miércoles, 10 de agosto de 2016

Seducir con palabras



Seducir, palabras, escritura creativa, recursos literarios
Imagen: blog de Adela Leonsegui

¿Qué tiene la palabra que no tenga un buen cuerpo que, dicen, es lo imprescindible para seducir?

Una cara bonita, un buen bronceado, un look elegante: exigencias de la publicidad para que nos llevemos el gato (o la gata) al agua. Las mujeres-cisne de Truman Capote lo sabían: bellas, educadas, elegantes, nacidas para seducir-cazar multimillonarios: "En ese momento me di cuenta de que, nadando bajo esa primorosa superficie, siempre había habido un niño temeroso de ahogarse", dice refiriéndose a una de ellas. 

Me vienen a la cabeza porque leí hace poco su irreverente y procaz Plegarias Atendidas, pero ni siquiera habría hecho falta: los medios de comunicación no nos dan tregua en cuanto a cómo ser y estar hermosos y deseables. Nosotras y ellos, que ya no se salva nadie.

¿Seducir para sacarle la pasta al incauto o a la incauta de turno? No es tu objetivo.

Lo sé. Sé lo que quieres cuando piensas en seducir: sorprender, satisfacer, conseguir que te crean, que te lean, que devoren tus letras, que crean en ti hasta los más escépticos. ¿No es así?

Para eso, como decía Van Gogh, primero tienes que

experimentar lo que quieres expresar.

¿Cómo va esto?

Pues verás:

Si reaccionas con desconfianza, con miedo, o te indignas cuando ves que alguien chungo “va por ti”, es difícil que saques provecho de la situación porque justo lo que estás experimentando ni te gusta ni te hace sentir especial.

Todo lo contrario.

Nadie va a rendirse a tus encantos no por mucho tiempo—, aunque tu aspecto sea arrebatador, si no sabes cómo mover los corazones de quienes quieres que te pueden seguir. Es verdad que nadie pierde a sus amigos por no explicarse mejor, aunque si lo hiciera, fijo que podría ahorrarse más de un malentendido. 

Primero: no nos dedicamos solo a los amigos y aunque así fuera, desplegamos todo el arte del que somos capaces. 

Una confesión antes de seguir: no sé si trata de seducir o de conmover o si no vienen a ser lo mismo; al fin y al cabo, va de hacer sentir al otro lo que uno quiere: confianza, veracidad, honestidad, empatía, temor, lástima, aversión, etc., a través de todo el abanico de emociones humanas, que aunque se resuman en unas pocas, dan mucho de sí: alegría, tristeza, repugnancia, rabia, miedo...

Segundo: ¿y si, además, escribimos? La cosa se pone fea, porque es un modo de dejar constancia de algo que a la vez

pone un foco en quiénes somos.




Me dirás: con la de veces que no nos aguantamos a nosotros mismos y que lo que querríamos es entrar en la cueva del topo y no salir. Si resulta que va de ir exhibiendo cómo somos...

Y sin embargo es una de las mejores inversiones que tienes a la vista.

Piénsalo un instante. Imagina que las palabras son como

flechas lanzadas de corazón a corazón.

Recuerda alguna vez que te hayan impresionado las palabras de alguien: te han sugerido imágenes que te han impactado y esos impactos te han dado ideas.

¿Sabes qué pasa con las ideas, por qué son importantes?

Las ideas mueven, disparan comportamientos, son las precursoras de la acción, y 

 los comportamientos ¡cambian el mundo!

Porque cambian el modo en que lo percibes, la impresión que tenías de él; te traen acción, experiencias. Hay una distancia muy corta entre lo que dices y lo que haces.




¿Qué hará quien te lee si no le gusta lo que lee? ¿Rechazarte, dejar de leerte, ignorarte, criticarte? No suena nada bien.

Porque resulta que

escribes para que te lean.

Sería bueno que encontrases el modo de ofrecer a esos ojos que te leen una experiencia en toda regla.

Me fascina este relato tan breve como eficaz. Fíjate. Podríamos llamarlo veneración por la palabra. Observa a este personaje de nombre Enrique, tan entrañablemente consciente de que seducir con la palabra, y, sobre todo, la escrita, no es cualquier cosa:






Todo el saber elocuente e inmenso de Eduardo Galeano.

Qué decir y de cómo decir. Fondo y forma imbricados en eficaz armonía. Inimitable.

Las palabras, entonces más que nunca, dejan de ser algo banal o superfluo. Y no tiene que ver con la moral esto que sigue pero la cosa es así: tenemos que

ser buenos para seducir, para conmover.

Porque las palabras son prodigiosas. Y no en su sentido metafórico, sino en el poder que tienen ciertas fórmulas para encantar. 




¿No es paradójico que en esta sociedad nuestra de la comunicación pierdan valor y se menosprecie su cuidado?

Tomo prestado del blog de Néstor Belda, estos versos de los que él ha echado mano a su vez para hablar mucho mejor que yo de esto mismo, y que pertenecen al maravilloso poeta Ángel González:



Ángel González, poesía


Vigila ese lugar en el que palabras y arte confluyen. Es ahí dentro. No esperes para llamar.


Marian Ruiz

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