miércoles, 31 de agosto de 2016

El mismo ovillo


Relato, microrrelato, microcreación


I
Fue un choque de trenes que circulaban en sentido contrario por una vía de alta velocidad.

Ella, el despojo de algunos naufragios en busca de nuevas tablas de salvación, una barca a la deriva que vendería su alma al diablo por mantenerse a flote. Él, un planeta ávido de satélites.

No es difícil predecir cómo pasó.

En un instante todo es neutral: el aula con sus paredes blancas y sucias, los alumnos con sus escasas y luminosas ropas veraniegas, pequeños montones de libros sobre taquillas grises. El profesor, serio, colaborativo, competente. Ella, su blusa azul, su falda blanca. Julio, en puertas.

En otro instante nada es neutral: la luminosidad del aire, la corriente de simpatía, el interés del profesor, sus brazos, su sonrisa de vértigo. Ese cuerpo. Imposible que un profesor de inglés tenga ese cuerpo.

—Tú sabes lo que está pasando aquí. Eres lista.

El alrededor se ha desenfocado. La vida ahora es un zoom o un efecto bokeh iluminando la escena. Arrebatadora psicodelia. ¿Suena una música o es la imaginación de ella?

Antes solo ha conocido amores en guerra, desérticos, fugitivos. ¿Va a seguir lamentándose toda su vida? ¿No es fracaso dejar de intentarlo?

No pensar, no resistirse ahora que aún todo es posible.

— Si no vives como piensas, acabarás pensando como vives.




Todos se han ido, excepto ellos, que se demoran más de la cuenta en recoger sus folios, sus cuadernos, sus bolígrafos de colores. La magia se vuelve presente, habita en esa aula y ocupa el preciso espacio que hay entre sus cuerpos.

—Tienes una luz especial.

—Me gustaría creerte.

Aún no ha encontrado su lugar en el mundo, pero está reconociéndolo ahí, en el cuerpo del otro, en todo lo suyo del otro. Su corazón, una llama ingenua que se bate por borrar de su memoria el pasado.

En el aula solo quedan dos cuerpos locos, enfebrecidos.

Una mano sube por debajo de una falda, una blusa cae al suelo.

—No sabes…

—Déjame amarte. No hay nada que perder.

Un amor sin medida ni compostura que solo anhela quebrantar la noción del tiempo. Abre sus brazos para atraparlo y derramarse en él.


II
La imagen quedó congelada y se reedita una y otra vez: un joven con aspecto de haber pasado su vida salvando bañistas en piscinas de lujo, paredes blancas y sucias, alumnos con escasas y luminosas ropas, pequeños montoncitos de libros sobre taquillas grises. Un joven que no parece un profesor de inglés mira a su nueva alumna y el aire se llena de magia e ilumina su blusa, su falda…

Una joven asiste a la escena, la puerta entreabierta, la luz oblicua. La sangre golpea sus sienes. Los jadeos le devuelven el eco impetuoso de su último viaje, de su accidentado final. Del impacto de dos trenes que se atropellaron por circular en sentido contrario.

Apenas ha transcurrido un año y aún queda chatarra oxidada en las vías.


Relato, microrrelato, microcreación



Marian Ruiz 


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