miércoles, 28 de septiembre de 2016

El abuelo

Marieta Pancheva, libros, recuerdos
Foto: Marieta Pancheva


Una caja de recuerdos.
Un par de cuadernos que esconden huellas de manos firmes, recetas, números de contacto, medidas para confeccionar jerséis de lana.
Una correa de perro fiel que ya no acompaña.
El primer reloj, regalo de la abuela, que aún funciona.

Y un libro.


Marieta Pancheva, libros, recuerdos
Foto: Marieta Pancheva

Un libro tan antiguo como el mundo que puede imaginar una niña de tres, siete, once años. Luego la niña se hace adolescente, joven, adulta, y expande sus miras. Se da cuenta de que el universo es mucho más antiguo que el libro que guarda. Pero el libro que guarda es el universo del abuelo.

Su abuelo, que fue el primero en leerle cuentos y el primero en componerlos para ella. El que le enseñó a escribir antes de que la niña acudiese a la escuela. A la luz de las velas, cuando en las noches de invierno cortaban la electricidad y solo existían ellos dos, mientras la abuela hacía dulces en la cocina. Aún recuerda su voz profunda y quieta, sus manos sabias y su sordera que nunca le impidió contar cuentos.

Cuando el abuelo se marchó para siempre el agosto de su undécimo cumpleaños—, la niña no lloró porque sabía que él siempre estaría. Le había dejado su libro como señal.


Marieta Pancheva, libros, recuerdos
Foto: Marieta Pancheva

Un libro que a partir de aquel momento iba a viajar con ella a países lejanos, siempre con ella.

Libro viejo que se abre y lo primero que ofrece es un nombre escrito a mano y una fecha: principios de los años 30 del siglo pasado. Un poco más de 140 páginas, descosidas, amarillentas, tantas veces acariciadas. El título: Corazón de oro. Como el de todos los abuelos.

Veintiocho años más tarde el libro sigue formando parte de ella. Cuando quiere recordar, lo abre, inspira su aroma a hogar y lo hojea poco a poco. Nunca ha llegado a leerlo entero. No conoce cómo termina la historia. Ni el abuelo alcanzó a acompañarla hasta el final. Y sabe que nunca lo leerá, porque solo así habrá algo que le quede de él y la espere siempre. Así tendrá algo que hacer cuando nada más quede.

E imagina que todos tenemos libros así. De algún abuelo o de cualquier otro familiar, de algún antiguo novio o quizá rescatado del olvido de otros. Libros sin título, con su olor a páginas vividas. Libros de cuentos, de amor o de locura. Libros tristes o alegres. Imagina que todos tenemos alguno así, que a veces dejamos de lado y otras, nos salvan de la melancolía del momento. Que nos hablan de otros tiempos y del tiempo que miente para volvernos reales.


Marieta Pancheva

4 comentarios:

  1. Algunas historias nos las regalan, nos ayudan así a tener una vida más habitable. No podemos pasarnos sin estas historias, las que nos recuerdan lo esencial, lo que nos hace personas. Sin aquellos que las escriben tampoco podríamos pasarnos. Gracias por vuestra ayuda.

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    1. Maravillosas palabras llenas de sensibilidad y color. Gracias por ellas, Elena. Por ellas, por hacerle un hueco a ese abuelo, por seguirnos.

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  2. Adoro las historias de abuelos y abuelas... tan cálidas y cercanas. Me encanta leeros.
    Besos

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    1. Gracias, querida Etcétera. Gracias, Eva, por tus palabras. Nos encanta leer palabras así. Ya sabes: metaencantadas y conectadas estamos.
      Dos abrazos.

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