta y desde un principio supe que había universo más allá de ese idioma en el que leí mis primeros libros.

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Roseta de Pliska.
Fuente: stasiotica.blogspot.com.es
Recuerdo los que nos obligaban a leer en el colegio y el primero que escogí por voluntad propia. Los del colegio, clásicos de la historia búlgara, más que de su literatura. El escogido, En busca del fuego, con sus tapas verdes y olor a libertad. Leí algunos en ruso, igualmente resultado del tiempo en que me tocó nacer. En inglés, por obligación también, que a esa corta edad, nunca me atraparon.

Pero siempre quise más. Busqué lo diferente, lo de por elección propia. Me compraba libros de segunda mano en sueco, danés y finés, aunque nunca llegué a leerlos.

A los doce me dio por el italiano. Quise vivir en Roma, Venecia o Nápoles. O Milán. Y la vida decidió por mí: en Bulgaria no había institutos bilingües de italiano y, en cambio, sí hubo uno en el idioma que se iba a convertir en el que escribiría a partir de entonces.

A los trece empecé con el español y el primer año transcurrió entre clases para su rápida adquisición. Un año entero, todos los días más de seis horas, a los que acompañaban los deberes para casa. Toda una nueva percepción del mundo. Todo un mundo nuevo. A los trece ya sabía que no iba a ser Italia, sino España el país que elegiría para construir mi hogar, mi identidad social, mi propio discurso lingüístico. Por fin me había encontrado.

Los siguientes cuatro años fueron de educación secundaria impartida íntegramente en español, excepto matemáticas, lengua y literatura búlgaras. Así, hasta los dieciocho. Los que optábamos por los institutos bilingües acabábamos un año más tarde que el resto del alumnado que decidía permanecer en enseñanza secundaria no bilingüe.

Recuerdo el primer libro en español que me prestaron: el Popol Vuh. Complicado para una niña de catorce sin el conocimiento lingüístico suficiente. Y recuerdo todos los libros de Unamuno que leí y que fueron los que me hicieron escoger Filología Hispánica, primero en Sofía y un año más tarde con traslado a Madrid.

A mis treintainueve años, llevo casi veinte en este país que ya considero mi hogar.

No recuerdo cuando dejé de pensar en búlgaro. No lo utilizo en mis relaciones, ni en mi casa; no tengo amigos búlgaros aquí y, desde que no están mis padres, apenas me comunico por teléfono o por escrito con algún familiar.

Pienso en español, cuento en español, sueño en español. Soy en español. Y cuando vuelvo a Sofía, ya cada vez menos, percibo aquel lejano mundo de mi infancia con ojos de aquí. Empieza a haber cosas que no comprendo, palabras nuevas, una sociedad diferente. Y me planteo si, inconscientemente, fue elección propia o la vida quiso desde el principio señalarme lo que me tenía guardado.

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Fuente: yourskool.com
Escribo en español y no soy capaz de traducir con la misma agilidad mis propias palabras a mi lengua materna. Ni de componer poesía que no sea en español. Ni disfruto igual cuando leo en otro idioma. Solo un 5% de mi biblioteca son libros en búlgaro y no precisamente de literatura búlgara, sino traducciones de otras hablas.

Y muchas veces me planteo si soy bilingüe. Y si empleo los dos idiomas por igual, ya que mi herencia materna cada vez está más lejos y no estoy involucrada en su evolución, ni mucho menos presente.

Busco en Internet y me topo con la explicación de Etxebarria Arostegui y sus tres rasgos básicos para el bilingüismo: la autonomía de los códigos, la alternancia sin problemas de estos y la capacidad de expresar los mismos contenidos en ambos sistemas lingüísticos.

Así que, según la relación entre lenguaje y pensamiento soy bilingüe coordinada (persona que aprende el segundo idioma algo más tarde); según la edad de adquisición, bilingüe de adolescencia; según la pertenencia y la identidad culturales, oscilo entre bilingüe aculturada (persona que renuncia a su cultura de origen y adopta la cultura de la segunda lengua) y bicultural (persona que se identifica positivamente con los grupos culturales de ambas lenguas y se reconoce como miembro en dichos grupos). Y lo que no tengo claro es si soy bilingüe equilibrada o dominante. En la más estricta terminología lingüística. Pues no sé si poseo dominio similar de las dos lenguas o un predominio de una de ellas sobre la otra.
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Fuente: dreamstime.com
Y aquí sigo. No es que me devane mucho los sesos con la cuestión, pero hoy, 12 de octubre, día también de la lengua española, vuelvo a plantearme el asunto. Y decido seguir siendo como soy: sin fronteras y con toda la libertad para proclamar este corazón y lengua míos de aquí y de ahora.

Y, por último, también recuerdo a mi primer profesor de literatura de la Complutense. Aquel que me hizo enamorarme de la poesía española. Aquel de los de antaño, de los que ya no quedan. Aún me emociono cada vez que pienso en él y recuerdo las veces que le pedí asistir a sus clases, a todas sus clases. Por su forma de leer y de sentir la poesía. Me regaló a Dámaso Alonso y a Juan Ramón Jiménez. Volvió sobre Unamuno y fue más allá. Fue el primero en ponerme Matrícula de Honor, él que nunca ponía notas tan raras, por un trabajo sobre el cuento de La felicidad de Ana María Matute, que aún guardo con su letra escrita a lápiz. Y yo, recién llegada de otro país, que le había presentado el trabajo escrito a mano, desconociendo las reglas académicas, me enamoré. Falleció 27 días antes que mi padre y se llamaba José Paulino Ayuso. Estoy segura de que en algún lugar se habrán conocido.

Revivo mi trayectoria hasta hoy y me siento afortunada por todo lo aprendido. Por esta segunda lengua que ya es primera. Aunque siempre he pensado que no es cuestión de dividir lo hablado o lo escrito en lenguas. Al fin y al cabo son palabras nuevas que contribuyen a la expansión de nuestro diccionario. No es cuestión de si somos bilingües, políglotas o nos comunicamos a través de signos. Lo importante es la comunicación, formar parte de la sociedad que elegimos y de sus códigos de conducta.

Que en casa, a solas, uno se comunica consigo mismo como le da la gana.

Y también el 12 de octubre celebra lo que le da la gana.


Marieta Pancheva

5 comentarios:

  1. Menuda mezcla maravillosa. Me ha gustado leer la ternura con que hablas de tus lenguas. La palabra, la comunicación al fin y al cabo, es lo primordial.
    Seguir escribiendo es lo que nos salva del hastío. Sigue, seguid haciéndolo tan bien.
    Besos y abrazos
    Eva Trigo

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    1. Gracias, Eva, por compartir la sensibilidad y las oportunidades de comunicación infinitas.
      Sigo, seguimos, seguiremos.
      Un abrazo.

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  2. De acuerdo contigo, Eva. Marieta, sea en la lengua que sea, es una enamorada de las palabras. Por eso es capaz de hablar de ellas así, con tacto, prudencia y toda esa ternura. Que nos quede siempre la palabra. Un abrazote.

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  3. Detras de brillantes carreras bilingúes hay historias q exolican la lengua como lugar de refugio, a veces incluso d salvación o d huida. Con el tiempo la nueva lengua se vuelve cultural y social, se adapta a lo q somos. Pero casi nadie será capaz d emplear esa lengua para hacer literatura y menos aún, poesía. Es una gran historia d superación y reencuentro.

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    1. Gracias, querida Anónimo, por todo lo que señalas y por acercarte a este refugio llamado lengua y por formar parte de él.Un abrazo.

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