miércoles, 26 de octubre de 2016

Diecisiete libros


Marieta Pancheva, libros, manos, abuela, soledad
Foto: Marieta Pancheva

Una casa de menos de treinta metros cuadrados donde ha criado a dos hijos y han vivido cuatro. A sus ochenta y cuatro años, lleva más de cincuenta aquí. En menos de dos días la llevan a la residencia, venden su hogar, se va.

Vine hace casi dos meses para hacerle compañía en estos momentos de inminente tránsito. Me gusta estar con ella, cuidar de ella, conocerla y que me cuente. Tiene Parkinson, aunque para ella es simplemente un nombre extranjero más.

Se cae cuando está sola; incluso hoy antes de llegar ya se ha curado las heridas y me espera con su mejor sonrisa. Le preparo el desayuno y me siento en la única silla que hay frente a la suya para acompañarla. Y otra vez me pregunta dónde he estado todos estos años yo que llevo tres de vecina suya. Me dice que me echará de menos, ahora que ya me tiene de amiga, y me cuenta de cuando era pequeña y joven y madre y abuela. Me cuenta de sus seres queridos, de los que quedan y de los que se han marchado y la esperan ya no muy lejos en el tiempo.

Le pregunto si echará de menos su casa y se emociona al decirme que teme que en el traslado se rompan los patos de cerámica que le había regalado su madre. Unos patos de cerámica en medio de los diecisiete libros que ocupan el único lugar visible de un viejo mueble de madera muchas veces barnizado, en cuyo interior esconde las camas de sus dos hijos.

Diecisiete libros y alguna revista de cocina. Los tomos trece y catorce de la Enciclopedia Larousse, un diccionario básico, una guía de transporte de Madrid y tres de viaje por España, dos libros para los amantes de la cerveza y unos cuantos más cuyos títulos se esconden tímidos tras las fotos de las nietas gemelas de cinco años.

libros, soledad, vejez
Foto: Marieta Pancheva

Se coge el pecho con la mano izquierda y vuelve a repetirme:

El corazón siempre está cansado.

Me pregunta si he estudiado y me cuenta que sus hijos han preferido ayudar a la economía familiar antes que estudiar. Igual que su marido ya difunto. Igual que ella.

Y los diecisiete libros de toda su vida se vuelven, junto a los patos y las fotos, el tesoro más preciado de este hogar que en breve pasará a ser de otros.

Decido leerle. Y le leo fragmentos de las Crónicas Marcianas de Bradbury, que a veces llevo conmigo. Sonríe. Se queda dormida y sonríe. De vez en cuando abre los ojos, me coge de la mano y susurra triste:

Creí que te habías ido.

¿Cómo voy a irme? Si ya sujeta entre sus manos mi corazón. Si tanto me recuerda a mi abuela que no llegó a su edad y a la que también leía fragmentos del mismo libro. Y me siento afortunada, yo que leo porque tengo tiempo para leer. Yo que sé que si no llega a ser por personas como ella o mi abuela, nunca hubiera llegado a ir a la escuela y aprendido a leer. Si no llega a ser por personas como ellas, que lo han sacrificado todo para sacar a sus hijos adelante, en la confianza de que llegarían otros tiempos en que otros les leerían lo que ellas no pudieron.


Marieta Pancheva, libros, manos, soledad, abuela
Foto: Marieta Pancheva

El corazón se cansa cuando se acercan las despedidas, dichoso y desdichado, que siempre recuerda los latidos de sus seres queridos y aún es capaz de abrirse y compartir.


Marieta Pancheva 

No hay comentarios:

Publicar un comentario