miércoles, 5 de octubre de 2016

Cuentos sin hadas



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Ilustración: Benjamin Lacombe
Ed. Edelvives
Fuente: edelvives.com

¿Cuánto de realidad hay en la ficción y cuánta ficción se viste de vida?

¿Por qué nacemos entre cuentos que nos leen nuestros mayores y que recordamos durante toda una existencia para así contarlos a los niños de nuestras vidas?

Los cuentos de hadas ofrecen un incalculable valor a la imaginación y unas diferentes dimensiones por descubrir. En los cuentos de hadas está nuestra naturaleza humana. Estamos nosotros, disfrazados de príncipes y de princesas, de bellas durmientes y de cenicientas, de campesinos y de animales hechizados…

Por algo todos los cuentos de hadas narran la vida de héroes sin nombres o con nombres genéricos, para que todos nos podamos identificar. Solo un nombre por cuento. Los demás personajes carecen de él, no les hace falta, no somos nosotros.

Nos identificamos, viajamos, luchamos, salvamos a otros seres de los que luego nos enamoramos o a otros seres que nos salvan del hechizo que padecemos.

Érase una vez…

Érase una vez en un lejano país…

Ni aquí. Ni ahora. Es ficción, pero disfrazada de vida, que enseña, que nos vuelve maduros.


cuentos, leer, Pulgarcito
Ilustración: Philippe Lechermeier y Rebecca Dautremer 
Ed. Edelvives
Fuente: edelvives.com

Nos cuentan y contamos batallas, visitamos antiguos pueblos y cumbres de montañas entre nubes. Y todo es real. Todo nos libera de la servidumbre que implica seguir las órdenes de los adultos. Hasta que nos damos cuenta por nosotros mismos de que la vida está ahí fuera. Esa vez y ese lejano país donde transcurren los cuentos con su meditada imprecisión nos salvan, inconscientemente, de nuestro miedo a enfrentarnos a la realidad. Soñamos. Y sabemos que si no lo hiciéramos no seríamos capaces de manejar los futuros escenarios que nos ofrecerá la vida de adultos.

Somos la infancia que nos brinda la oportunidad de crecer, de evolucionar, de cubrir el vacío que deja en nosotros el desequilibrio entre experiencias internas y externas. Y aunque lo que los cuentos nos susurran no pase en realidad, sí ocurre dentro de nosotros y simboliza la evolución hacia una existencia independiente.

Con ellos aprendemos que llega un momento en que nuestros padres se van. O nos vamos nosotros. Nos vemos impulsados a marcharnos de casa, a adentrarnos en el bosque, a enfrentarnos a lobos y a llegar hasta el final del camino, por muy peligroso que nos parezca o resulte. Así es nuestro inevitable proceso evolutivo. Y vencer el dolor y el miedo, correr todos los riesgos, aprender a creer en la posibilidad de un final feliz, donde construimos nuestro propio hogar, nos enamoramos y comemos perdices.

No sabemos qué pasa después de comer las perdices, si seguiremos enamorados o por cuánto tiempo, pero decidimos confiar en la vida, que ella sí sabe de nosotros.

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Ilustración: Mar Ferrero
Ed. Edelvives
Fuente: edelvives.com


Nuestra vulnerabilidad queda dividida en dos: el abandono de la casa paterna y la creación del propio hogar. Es nuestro miedo a dejar lo conocido y enfrentarnos a lo desconocido, desintegrarnos para volver a reunir las piezas del rompecabezas que somos. A esto es a lo que nos invitan los cuentos de hadas. A verlo posible, a creer que podemos ser felices. A superar los conflictos internos, a vencer a los monstruos de nuestra infancia, aquellos que a veces están escondidos bajo la cama; otras, en el propio interior.

Hay cuentos y cuentos. Pero contamos solo los que nos hacen reflexionar y buscar el modo de salir de la oscuridad del bosque, lejos del hogar y donde empezamos a comprender lo que queremos ser. Aunque podemos optar por no atravesarlo y permanecer en la casa paterna, en nuestra zona de confort, incapaces de desligarnos y evolucionar. En cualquier caso, nos hacen cuestionar el marco de referencia, que es este espacio anterior y privado, que nos sirve para estructurar el futuro.

Uno de los cuentos más grandes de la historia de la humanidad refleja la importancia del bosque. Leemos en la Divina Comedia:


Y hablamos con sapos, con águilas, con zorros. Volvemos las calabazas carrozas y calzamos zapatos de cristal de tamaños diferentes a los de nuestros pies. Comemos manzanas, hablamos con espejos… Siempre en busca de algo más allá del hogar paterno.

Nos vemos como patitos feos, como bestias de noche. Como princesas. 

Nunca somos las madrastras, el padre furioso, el mercader corrupto. Nunca somos los de sin nombre. Y nos olvidamos de que sin ellos no seríamos nosotros.

Bruno Bettelheim, autor de Psicoanálisis de los cuentos de hadas, nos recuerda todo esto y que…


Olvidamos que también hemos sido niños y que no hay mayor verdad para un niño que aquello que desea: llenarse los bolsillos de magia. Olvidamos que la fantasía es el mejor recurso para dar forma a esa materia prima que hemos sido al nacer. Y si nos vemos privados de los cuentos que otros nos cuentan, nuestras vidas de adultos se quedan a medio camino. Sin hadas.



Marieta Pancheva

2 comentarios:

  1. La posibilidad de leer los cuentos de hadas como una lectura simbólica de la realidad, como sugiere Marieta, crea para mi el verdadero interés por este tipo de relato.
    Desafortunadamente los cuentos de hadas han sido en múltiples ocasiones empleados para defender los modelos más rancios de vida.

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    1. Gracias, Anónimo, por leernos y por darle esta posibilidad a los cuentos, con o sin hadas. Hay muchos tipos de cuentos. Y quedan cuentos por inventar, que evolucionan y evolucionarán a nuestro paso y seguirán más allá de nosotros.
      En nuestras manos está inventar, crear y creer.
      Un abrazo y ¡sigamos leyendo!

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