miércoles, 3 de agosto de 2016

LIBROS, LEER... ¿PARA QUÉ?




Dicen que leer amplifica la vida. A nosotras nos zambulle en océanos paralelos hasta el punto de que, si esta otra realidad más inmediata y menos fascinante no viniera a despertarnos, nos quedaríamos a vivir ahí; a curarnos de soledad, de frustración, de decepciones y desgracias varias.

Pero la experiencia de leerlos y de compartir lo que extraemos es lo más que podemos tomar y, si leemos como hay que leer, la verdad es que nos alivia la vida. Mucho.

Esto que parece normal, que leyera todo el mundo y que todo el mundo sacara conclusiones, no lo es. La mayoría negará tres veces el libro antes que negar una sola vez, por ejemplo, el bar. Así de raro es leer. De esto se hace eco Zenda, al equiparar el desuso del  punto y coma y la desaparición de los bares literarios con la desaparición del hábito de la lectura (que no sé si hemos tenido alguna vez).

Si nos preguntáramos para qué bajamos al bar, si honestamente respondiéramos si vamos a contar más de lo mismo a los de siempre o si es para intercambiar opiniones y aprender algo, nos acometería un rubor quinceañero. Nos agregamos en las redes sociales con tremenda soltura, pero asaltarnos mutua y recíprocamente en un bar para descubrir quiénes somos y qué opinamos de esto o de aquello (y sin la presión de tener razón), es otra harina de otro costal.


¿Pierde forma nuestra imaginación porque no leemos?


Solo después de la quinta cerveza o del cuarto vino se nos empieza a disolver el apuro y nos volvemos más expansivos; la mente, más esponjosa y locuaz; el ingenio, subido. No me digas: ese instante previo a las dificultades de la vocalización y el orden en el decir es muy agradecido. Pero no es esto a lo que venía.

Los cafés literarios renacen al socaire de negocios reinventados e híbridos que quizá no traigan el empuje de los utópicos de tiempos pasados, pero que en algo se afanan. Quizá en rescatar dos iniciativas que viven horas regulares: una, la de la proliferación de cafeterías cada vez más especializadas y atractivas, que ya no sabes ni cuál escoger; otra, ese viejo sueño romántico de que en este país se lea, que si no logramos por otra razón, quizá por esa envidia que nadie discute de nuestro ADN. Porque la gente interesante suele leer.



Libros, leer... para qué, café literario, compartir
Imagen: Blog Piensa1momento


Difícilmente podemos ponernos de acuerdo entre nosotros si no hemos aprendido antes a descifrar adecuadamente un texto y, antes aún, a organizar nuestros pensamientos, cosa a la que leer también ayuda.

Para no perdernos, que de eso sí sabemos.

Requiere un cierto hábito de afinamiento de algo que los antiguos llamaban voluntad.

Robert Hare dice que nuestra cultura está admitiendo como normales cosas propias de una mentalidad psicopática, y suponemos que no es por meter miedo.

Libros, leer: ahí tenemos un antídoto muy básico. 




Marian Ruiz





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